Eran algo así como las 2 de la mañana de ese, bueno, ya domingo, cuando sonó mi celular. La pantalla me avisaba que la llamada era de una buena amiga, así que contesté inmediatamente. Supuse que estaría en alguna tertulia a la que me invitaría. La sorpresa fue que en cuanto le saludé, noté su voz un tanto temblorosa, como si algo le hubiese sacudido gravemente. Me explicó que se había visto con el galán y que habían sostenido una pequeña discusión por alguna de las ya conocidas faltas de cortesía del imberbe ése. Le invité a unírseme a la fiesta en la cual estaba. No se bien cómo le hizo (considerando que ni yo misma sabía bien la dirección del convite), pero llegó. Ya estando ahí, me contó con lujo de detalle los diálogos, gestos, acciones y reacciones de todo el evento. Inmediatamente cuando terminó el relato, soltó las preguntas que suelen mezclarse en estas conversaciones: Necesitaba conocer mis impresiones, deslinde de responsabilidades y modo de proceder. Hice un pequeño análisis de la situación y le expliqué lo que, a mi parecer, debería hacer (o no hacer). Ella, en respuesta, me dijo que tenía razón.
Durante la semana, recibí la invitación de otro amigo para tomarnos un café. A él, tenía algo así como un mes de haberle puesto en su lugar, toda vez que estaba considerando seriamente ir a casi medio mundo de distancia a visitar a una persona que a él le gusta, porque la dama en cuestión, recién se había mudado a esa locación para estudiar un master de 2 años. En esa ocasión, después de plantear correctamente la ecuación que representaban y tomando en cuenta la cantidad de variables (más del lado de la bien amada que del de mi amigo), había concluido que el resultado no podría ser otro que una catástrofe. Sin embargo, en esta oportunidad, sometía a mi consideración una nueva disyuntiva amorosa con otra persona, que aunque también presenta toda una serie de retos, la terminé reconociendo más viable: Le dije que se expusiera en esta ocasión. Desde luego había posibilidades de fallar en el intento, pero ahora si debía “rifarse”, porque el amor, también a veces precisa locura. Él agradeció el consejo, indicando que actuaría en consecuencia.
Después me habló otra persona, quien sostenía un momento de tensa pasividad en su relación. Previa exposición del caso, en pose de actitud salomónica, aconsejé poner las cosas claras sobre la mesa, punto por punto, sin quedarse nada y que, a partir de entonces, tomara una resolución que conviniese a sus intereses. Días después me dijo que se había arreglado todo después de la charla.
Mentiría si digo que no me siento halagada por el hecho de que la gente a mi alrededor me busque solicitando mi punto de vista. Creo firmemente que una de los principales razones de que vivamos en pequeñas “manadas” es, precisamente, la de poder ayudar a aquél que está a nuestro lado. No dudo que cada observación respecto de un mismo hecho sea totalmente válido y que necesitemos de varios ángulos para ver la fotografía completa. Sin embargo, si no es secreto para mis amigos que mi vida amorosa es un completo desastre, si no es que, más bien nula; que actúo de maneras que se encuentran en total contradicción con aquello que pueda parecer lógico o atinado; ¿Por qué, entonces, creen que puedo resolver su vida amorosa? ¿Qué les hace pensar que mi consejo será el basado en buen criterio, y por ende, no tan incorrecto?
Esa otra noche, mientras salíamos momentáneamente de la cantina a fumar un cigarro, mi amigo me acusaba de ser una mala influencia. Decía que era la culpable de que los viernes llegara crudo y desvelado al trabajo. Le empecé a contar mis técnicas para evitar que los jefes se pasaran de lanza con el abnegado y sufrido trabajador los viernes cuando a uno se le atraviesa una parranda un día antes. Se reía al tiempo que me decía que no ponía en tela de juicio el ingenio de mis artimañas.
Al día siguiente, mientras trabajábamos, me sorprendió un agradecimiento suyo en el mensajero diciendo que había aplicado mi “know how” para las crudas en viernes; me decía que le habían funcionado tan bien, que hasta cocas le habían regalado y que la secretaria de su oficina, quien no solía ser un dulce, se había comportado hasta considerada con él.
Entre risas virtuales, le comentaba que no sería capaz de dar un consejo de semejante naturaleza y seriedad si no lo tuviese comprobado. He tratado, en medida de mis posibilidades, de no ser indolente, por lo que suelo aconsejar lo que a mí me ha servido. Justo en ese momento, caí en cuenta de algo.
Aconsejo arrojo, cuando yo jamás salgo de mi zona de confort; incito al diálogo abierto y claro, cuando suelo guardar un montón de cosas que siento en los cajones para que no se noten, aunque me quede con mil cosas en la cabeza; y desde luego que hago aquéllo que a los demás aconsejo de absenerse. ¿Qué por qué soy buena dando consejos en temas amorosos? Fácil! Porque aconsejo hacer todo aquello que yo misma no hago. No podría asegurar que lo que aconsejo será eficaz siempre, pero al menos, es opuesto a lo que yo hago, que puedo saber a la perfección que, de plano, no funciona.
De cómo mi padre me heredó al Cruz Azul
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(publicado originalmente en junio de 2014)
Heredé la playera de mi padre, como ocurre con muchos que siguen la
tradición familiar. Lo importante acá...
Hace 2 meses
