martes, noviembre 18, 2008

De tacos de canasta y "Leaving Bambi"

Era viernes a las 8 de la noche. Iba saliendo de la oficina después de un día harto estresante y no me había dado tiempo de comer. Quería llegar pronto al lugar de reunión. La promesa había sido tacos de canasta y mucho alcohol desde las 4 de la tarde y hasta morir. A parte del inminente dolor de cabeza que suele perseguirme a causa del hambre, estaba enojada pues me habían dado mi cheque hasta las 6 de la tarde. Evidentemente, a causa de ello me quedaría el fin de semana con los 40 pesos que traía en la bolsa y sin posibilidad alguna de hacer prácticamente nada hasta el lunes que pudiese cobrarlo.

En cuanto llegué me puse a comer, ataqué la canasta que todavía tenía una generosa cantidad de tacos todos a mi disposición, pues el resto de la comitiva ya había comido. Una vez que pude aplacar un poco el hambre me dispuse a socializar. Un rato después sólo quedábamos 6 personas.

Ge propuso entonces irnos a la casa de Morelos. Todos se vieron animados con el plan, menos yo. No es que no quisiera irme, pero me disgusta sobremanera no tener dinero cuando se planea una salida, me causa incomodidad. Él propuso pagar las casetas y Niño D pondría el coche; según ellos, lo demás ya era cosa de nada: teníamos media canasta de tacos y había sobrado suficiente alcohol como para vivir el fin de semana bebiendo sin que pudiese haber escasez de espirituosas. Mi negativa entonces parecía ya poco viable y una de mis frases acostumbradas fue usada en mi contra, después de todo, si vivimos en una democracia y la mayoría había resuelto que nos fugásemos, no había más que discutir.

Pasamos a casa de cada uno. El tiempo para sacar lo que se pudiera de nuestros clósets era de 5 minutos cronometrados antes de que otro nos sacara a patadas de nuestras moradas. Así emprendimos el viaje.

Llegamos desde luego con muchas ganas de iniciar (o de continuar) la fiesta. Ese día nos fuimos a dormir temprano. Dicen que cayó una tormenta tan fuerte que despertó a todos. Yo estaba tan cansada y dormí tan profundamente que jamás me enteré de los truenos, ni de los portazos, ni de las corretizas por la casa, ni de los gritos que empezaron a levantarse cuando cayeron en cuenta que dejamos el estéreo en el jardín y éste ya más bien era una especie de fuente; no, yo sólo me abandoné a los brazos del buen Morfeo y no decidí regresar sino hasta la mañana siguiente.

Al día siguiente desayunamos tacos de canasta y pastel que sobró de la fiesta. La variedad era considerable: papa, frijol o chicharrón. De ahí nos pasamos a tomar el sol y escuchar música mientras seguíamos bebiendo. Empecé con Wisky, y luego se abrió el Vodka y después opté mejor por un buen Bacacho. Nos pusimos luego de un rato a jugar jueguitos de borrachos, donde la intención no es ganar, sino perder y hacer beber al otro hasta dejarlo completamente alcoholizado. Más tacos de canasta y pastel para comer-cenar y después a seguir bebiendo.

Abrí los ojos. Reconocí el cuarto, pero me preguntaba por qué estaba yo ahí, si el día anterior había ocupado otra habitación. Pensé en estirarme, pero alguno que otro dolor se asomó por mi cuerpo, sin que supiera a ciencia cierta de dónde venían o por qué estaban haciéndose presentes, así que, en búsqueda de su origen, me destapé. Seguía en traje de baño y éste permanecía mojado, cosa que no pudo sino extrañarme más, pues no ha habido ocasión en que no me ponga mi pijama antes de dormir; luego noté que no me había recogido el cabello y éste se encontraba todo desperdigado por la almohada, húmedo. Trataba de recordar cómo había llegado ahí, sin que la mente me diera una sola pista. Me levanté de la cama y me dirigí al baño. No tenía nauseas, pero necesitaba verme al espejo, eso quizá ayudaría a reconstruir la memoria. No podía creer lo que veía: mis codos estaban al doble de su tamaño y traían un color entre negro y morado horrible; justo igual que mis rodillas.

Salí a buscar a alguien que me explicara. Traté de ser sutil, pero todos cooperaron en la reconstrucción de hechos. Aparentemente, el día anterior me excedí de copas como nunca. Estaba metida en el jacuzzi y me salí intempestivamente de él. Iba caminando al baño, pero se me olvidó ponerme las sandalias, así que el agua y el piso me hicieron resbalar, y en mi intento por volver a ponerme de pie, volví a resbalarme sucesivamente como unas 7 u 8 veces más, cayendo con las rodillas y los codos. Una vez que pude ponerme en pie llegué al baño. Bacha me vio de lejos y me alcanzó. Creía que vomitaría o algo así. En realidad, yo sólo quería orinar. Descubrimos también que soy una borracha muy consciente: Una vez que salí del baño, me reconocí lo suficientemente ebria como para meterme de nuevo al jacuzzi, así que me senté en una banquita que está ubicada justo enfrente del jacuzzi. Podría estar cayéndome de borracha (literalmente, claro), pero la actitud fiestera no había sido mermada ni un ápice, por lo que aunque a ratos dormitaba sobre la banquita, en cuanto sonaba una canción que me gustaba, me reincorporaba para cantarla (que en realidad era balbucear, porque ya no podía decir bien ni una palabra). Entre Niño D y Ge trataron de llevarme al cuarto, pero no me pudieron mover, al parecer, mi peso muerto no es cosa de juego. Después de un rato, decidí que era hora de acostarme, así que sin más, me paré. Niño D corrió a sostenerme y llevarme a mi cuarto, me llevó en la cama, me tendió sobre ella (esto se pone emocionante, verdad?) ... y luego me tapó y se fue a seguir la fiesta. (Así termina la triste historia de la única vez que Niño D lleva a la cama a Profana).

Bacha hizo la observación de que esta profana persona bien podía haber sido merecedora a una presea por "la mejor imitación de Bambi, en la escena donde éste aprende a patinar en hielo" (sólo que en versión borracha, claro).

Al parecer esa noche también llovió a cántaros. Al día siguiente amaneció nublado y todo el día estuvo así. En grados mucho menores al mío, pero todos también se levantaron crudos, así que desayunamos tacos de canasta y pastel otra vez, pese al hastío que ya sentíamos por ellos, pero nuestra falta de presupuesto no nos daba muchas opciones. Decidimos ver películas tirados en la sala. Todos hicimos algún comentario malicioso respecto a mi fino e intachable comportamiento de la noche anterior cuando vimos "Leaving las Vegas" y yo estuve a punto de llorar conmovida por el drama de entender que la vida de un borracho no es fácil, aunque también me dio cierto gusto saber que me falta mucho para llegar a un extremo que me deshaga algo más que las rodillas y los codos.

De casualidad y por buena suerte encontramos una sopa instantánea que compartimos entre los cuatro a la hora de la comida, pues más tacos de canasta ya eran intolerables.

Regresé al D.F. con mis 40 pesos intactos, los codos y las rodillas hinchados y amoratados (mismos que permanecieron igual por una semana y media), con la duda de saber qué se sintió que niño D me llevase a la cama, con la hermosa reconstrucción de hechos de un blackout de varias horas y con una sonrisa en la cara.

Ese fue un buen fin de semana, la idea era escapar de la ciudad y de las presiones... y me disipé tanto de todo pensamiento esos días... regresé con la mente en blanco... y cierta aversión por los tacos de canasta, que no he querido volver a comerlos desde entonces.

lunes, noviembre 03, 2008

De villanos y Super Héroes (parte 2)

Hasta ése momento, gracias a la actuación de Mi Hombre Invisible (a.k.a. Mi cosa Hermosa), había salído bien librada del suceso, pero todavía necesitaba ser rescatada.


Ya que conseguí un poco de dinero me comuniqué a casa de mi Chica Maravilla (alias Srita. P). No quería alarmarla. Después de todo, como fuera, estaba bien. Me contestó su mama. Le pedí permiso para pasar la noche en su casa. La respuesta fue desde luego que sí, pero entonces ya tuve que decirles lo que sucedió. Se alarmaron, pero yo seguía diciéndoles que no me habían hecho nada. Las esperaría en un restaurante, ya no quería seguir en la calle. Mi Chica Maravilla tomó inmediatamente su corcel azul y junto a su mami, presta fue a rescatar a su doncella. Me sentí aliviada al verlas, me sentía ya segura.

Llegando hice todo el trámite, cancelé tarjetas y avisé a las más personas que pude. No quería que les hablasen y les hicieran creer que yo seguía con ellos.

Mi Chica Maravilla me distrajo por un buen rato, me ayudaba y me abrazaba. Di gracias de estar con ella y su mami. Trataba de estar lo más ecuánime posible, de racionalizar, no quería espantarlas. Me quedé en su castillo, cuyas fuertes paredes me protegían. Aún así, me dio trabajo conciliar el sueño, todavía traía mucha adrenalina y la vigilia estaba a tope.

A la mañana siguiente me fui caminando a la oficina. Salir a la calle no fue fácil, tenía miedo, me sentía observada y el corazón me latía más rápido de lo usual. Entonces pude dejar escapar algunas lágrimas como forma de liberar el sentimiento. Me sentía pequeñita, desprotegida, vulnerable.

Rechacé casi cualquier abrazo que me intentaban dar; estaba muy sensible y el contacto me sacaba las lágrimas. No es que no tuviese mucho que sacar, pero ése tipo de cosas prefiero hacerlas cuando estoy sola y donde nadie me vea. Me acompañaron a cambiar las cerraduras de mi casa. Mi mayor gusto fue ver que mi gato, el calcetines, estaba bien.

Ese martes acudió mi auxilio Wolverine (un Rufián Melancólico en sus ratos libres), quien ante la desesperada situación de esta Profana damisela, no tardó en encontrarme, hacerme comer a la de a fuerzas, pues mi apetito parecía haberse esfumado, y después me dio a tomar un mágico bebedizo llamado cerveza, que me hizo relajarme un poco, pues la tensión me hacía tener los hombros a la altura de las sienes. Ya después me dio permiso de ocultarme en su escondite, donde la compañía, unas chelas y alguna peli de Gardel, me hicieron pasar la noche sin mayor preocupación.

Otro superhéroe hacía también su labor: el Modafoka. Me vigiló a distancia, pues los horarios no hicieron fácil su aparición, pero siempre mantuvo su alerta. El rápidamente, genio como lo es, empezó a enviar su ayuda mediante diversos movimientos en la web, de la que es profundo conocedor.

Al día siguiente regresé a la fortaleza de mi Chica Maravilla y de la adorable Súper Mujer, su mami. Todavía tenía mucho miedo a regresar a dormir sola a casa. Aunque ya había hecho conciencia de que sólo fue la circunstancia de haberme parado en ese lugar la que desencadenó toda esta retahíla de sucesos, y que no era un asunto meramente personal, no me sentía tranquila o confiada de volver. En su casa siempre he sido recibida con cariño y eso era precisamente lo que necesitaba.

También se comenzó a organizar el Profanatón, colecta para una noble causa: erradicar la pobreza actual de Profis. Bajo el eslogan “Me da pa’ mi jalogüín?” (aprovechando las fechas) se inició y sigue vigente tan bonito evento. Desde luego, se aceptan aportaciones monetarias (también se aceptan dólares) con depósito en cuenta bancaria (no deducibles de impuestos) y algunas aportaciones en especie: cigarros, comida (se aceptan desde sandwiches y garnachas hasta invitaciones en exclusivos restaurantes de la ciudad y sus alrededores), chupes, rides de la oficina a casa de la Profis y café. Para hacer sus aportaciones y/o contar con mayor información al respecto, contáctense al mail profana@live.com.mx.

Puedo decir con gran orgullo que muchos superhéroes más llegaron a mi auxilio, de aquí, de allá y de más lejos, pero la lista sería interminable. El hecho de que sus nombres no aparezcan acá no los hace menos presentes de lo que los tengo.

El jueves ya dormí en casa. Llegué tan cansada que no pude ponerme ni a pensar. A la fecha todavía tengo un poco de nervios, pero trato de hacer todo como siempre. Desde luego, los villanos esos se robaron, aparte de lo material, algo de mi tranquilidad. Pero lo que me dejaron, fue la certeza de saber que cuento con superhéroes a mi lado, gente que, con sus súper poderes, lo saca a uno de las peores historias que pueda vivir, que me quiere y que me lo ha demostrado. En mi pobreza actual, me doy cuenta de la riqueza con la que cuento y de lo afortunada que soy por tenerlos a ellos.


Este es un agradecimiento, el más modesto, por toda la preocupación, por la ayuda y por la disposición que todos mis súperheroes han tenido para con esta Profana persona, quien jamás podrá retribuir todo lo que recibe, pues todo lo que me han dado simple y sencillamente no tiene símil.

Gracias!

De villanos y Super Héroes (parte 1)

El lunes salía de la oficina a temprana hora y feliz. El fin de semana había sido intenso y todavía seguía cansada, necesitaba llegar a casa a tirar la fiaca nuevamente. Traía poco efectivo, así que pensé pasar al cajero de un super que está cerca de la oficina y, aprovechando el viaje, también compraría un Theraflú, pues los síntomas de una inminente gripa ya hacían estragos en mi organismo y necesitaba algo que me tumbara y me dejara dormir bien.

Efectivamente, pasé al cajero y salí. A la cuadra me di cuenta que no había comprado el Theraflú, pero me daba mucha pereza regresar, así que preferí llegar a casa y pedirlo por teléfono; por lo que seguí caminando hasta llegar a la esquina donde tomaría el taxi.

Por la hora, casi todos los taxis ya pasaban ocupados. En eso, se paró un taxi del que descendieron dos personas. Como quedó libre, tuve a bien subirme. Le dije al taxista que tomara ésta calle y luego ésta otra. Seguí el camino habitual, hacía frío y sólo tenía a bien tratar de cobijarme con el abrigo. Nos tocó un alto. Cuando me di cuenta, venía trepado al lado mío un tipo que decía que acababan de tratar de robarse un auto y que el plan se había frustrado, por lo que necesitaban dinero. Me tapó con sus manos los ojos, pero pude percibir que alguien se había subido también al lugar del copiloto. Me empezaron a pedir el dinero que traía en efectivo, el celular y el iPod (traía uno de los cables en la mano). Yo sólo atinaba en obedecer instrucciones sin mayor pregunta, no quería que me pasara nada y no sabía lo que ésos tipos podrían ser capaces de hacer. Me pidieron el reloj. Estiré el brazo para que lo tomaran, pero sólo me regresaron el brazo diciendo “quédate con tu chingadera” (eso me dio risa, pero me contuve). Me quitaron de un jalón la bolsa y pude escuchar cómo empezaban a esculcarla. Dieron con mis tarjetas y me pidieron los NIP. No me sé el número del de la tarjeta de crédito, el mismo día que lo recibí lo destruí como una forma de poner límite a mi consumismo (o a mi continua falta de efectivo), y así, evitaría, según yo, el cobro de altos intereses por disposiciones de este tipo. Desde luego, los tipos no se creyeron nada la historia, así que siguieron dando vueltas a ver si era posible que de repente me llegase a la memora el dichoso NIP. Desde luego, me amenazaron con enviarme a una bodega que era cuidada por un tipo “bien morboso y cochinote” que seguramente me haría mil cosas indecibles; también hicieron la acotación de que la mayoría de sus víctimas recordaba los NIPs después de dos días de encierro. El auto entonces hizo un alto; escuché el portazo y que el coche se sintió más ligero. Pensé por algún momento que habíamos llegado a la bodega. Después, supuse que estábamos enfrente de un cajero y que entonces vaciarían mi tarjeta de débito. Seguían preguntando por el NIP de la de crédito. No sé si vieron que no mentía o si de plano se empezaron a desesperar. El coche arrancó otra vez y me dijeron que me soltarían, pero que antes buscarían otra vez cosas que pudieran quedarse. Escuché el sonido de mis llaves y les pedí que me las dieran, que a ellos de nada les servían. La propuesta trajo como respuesta varios insultos, así que volví a quedarme callada. Habían pasado 45 minutos de dar vueltas cuando me soltaron a dos cuadras de la Universidad. Ví una tiendita a la que regularmente iba en esos días; pero no la reconocía, estaba todavía muy atontada y aunque hacía un esfuerzo por recordar dónde la había visto y, por tanto, ubicarme, la mente en ese momento nomás no me daba. Caminé entonces en el sentido que iba la calle hasta que me topé una avenida grande y pude saber mi ubicación.

Busqué un cigarro en mi bolsa. Ni eso me dejaron los hijos de puta. Tampoco me dejaron dinero, así que tuve que limosnear por algunos pesos que me dejaran hablar por teléfono con alguien. En tanto, con la mente en todo y en nada al mismo tiempo, me daba cuenta que pese a pesar de tanto horror, ya todo había acabado y que estaba bien, que no me habían golpeado, ni habían intentado manosearme o algo por el estilo o peor. Eso era magnífico.

lunes, octubre 27, 2008

De la obsesión bufandera

Todas las familias tienen una así, supongo. En la mía, es la Tía Lancha. Me gusta pensar que fui su consentida, siempre me prodigó especial atención, primero, porque sólo tuvo hijos varones, y segundo, porque aunque tengo muchas primas, yo fui siempre la más cercana a ella, al menos geográficamente, razón por la que nos frecuentaba mucho. De cualquier manera, se que a todos los primos nos quiere, muy a su manera, porque es un tanto diferente, nerviosa, un pelín exagerada y un tanto aprehensiva, pero de su cariño, de ése no tengo la menor duda.

Siempre me hacía los regalos más exóticos y menos excitantes cuando yo era niña. Recuerdo que después de cada fiesta de cumpleaños, abría con desesperación cada una de las cajas, rompía los envoltorios y clasificaba mis nuevas pertenencias en categorías y luego cada una de ellas, en orden de apreciación (en qué momento dejé de ser tan metódica y ordenada, pues?). A su regalo siempre tenía que abrirle un rubro aparte. De tal suerte, un apartado era para juguetes, que bien podían contener muñecas, juegos de té o juegos de mesa; otro era para ropa: vestidos, chamarras, playeras y alguno que otro accesorio. Las cajas grandes siempre eran reservadas para el final y su regalo siempre venía en una caja de tamaño más o menos considerable. La dotación de todos los años era casi una apuesta segura: Me regalaba unos 4 calzones, tres camisetas de tirantitos para usar debajo de la ropa y algún fondo. Siempre me dejaba fría, aunque también me causaba risa. Algún año me regaló un albornoz floreado, que en su momento me causó la misma emoción que le pudiese causar a un niño helado de limón derretido, pero que a la fecha conservo. Así fue por muchos, varios años.

Ya que estuve un poco mayor, y claro, dejé las fiestecitas con pastel y aguinaldos con motivos infantiles (si, pues, las bolsitas de dulces), cesó la regaladera de ropa interior. Quizá en un ánimo pudoroso, porque creo que a esa altura del partido ya era algo extraño ir a comprar brassieres para la sobrinita, o probablemente porque sabía que ya no usaba fonditos.

Ahora a los familiares sólo nos da regalo por ocasión de la Navidad, todos los años el mismo por lo general: unas tres o cuatro bufandas tejidas por ella. Creo que empieza las labores de elaboración desde febrero para terminar con todos los regalos navideños a buen tiempo. Gran parte de la aceptación de los allegados de la familia también pueden descifrarse por si éste está previsto en la manufactura de las bufandas. El año que tejió una para el que entonces era mi novio, y a quien ella llamaba cariñosamente, pero a escondidas “Bombi”, supe que entonces él ya gozaba de su agrado y bendición. Mi ex novio se quedó un tanto extrañado cuando le di el regalo que mi tía le mandaba, pero agradeció contento el gesto.

A los altos mandos les suele regalar algo adicional a la conocida tradición bufandera. A mi abuela algún año le regaló un tarjetero, sin que a la fecha nadie haya entendido con claridad para qué le serviría a una señora de noventa y tantos años; otro año, si no mal recuerdo, fue un paraguas, cosa que tampoco comprendemos del todo, si consideramos que mi abuela no sale de casa desde que tuvo dificultades con una de sus rodillas y le cuesta trabajo caminar.

Hace dos años, cuando me fui a vivir sola, la Tía Lancha se lució: me regaló unas sábanas de franela. Fue un excelente regalo; entonces yo sólo tenía un juego de cama, nada más; ella también sabe de sobra lo friolenta que soy. Cuando el regalo llegó a mis manos, sabía que nadie tendría cabeza para darme semejante obsequio si no era ella, y lo agradecía todas las noches cuando me metía en mi calientita cama.

Ayer mi hermano llegó a mi casa, a modo de Neo Santa Claus metalero, con una bolsa bastante regordeta. Traía el regalo que mi tía me hacía llegar para la Navidad de este año. Sonreí cuando tomé la bolsa entre mis manos y sin abrirla sabía ya que era. Tampoco me equivoqué, eran bufandas.

Hoy hace mucho frío en la Ciudad de México y el intenso fin de semana me ha dejado un dolorcillo de garganta. La navidad se ha adelantado, hoy mismo estreno regalo y se siente bien. Las bufandas nunca están de más, ni sobran. Este año me descaro y, ya de pasada, pediré calcetines además, sólo ella entenderá.

miércoles, octubre 22, 2008

De andar en el centro fuera de centro

La sensibilidad me brota por los poros ultimamente. Ando decaída, enojada y triste la mayoría del tiempo. De entrada se que mi situación es privilegiada y lo agradezco, pero como la tendencia humana lo dicta, uno siempre quiere algo más y mejor. He iniciado ya la búsqueda de un mejor trabajo, uno que traiga mejores condiciones, incluyendo en el paquete un mejor horario, mejor ambiente y, de ser posible, un mejor sueldo, aunque no dudaría en cambiarme a uno que pague exactamente lo mismo si es que los primeros dos elementos están presentes.

El lunes, ya por la noche veía el reloj esperando que me dejaran ir. Salí ya tarde de la oficina y estaba estresada. La regla es que uno no beba en lunes, pero un wisky no me caería mal y luego que de wisky estuvo bueno, pensé que unas cervezas ayudarían a conciliar el sueño más rápido.

Al día siguiente amanecí cruda y desvelada. Mi jefe estaba estresado y me mandó al centro a entregar unos documentos, supongo también un tanto como castigo a las muchas caras largas que le puse el sábado durante el trabajo. Desde luego, mi inconveniente estado me hizo fruncir el seño al imaginarme en el transporte público y en la apretura propia de la zona.

Ya que cumplí con mi misión, pensé que podría aprovechar para quedarme en algún restaurante de por ahí, comer y curarmela. Así fue, en cuanto me instalé en el localito, pedí una cerveza y unos chilaquiles. Comí con calma, como hace mucho tiempo no lo hacía entre semana, custodiada por tres ángeles (bueno, 3 cuadros de ángeles) que me veían con cara de placidez. De alguna forma, me sentí reconfortada, como si me estuvieran diciendo que lo tomara con calma, que ellos impedirían ser molestada entonces. Me sentí mucho mejor, no sólo de ánimo, la cura también iba surtiendo efectos.

Volví a la calle, a examinar algún que otro detalle de los edificios, a ver pasar a la gente que caminaba rápido, a asomarme a algún callejon por el que seguramente había pasado y jamás me detuve a ver. Llegué a la Catedral y, como parte de la visita turística que en ese momento hacía, tuve a bien meterme a darle una vuelta. Me senté en una de las bancas de la parte más alejada para examinarla, y ahí, en medio de un barullo ligero, entre enormes parades de piedra, pude sentarme a pensar o quizá sólo a sentir.

No se por qué, si fuese inercia, o necesidad, o desesperación, pero ese día recé, no como suelo hacerlo, porque aunque creo en Dios, no creo en las iglesias ni en religiones, así que me he inventado una forma de comunicacion más directa y menos formal, de tal suerte que mis oraciones son "no mames, güey, ya aliviáname, no seas pasado de lanza" ó "Ay, ya echame la mano por esta vez, no la chingues". Pero en esta ocasión, recé como mi abuela me enseño, de forma protocolaria, estricta, formal. Clamé por ayuda, por claridad, por temple, por humildad, por paciencia, por actitud, por todo aquello que depende de mí y que no he encontrado la manera de modificar; pedía por las personas a las que quiero y quise; pedí por ella y también por mí.

Regresé a la oficina pasadas las 6. Oli me dijo que, alarmado por mi estado anímico, pues según a su decir, mi imagen se encuentra relacionada con ojos grandes y sonrisa permanente, rentó películas de comedia para ver si la carcajada se volvía a dibujar en mi cara, al menos por unas horas. La selección fue buena, Novia por compromiso (El valet) y Un Funeral de Muerte, siendo ésta última la que más doblada de risa me tuvo, y que recomiendo ampliamente.

Ayer fue un buen día.

martes, octubre 14, 2008

Del Salmón y las espinas

A lo lejos se escuchaba venir. Ya después era un hecho: Calamaro iba a estar en el DF. Cosas como esas se ven poco, así que, cuando Lear dejó su ticket abierto por su partida, no tardé ni lo que dura un chasquido en adjudicármelo casi sin preguntar, para ir en su nombre y representación y acompañar al querido Rufián.

Debo confesar que en los últimos días he andado con el ánimo por los suelos, si no es que más bien, enterrado. Algunas situaciones laborales que me han hecho entender que los derechos de los trabajadores son una utópica ilusión. Tener que soportar condiciones casi infrahumanas de trabajo, a estas alturas, me hacen pensarme como obrero del siglo XVII o esclavo de señor feudal, me han hecho perder hasta el coraje o las ganas para lanzar algunos buenos gritos, como antes solía hacerlo. Aunque lo estoy disimulando, las últimas 2 o 3 semanas me no han resultado precisamente placenteras.

Aprovechando encontrarme a vísperas del concierto, traía a Calamaro de estribillo diario; un ilusorio escape mental, supongo, a mi ya usual y diario enfurruñamiento producto de pasar 12 horas en la oficina, comer a escondidas y no tener un día de descanso. ¡Qué monserga!.

Sin embargo, el día del concierto amanecí feliz no obstante ser lunes. Todo ese día olvidé los enojos, los sinsabores y la desesperanza. Ese día vería a Calamaro, no necesitaba más. Desde luego, muy temprano empecé a instrumentar las estrategias a seguir (plan B y C) por si mi jefe se pusiera obtuso y no me dejara salir a tiempo para estar puntual a tan ansiado encuentro.

Afortunadamente, llegué más que a tiempo, todavía pude sentarme en las escaleras del auditorio, esperando a Rufián, fumando un cigarro mientras sentía el frío viento colarse por todos lados. La gente llegaba a montones, todos emocionados. Yo también lo estaba, seguramente no más que la mayoría, pero cuando no todo va precisamente bien, uno suele apreciar y agradecer aún más las pequeñas grandes cosas de la vida que nos aceleran el ritmo cardiaco y nos sacan la sonrisa más evidente de los labios.

En cuanto entramos, el Rufián y yo nos dirigimos a la parada obligada: el expendio de alcohol más cercano. Después ya ocupamos nuestros lugares. Era de esperarse que el concierto empezara con El Salmón. Pocas veces había visto el auditorio tan lleno, tan efervescente, tan ruidoso. Todos coreaban las canciones, brincaban, gritaban y aplaudían. Creo parte importante de tanta potencia por parte del público vino de la larga espera por la visita del cantante al país; y bueno, también el hecho de que Calamaro es grande, versátil, entregado. No debe ser fácil componerse un rock, luego armarse una balada cumbiancherona y después aventarse un tango, pero él lo hace, y lo hace bien.

El tiempo era muy corto para darnos gusto a todos con la selección. En realidad, el playlist estuvo de lujo, pero todos hubiésemos cambiado alguna canción por otra, o por varias más, porque en realidad, a todos también nos faltaron unos 5 minutos más (o quizá 2 horas, más bien). Atreviéndome a hablar tanto a título personal como por el Rufián, por nosotros hubiese tocado tanguitos todo el tiempo. Sólo 2 no eran suficientes, aunque, desde luego, en ese momento nuestro ausente se hizo presente y hasta le llamamos por teléfono para que escuchara (sólo Dios y él sabrán si la llamada se recibió). Comprendo que quizá no a todo el mundo le encantaría, pero creo firmemente que a quien le gusta Calamaro, debe gustarle el tango, porque él mismo se ha dedicado a incluir al menos uno en sus discos y a grabar varios.

También creo que uno de los grandes aciertos del autor son sus frases. ¿Quién no ha pensado en decirle a alguien “quiero ser el único que te muerda la boca” o “soy tuyo con mi mayor convicción”?. Personalmente, también he acusado muchos desamores con el Sr. Andrés en más de una borrachera.

A mí me hicieron falta la parte de adelante (sin albur) algo contigo, nostalgias, volver, mano a mano, bueno, insisto, tangos! Aún así, fue un espectáculo fenomenal. Ojalá el Salmón regrese el día menos pensado. Hoy en su página oficial puso que llevaba un buen recuerdo de México (obvio, entiendo que no podía poner algo contrario), pero sí creo que recibió mucho más de lo que probablemente esperaba.

Por mi parte, me olvidé de todo lo que traía en la cabeza. El lunes fue un gran día: Salí temprano (bueno, bueno, huí vilmente, pues), estuve con el buen Rufián, quien siempre me hace reír a carcajadas, tomando cerveza, escuchando a Calamaro y mucha emoción. Salí del concierto liviana como espuma de chela.

Mi querido Lear, te perdiste de uno muy bueno, pero no faltaste del todo. Espero ya no me sigas profesando la ráfaga de odio que me declaraste. Ya quiéreme!

jueves, septiembre 25, 2008

De chelas, moños, Scorpions y vientos de cambio (o volver al futuro).

No era mi máximo, pero me lancé al concierto de los Scorpions el sábado. Digo, ¿Quién se negaría a escuchar un poco de rock ochenta – noventero acompañado de chelas dobles en vasito de cartón y en un lugar que se puede fumar?. Llegué a la cita con puntualidad inglesa. Ya me esperaba mi querido Rufián. Llegando hicimos lo obligado: ir por alcohol.

Corría el año de 1992. Yo era una escuincla de 10 años e iba en sexto de primaria. Entonces usaba moños blancos más grandes que el tamaño de mi cabeza para adornar el peinado del día; la moda también era traer copete que parecía fabricado con tubo de papel de baño, un nada sutil crepé y media lata de spray (obvio, entre más alto y voluminoso el copete, mejor). Yo solía no tener el mejor copete, pues mi mamá no me dejaba aplicarme tan generosa capa de fijador argumentando que me quedaría pelona por el exceso del producto, así que generalmente el mío se ladeaba, y para medio día ya estaba casi en mis ojos. Usaba también zapatos de goma semi-ortopédicos y el uniforme en azul marino con rojo.

Para noviembre aproximadamente, la maestra de inglés (cuyo nombre no recuerdo) nos informó que para el magno Festival Navideño de la escuela, nos había correspondido la monada de cantar en inglés. La canción elegida fue “The wind of change” de Scorpions. Más o menos sabía algo de la bandita esa porque mi padre era rockero y tenía algún (os) disco (os)(bueno, cassettes) de ellos, pero de eso, a saber santo y seña de su trayectoria musical, había mucha distancia, por lo que la canción, en realidad, la desconocía. Recuerdo que lo primero que nos aprendimos fue el chiflidito de la rola (claro, los afortunados que saben chiflar, yo a la fecha, nomás no puedo), y que luego de escucharla diario por al menos unos 20 minutos, a fuerza de repetición tras repetición, terminamos aprendiéndola a la perfección.

El gran día del evento era tedioso, pero siempre preferible a estar en clases. Pasaban primero los más pequeños y luego los más grandes. Así, los de sexto tuvimos que aventarnos a presenciar las monadas del primero A, B y C, luego los de segundo año y así hasta que nos tocase a nosotros. Ya estábamos hartos cuando llegó nuestro turno. Nos colocaron en el centro del patio, todos formaditos por estaturas, adornados con la bufanda roja que nos habían solicitado para ese día. Comenzó la canción y todos la empezamos a entonar. Lo que fue gracioso (supongo) es que habíamos ensayado la canción sentados, por lo que en ese momento, parados y sin saber bien hacer, como si nos hubiéramos puesto todos de acuerdo, sólo atinamos a movernos de un lado para otro siguiendo el ritmo de la baladita. Después ocupamos nuestros lugares nuevamente y probablemente habremos hecho algún intercambio de regalos y adiós, felices vacaciones.

El día del concierto, mientras esperábamos el inicio del espectáculo y disfrutábamos nuestras cervezas, le comentaba a Rufián que la única canción que me sabía al dedillo era “The wind of change” porque alguna vez me la hicieron aprender. Él me respondió que era la que menos le gustaba, haciéndome una pequeña reseña del momento en el que esa canción fue estrenada. Me decía que ocurrió en el año de 1991, ese año había caído el Muro de Berlín, el fin de la Alemania Comunista y el de la Guerra Fría. Entonces Pink Floyd organizó el concierto “The wall” y Scorpions (que me acabo de enterar, son alemanes) sacó esta cancioncita, muy ad hoc a los acontecimientos políticos que se habían dado (pueden constatarlo viendo el video). Entendí entonces la razón por la cual había sido escogida en el año de 1992 para el festival decembrino: la hermandad y la esperanza en el futuro flotan en el aire.

Después de un rato, por fin salió la banda alemana a dar su show. Creo que fue un error que les dieran el foro sol, pues a lo más, habrán llenado la mitad. La mayoría de los asistentes ya no eran precisamente jovencitos, más bien, había muchos que fueron acompañados por sus hijos (muchos sabían las canciones muy probablemente por haber crecido con ellas a causa de sus progenitores). Aún así, se revivieron glorias pasadas y también creo que se hicieron paseos por muchos momentos que la audiencia vivió años antes con las canciones del grupo a modo de soundtrack.

Cuando llegó el momento de interpretar la canción que me sabía, obvio la empecé a corear. No pude sino regresar a aquél año de mi infancia. Estábamos hasta abajo del foro, por lo que permanecíamos de pie. Noté entonces que mucha gente empezaba a moverse de un lado a otro siguiendo la tonada de la balada, presentada de forma acústica y me volví a sentir como esa niña de primaria, sólo que ahora, en vez de estar adornada por la bufanda roja (ahora que lo pienso, traía un suéter rojo de cuello de tortuga), sostenía en una mano una cerveza y en la otra, un cigarro. Ya no estaba entre mis amiguitos de escuela, sino entre un grupo de desconocidos que hicieron lo mismo que nosotros en ése entonces, y también caí en cuenta que habían pasado ya 16 años de aquél día en que la canté junto a mi grupo (ya existen los celulares, pues!). Al Rufián le daba risa mi flashback. Seguía yo pensado en quién era entonces y quién ahora, en todo lo que ha pasado para que ése sábado estuviera haciendo lo mismo que hacía tantos años, pero ya en un entorno tan distinto, desfilaban los rostros de los que han pasado en mi vida y de los que están. Sentí nostalgia, pero también agradecí a la vida por el presente y, muy en el mood de la canción, estaba esperanzada en el futuro.

Una vez que el concierto terminó, el Rufián y esta profana persona fuimos a cenar unos tacos. La siguiente parada fue un bar donde estaba Srita. P., donde cantamos con José José acompañados de unos vodkas hasta altas horas de la madrugada, mientras nos reíamos de un borrachito que entonaba con harto sentimiento y con cara de dolor. Fuimos los últimos en salir. Encontré un cartel en la calle en el que ofrecían una cubeta de 6 chelas por 90 pesos, pero decidimos aprovechar la oferta otro día. Había vuelto al siglo XXI, y el futuro había empezado bien.