lunes, agosto 10, 2009
De la insoportable pesadez de la sobriedad
-Cuál será la mejor Afore?
-Debería investigar cuántos puntos (Dios, son puntos acaso?) del Infonavit tengo. Cuántos serán necesarios para dar el enganche de una casa? Por una casa debería entenderse un departamento y éste debe ser céntrico…
-Santiago es un nombre que siempre me ha gustado, pero qué tan choteado estará?
-Dónde habrá quedado mi libro de “La inmortalidad”... y “El Decamerón”?
-No me había dado cuenta qué malo es el servicio en este restaurante.
-Bendita la hora en que hubo que desparasitar a Fino y Josefino.
-Debería poner mi lana en Unidades de Inversión? Qué tan arriesgado será invertir en Bonos del Gobierno?
-Ya he dejado un tanto abandonado el blog, pronto escribiré. Habrá algo que contar?
-Creo que esa insolada en el estadio me ha dejado brazo de camionero. Por cierto, quizá en esta condición ahora sí podría entender eso del “fuera de lugar” o “posición adelantada”.
-Por qué demonios pienso estas cosas?
-Ya, ya, necesito dejar de dormir.
-Y para qué demonios me quedo despierta?
-Por qué puedo coexistir con todas estas ideas cuando bebo y ahora no?
-Dónde he dejado abandonada mi habitual levedad?
-Cómo se podría reducir la extensión de 3 días?
-Jack Daniels, dónde estas?
Conclusión: Necesito beber ya!
miércoles, junio 24, 2009
Aceptarlo es el primer paso*
Me dirigí al Oxxo a comprar alguna bebida refrescante que aliviara, al menos momentaneamente, el bochorno que nos acorralaba. Caminé las dos cuadras que separaban al oasis de mi casa. Una caguama y dos six ayudarían en algo; también compré cigarros y burritos, pues no pasa inadvertido que el desayuno es el alimento más importante del día.
No sospechaba que algo tan rutinario me hiciera descubrir una de las actividades que más me gusta llevar a cabo los fines de semana. Caminé la primera cuadra de regreso a casa quejandome del calor. A la mitad de la segunda cuadra me encontré exhausta de cargar, así que bajé las bolsas para descansar los brazos. Me encontré frente al grupo de Alcoholicos Anónimos local. Primero pensé que eso podría ser una señal, que algo que no sé que fuera, me quisiese decir no se qué demonios. Entonces ví las cosas con claridad, porque en lo que hacía una conscienzuda introspección al respecto, por un momento bajé la mirada, ví cómo la bolsa se pegaba al vidrio sudado de la caguama. Supe entonces qué debía hacer: saqué una cerveza, volteé a mirar a través de la ventana el salón en que los Borrachos en rehab convivía, destapé la botella y le dí un generoso trago a la chela. Después seguí mi camino sabiendo que alguien me habría visto, y que con taaanto calor, hubiese querido estar en mi lugar. Esto también me hizo saber que soy algo empática: no me atreví a voltear a verlos mientras bebía, me hubiera sentido algo mal. Después de todo, no soy tan culera como pudiera creerse, aunque esto pueda ser sólo un error de apreciación.
He pensado en disminuir mi consumo de chelas y en su lugar tomar whisky porque es más bajo en calorías. Ya me han hecho notar que seré el Ave Fénix de la cerveza: seguramente regresaré bebiendo más y mejor chela. Por ahora, me haré acompañar de mi amigo Jack Daniels al Oxxo y seguiremos haciendo una parada frente al grupo de Alcoholicos Anónimos. Lo que uno es capaz de hacer por la figura!
*Título generosamente aportado por la Caperuza.
lunes, junio 01, 2009
Entre casas
Ayer moví las primeras cajas para allá. Ahora sí, la Rumi es, por hecho y derecho, la Rumi. La serie comienza nueva temporada.
He pasado por varios cambios últimamente. La mayoría, he de reconocer y agradecer, han sido para bien, mucho en realidad. Fortuna ha comenzado a girar y la avalancha de sucesos ha dejado cosas súper buenas.
Las mudanzas siempre obligan a viajar en el tiempo. Empezar a desempolvar cosas y ponerlas en cajas suponen también una limpieza. He encontrado cajetillas de cigarros de antaño, boletos de conciertos, recibos de hace 3 años, cajitas caducas de Ritalín (ahora entiendo por qué he hecho tanta pendejada últimamente) y otras mil cosas que no me sirven para mucho, pero que al momento de verlas me hacen volver a aquél momento que les dio un lugar en mi casa aunque sea en el rincón más recóndito de ella, y entonces vienen las risas de lado, o las carcajadas o la melancolía. No he podido determinar si llevaré más cosas de las que tiraré, o al revés.
He vivido por tres años en el mismo lugar y en realidad no tengo muchas cosas. Sin embargo, no dejo de pensar que al departamento llegué sólo con mi ropa y mis libros. Ahora tengo que empacar también utensilios de cocina, medicinas, blancos...vaya, hasta decoraciones navideñas. Desconozco qué tan buen parámetro pueda resultar el crecimiento en función de las cosas que acumulamos y también de las que resulte necesario o conveniente dejar. Lo que sí se es que me falta guardar un chingo de cosas.
Dos gatos y dos niñas resultan una ecuación balanceada. Ahora habrá alguien con quien platicar cuando llegue a casa. Se que he elegido a la mejor Rumi, así que habrá tardes y noches de Calamaro, de tangos, de pelis y de chelas, disertaciones interminables, zonas ecoamigables y maullidos alegres. Habrá entrada de nuevas aventuras y personajes, mayor o menor presencia de los existentes y más pelo en la ropa... y todo ello resulta sumamente emocionante.
Si pienso en el Open house y en lo que seguirá mi hígado tiembla y me hace cosquillas, eso me hace reír más aún.
Pd: Hace poco veía un capítulo de Sex and the City llamado "A girls right to its shoes". En el, Carrie decía que sólo se celebra la vida de los casados pues se les dan obsequios cuando se comprometen, en las despedidas de solteros, en las bodas, en los nacimientos, etc, etc. En cierta forma tiene razón. Carrie entonces abre una mesa de regalos para celebrar su soltería. Rumi: cómo ves? Abrimos mesa de regalos?
Invitados: Absténganse de tarjetas Hallmark, gracias!
viernes, mayo 01, 2009
De la madurez, la infancia y la influenza
lunes, abril 13, 2009
It's not me, it's you( ??) !!
Soy desordenada.
En esta opinión concedo razón. Lo confieso, soy absolutamente desordenada. La cosa interesante acá es encontrar el motivo por el que me fijo en gente obsesiva del orden. Opiniones de dos hombres totalmente ajenos entre sí, de edades, profesiones y entornos familiares distintas lo confirman.
No soy niña de gym, spa y salón de Belleza.
Nuevamente, gente que ni se conoce ni piensa igual coincide en este punto. No me muevo ni en defensa propia, jamás abandonaría mi cama 1 hora antes de lo debido por hacer deporte alguno, ni desperdiciaría mis tardes de chelas por ello. La única bicicleta fija que uso es la de casa del Rufián, quien siempre se sorprende de mi ingenio, pues sabe que la uso más bien para poner mi cenicero porque así me queda cerca de mi lugar de ver la tele.
Igual me pasa con los salones de belleza y con los spas. A lo sumo, pasaré por esos lugares cuando vea que mi cabello en realidad está hecho una aberración, lo que sucede entre 1 o 2 veces por año. No más. Por otro lado, jamás me he pintado el cabello, ni me hago tratamientos para alisarlo o enchinarlo. Y por qué gastar cualquier cantidad de dinero en masajes o que te unten aguacate, cuando ese mismo dinero podría comprar unos buenos whiskys en una cantina??? Creo que sobra decir cual termina siendo mi elección.
Desafortunadamente, los tipos que me gustan suelen querer niñas con super maquillajes, cabellos de concurso y ropa absolutamente a la moda. Alguno de mis antiguos galanes dijo que yo estaba a dos pasos de volverme hippie porque no me gusta maquillarme mucho ni estar con imagen de "lista pa' la foto" todo el tiempo; lo bueno (?) fue que reconoció que soy una niña muy bonita, aunque un poco de arreglo no me haría daño (hombre, gracias, qué detalle).
Soy muy mal hablada.
A quien chingados se le ocurre semejante mamada? Quién putas madres no suelta una grosería cada cierto tiempo? Estas sí son pendejadas. A la verga!
Así que a eso se resume todo. Esas son las cualidades por las que justo cuando están a punto, terminan dando la vuelta. Y entonces me pregunto si debo cambiar y ser una niña modosita, linda, afable, arpía y tan superficial como para no importarme otra cosa sino la manera en la que luzco. La verdad es que me niego. Esa no soy yo, me arreglo cuando tengo que hacerlo, no ando de cara lavada pero tampoco con plastas de maquillaje como si de máscara se tratase, prefiero tomar un café mientras veo las noticias en mi cama por la mañana y las tardes de chelas con amigos por la tarde, y hablar como hablo porque me place y ya. Estoy entonces tan mal?
En eso venía pensando mientras arrastraba por la calle mi autoestima cuando me disponía a acudir a una cita. Justo cuando bajé del camión me topé con un tipo absolutamente guapo: rubio de ojos verdes, complexión media y estatura aceptable. Cruzó la calle cuando yo lo hice. Lo perdí de vista cuando me paré a fumar un cigarro antes de entrar al edificio en donde tenía la reunión.
Encendí el cigarro mientras repasaba mentalmente los puntos importantes a tratar. De repente tenía enfrente al guapísimo hombre otra vez. Me preguntaba por una dirección y de inmediato se podía saber que era español. Respondí y él siguió haciendo la plática diciendo que había salido a dar un recorrido y se había perdido, que había llegado ese día al DF a hacer un trabajo y que al día siguiente tendría que irse a Guadalajara, lugar donde residía por una beca que se le había otorgado. Me preguntó por un buen lugar dónde parrandear más tarde. Le di santo y seña de varios lugares y entonces me dijo que venía solo y me invitó a acompañarlo. Yo había ya acordado verme con unos amigos, así que le dije que podía unirse a mi plan. Me pidió mi teléfono cuando le dije que me iba porque me esperaban en la oficina de la cita.
Como resulta natural, me dejó contenta la situación. Venía dando tantas vueltas a las respuestas del por qué siempre no se habían animado a andar conmigo y, al final, el suceso me elevó el ánimo de nuevo. Sobre todo, pensaba que en realidad no podía estar tan mal. Era realmente un tipo guapo, guapísimo, que me había hablado así de la nada, que seguramente se había inventado una historia para acercarse. No, de verdad, no podía estar yo tan mal después de algo así.
Esa noche nos fuimos de juerga con unos amigos y después con la Srita. P. La parranda fue algo maravilloso, me sentía bastante cómoda con el españolito, él se adecuó bien al desmadre de mis amigos y hubo harto Absinta. La fiesta terminó con la luz del día. A eso de la 1 de la tarde me mandó diciendo que regresaba a Guadalajara, que seguíamos en contacto.
No volví a saber de él hasta el siguiente fin de semana, en que me comentó que leía un libro y que me lo recomendaba. Me hacía llegar también la página de internet de donde podía bajarlo, para poder discutirlo después. Pensé que el tipo había escuchado bien que me gusta leer y que era una forma sutil y elegante de seguir en contacto.
Lo que sigue es lógico: Bajé el libro de internet y me puse a leerlo. Lo que no era lógico es el tipo de libro que leía. Trataba de esoterismo, de una doctrina antigua como el tiempo mismo (a la que se dice, incluso Buda y Jesús pertenecieron), que aspira a la santidad y divinidad del hombre, que atribuye poderes extrasensoriales y extradimensionales a sus iniciados, utilizando como elemento alquímico el amor y el sexo.
Cabe mencionar que la primera parte del libro habla de sexo. Conforme lo leía, podía notar que incluía algunas técnicas recomendadas por el Tantra o el Tao, cosa que me pareció harto interesante pues, después de todo, el muchacho traía buenas y bonitas intenciones. Era una forma poco sutil y algo sofisticada de ligarse, al menos por curiosidad, a esta Profana persona. Hablaba de la contención del semen para conservar energías, incluyendo explicaciones fisiológicas y endocrinológicas de los qués y porqués de este tópico. Hasta ahí, todo bien.
Lo que ya de plano no me cupo en la cabeza era la premisa de que jamás (nunca, olvídalo) se podía eyacular. Eso ya me pareció descabellado y antinatural. Después se podía leer un tratado de cómo seguir estas prácticas llevaba como efectos colaterales la capacidad de ver más allá de lo que los ojos miran y escuchar más allá de lo que los oidos perciben y, una vez logrado esto, poder entrar a otra dimensión. Eso ya estaba loquísimo. Y la pregunta en realidad era: cómo pasó esto, si se veía tan normal??? Sobra decir que no he sabido más de él.
Fue entonces que vislumbré que puedo ser desordenada, algo desarreglada y muy grosera, pero no pirada. Y que en realidad, los que están mal son ellos; aunque, por otro lado, lo que todos ellos tienen en común, soy yo ¿ no?
Soy yo, o son ellos?
lunes, marzo 23, 2009
27 años!
Cuando estaba por cumplir 18 años mi papá estaba en el hospital gravemente enfermo. La última vez que lo ví me tocó presenciar una escena horrible que me dejó el músculo inmóvil, la boca abierta y silente; y el pecho desinflado y sin aliento. Mi familia y algunos doctores fueron de la opinión de que no regresara en algunos días al hospital. Cuando mi papá salió del coma no me dejó visitarlo en el hospital, su estado de salud era aún delicado y su condición física estaba bastante degradada. Él se negaba a la idea de que yo lo viera así; después de todo, el fue mi héroe, y a los héroes no debe vérseles cansados y débiles.
El día de mi cumpleaños caía entre semana, así que me desperté temprano, me metí a bañar y fui a buscar algo a la cocina para desayunar. De camino noté que en el comedor había una tarjeta. Era lila, traía un conejo con un pastel y en el interior sólo decía “Feliz Cumpleaños”, mi papá escribió en ella Con cariño, de tu padre y la firmó, fechada el 22 de marzo de 2000. A la fecha no puedo decir qué sentí en ese momento, no sé si fue alegría por saberle presente, o si fue tristeza por saberle ausente también; sólo sé que lloré. Mi papá tampoco me dejó visitarle ese día y no lo volví a ver. Falleció una semana después. Esa tarjeta la guardo como uno de mis más preciados objetos.
Los festejos propios de mi cumpleaños de este año se hicieron este sábado. Hizo falta una mesa para algo así como 20 personas para resumir de la manera más sucinta 27 años, así como algo de crédito de los que me hablaron del interior de la República y hasta del Extranjero justo cuando dieron las 12 de la noche en los respectivos lugares. Alcohol y comida, risas, fotos y más alcohol. Ahí había imágenes de mi vida, de lágrimas, de carcajadas, de pláticas filosóficas, de hablar sin aterrizar y de decir sin pronunciar un solo sonido, de idas y regresos.
Para todos aquellos que seguro se preguntaban cuál sería el regalo de mi tía Lancha, debo presumir que este año me hice acreedora de una despensa (tipo arcón navideño) que según dicen mis fuentes de información más fidedignas, incluye hartos rollos de papel de baño. Sí, sé que me envidian, deal with it!
Ayer fue mi cumpleaños 27. Después del convite en la cantina, llegué a mi casa a sacar de la cajita de los recuerdos la tarjeta que me dio mi padre en mi cumpleaños 18. La puse sobre la mesa y me fui a dormir. Fue lo primero que ví en la mañana. Como aquélla vez, me senté y la leí. Me sentí alegre porque sé que mi padre también se fue a vivir conmigo.
Siempre tuve ganas de ir a Rusia, por lo que mi cumpleaños parecía pretexto ideal para hacerlo. Así fue. Caminé entre los cuadros del Museo Estatal del Ermitage, admiré huevos Fabergé, ví las hazañas de Pedro el Grande por lo que hizo a la marina en San Petersburgo, me paseé por el Clóset de Alejandra Feodorovna Romanov en Tsarkoye Selo y también hubo un poco del célebre ballet ruso. No había llegado antes a las Aguas del Neva por falta de tiempo y dinero, pero si la montaña no va a Mahoma, entonces Profana va al Museo de Antropología e Historia a ver la Exposición “Zares. Maravillas de la Rusia Imperial”. De regreso al país, decidimos ir a comer-cenar pasta con vino a un restaurante Italiano. Todo fue tan internacional!
No logré recordar bien qué hice el día que cumplí los 18, pero lo más probable es que haya estado con muy poca gente. Tuve gran satisfacción de saber que hubo mucha gente para mí este cumpleaños, y no es el número de asistentes lo maravilloso de la situación, sino la cantidad y la calidad de cosas que he vivido con ellos, y poder darme cuenta que conforme pasa el tiempo es posible mantener a los grandes amigos de mucho tiempo, pero también que conozco a más gente que me quiere y a la que adoro. Sé que mi papá también estaría feliz por ello y que me pediría en un día como ayer, les hiciera extensivos sus mayores agradecimientos por estar ahí para mí. Gracias.
A veces, las cajas de recuerdos son insuficientes; pero en lo que consigo una más grande, ya metí el boleto de la expo como si fuera una joyita robada de la Rusia Imperial.
jueves, marzo 12, 2009
Mi mejor fiesta de cumpleaños (o en términos kitsch, los XV años de Profana)
Siempre disfruté las fiestas de quince años de mis amigas, se bailaba, la gente iba a ligar y siempre había espacio para la destructiva crítica del pésimo gusto de la anfitriona, la comida sabor cartón que se servía y, claro, los inusitados y ridículos valses y nada inocentes “bailes sorpresa” (me pregunto a la fecha por qué los llaman así, si todos sabemos que habrá uno) . Como solía ser un año menor a todos mis compañeros de salón, para cuando yo iba a cumplir mis quince años (ohhh, esa frase siempre me parece tan kitsch), la mayoría de mis conocidas cercanas ya habían hecho su fiestecita. A mí me daba gracia ver el furor con que escogían invitaciones y asistían puntualmente a poner las coreografías de sus bailes y el hecho de que cada suceso relacionado con la pachanguita pudiera llevarlas del cielo al abismo en cuestión de segundos. Eso no era para mí, se me hacía tanto desperdicio tan innecesario, yo había resuelto que ése justo día haría una reunión sencilla con mis amigos más queridos. Ya ven, uno siempre tan sofís.
A mi papá le dio un infarto cardiaco una o dos semanas antes de la mentada fecha. Todo ese tiempo estuvo hospitalizado y, desde luego, a ninguno le preocupó nada más en la vida que él. Como era lógico, ya no se hizo ningún plan para mi cumpleaños, por lo que les dije a mis prepos amigos que no habría reunión alguna y que veríamos si para después. Tampoco era que me molestara no hacerla. Lo cierto es seguramente se me escapó alguna lágrima cuando di el anuncio porque yo estaba muy triste, no por el eventito, sino por la salud de mi padre, que me traía violentas visiones de soledad e incertidumbre.
Mi primer gran regalo de cumpleaños de ese día (sábado), fue su vuelta a la casa. Lo primero que hicimos fue instalarlo con toda la comodidad posible para que descansara. Después, me fui a nadar como acostumbraba todos los fines de semana. A mi vuelta encontré a algunos familiares que habían ido a visitar a mi papá. A eso de la 1 de la tarde sonó una vez más el timbre. Corrí a abrir la puerta imaginando que serían algunos tíos.
Lo que pasó en la siguiente media hora es difícil de explicar, todo sucedió muy rápido: los de la puerta eran mis amigos, traían un pastel, hot dogs, refrescos y un vestido de quinceañera. No recuerdo si atiné en decir alguna palabra, pero sé que las niñas me metieron a mi cuarto, me enfundaron en el vestido, me pusieron algún collar que tenía guardado y me amarraron el cabello en el chongo más decente que por las circunstancias se pudo tener. Recuerdo que yo seguía sin entender absolutamente nada, pero me sacaron del cuarto y mientras nos dirigíamos a la sala, alguien me dijo que sólo siguiera la corriente, que “ellos” me iban a decir qué tenía que hacer.
Recuerdo que cuando llegué a la sala ya había sillas dispersas por todo alrededor. Mi padre también estaba sentado con el resto de la gente y sonreía de tal forma, que a la fecha ése recuerdo me causa una tremenda sonrisa a mí también. Mis amigos del género masculino estaban apilados en algún lugar de la sala, lugar que eligieron mis amigas para dejarme parada. Alguien dijo “ya ponla wey” y de repente de dejaron escuchar las primeras notas del algún vals. Yo me quedé inmóvil, así que alguno de los chicos me dijo que sólo bailara. Ellos ya se movían acompasadamente como si se tratase de coreografía, así que yo hice lo mismo. Me fueron pasando de una pareja a otra, mientras giraban y hacían círculos y líneas. Fue sorprendente saber que ellos habían estado ensayando para ese día.
En medio del vals se armó algún debate, pues uno de mis “chambelanes” (taaan kitsch) invitó a mi papá a bailar conmigo. Todos estábamos en realidad preocupados, el corazón de mi papá se encontraba débil y la sugerencia podría convertir la fiesta en un desastre. Mi papá se puso de pie y sólo atinó a callarnos a todos, para después dar algunos pasos hasta que estuvo enfrente mío y nos pusimos a bailar, yo en mi vestido largo y él en jeans y camisa de cuadros de franela.
Después de eso, mis amigos y yo nos pusimos a bailar. Mi papá sacó botellas de su cava y todos nos la estábamos pasando realmente bien. Mi familia estaba gratamente sorprendida, ni ellos ni yo jamás imaginamos que algo así sucedería , y no dejaban de repetirme lo afortunada que era por contar con amigos capaces de estar acompañándome en los hospitales y que al día siguiente prepararan una fiesta sorpresa así.
A la mejor amiga de mi mama se le ocurrió que, ya aprovechando que tenía puesto el vestido, podrían llevarme a tomar fotos. Las poses que hacen que uno tome me parecen tan exageradas y pretenciosas; sin embargo, la toma de la pose más antinatural fue la elegida, me pareció tan ridícula que me solté a reír como loca, y precisamente la sinceridad de esa risa fue la que la hizo sencillamente hermosa. Prohibí expresamente que esa foto fuera colgada en pared alguna de la casa. Hoy me lamento de haberla dejado ahí, seguramente verla de cuando en cuando me haría mucho bien.
Como se junto tanta gente de forma inesperada, los hot dogs fueron insuficientes, así que mandaron traer pizzas. Comimos, bebimos y bailamos toda la tarde. Mis amigos se fueron ya entrada la noche. Nunca terminaré de agradecerle a Lady Red, a Poniatos (quien puso el vestido, y a uno de mis chambelanes que era su novio, el Topo), a Pavel, el Ñero, Beto y a todos los que estuvieron ahí.
Ese fue el mejor cumpleaños de mi vida. A la fecha me conmueve sobremanera tan hermoso gesto. Todo terminó siendo kitsch y adorable. Sin embargo, puedo decir que el menú fue exquisito, que el vals fue de lo mejor, que ése vestido prestado me quedó como guante, que aunque no hubiese gran salón o mantelería de lujo, ni peinados elegantes, ni ropa de fiesta, ni grupito versátil que cantara Brasil-Brasil mientras repartían globos; ha sido, por mucho, la mejor fiesta de quince años en la que he estado jamás.
Al final, no hubo viaje ni coche. Pero después de semejante cosa, quién se acordaría de ello?
jueves, febrero 19, 2009
De la Condesa: personajes inhóspitos y volantes.
La Condesa también tiene a sus personajes. Está por ejemplo, el señor que vende máscaras de luchador; la señora que canta con su guitarra “T-t-t-t-t-t-t-tranquis, tranquis”, el señor viejito de sombrero que vende plumas (para escribir, no de aves), el ñor de las películas, o la otra señora que vende pulseras en una cajita de galletas danesas. Simplemente son parte del vecindario y avistarlos en los cafés y en la calle es cotidiano.
Se coexiste bien aquí o eso pensaba, hasta antes de encontrarme a otro personaje.
No suelo salir mucho de la oficina, y cuando lo hago, generalmente tengo que ir muy a prisa. Uno de estos días que me encontraba en la tiendita de la esquina, llegó una mujer repartiendo volantes.
Filosofía Profana: No suelo aceptar volantes en la calle (salvo los que se tratan de comida para tener un menú el número telefónico en la oficina). No me parece que tenga sentido, después de todo, si uno necesita algo, lo busca en internet y ya. En esta tesitura, el volanteo me parece un desperdicio de papel, pintura y esfuerzo humano. Tampoco cambia mi criterio con aquellos que se refieren a causas sociales. Sé que, eventualmente, ni los voy a leer y terminaran hechos bola en el cesto de basura, por lo que se me hace poco considerado que si alguien promueve una causa, tire su esfuerzo y recursos por la borda. Así, ante cualquier ente que empieza a levantar su manita extendiendo el papelito, inmediatamente declino la oferta con un –No, gracias! (no hay que perder los modales, pues).
Pues hete aquí que Profana estaba comprando no se qué demonios en la tienda, cuando llega la señora extendiéndome una hojita al tiempo que decía que quería darme información sobre el SIDA. Para no variar, decliné la oferta. Justo en esas, la señora alza la voz y me empieza a decir que era yo una malagradecida, que ella sólo quería darme información, que por eso estaba la juventud echada a perder, que en nada me dañaría recibir el volante, que no siguiera en mi ignorancia y no sé cuántas cosas más. La gente empezó a voltear a ver el alboroto y yo sólo pensaba en la prisa que traía. En cuanto se calló la vieja, salí de la tienda.
La segunda vez que me la topé de frente, para variar traía prisa. Tomando en cuenta el antecedente, pensé que lo más sensato era tomar el volante en cuando me extendiera la mano y seguir mi ruta. Grave error: una vez que tenía en la mano el pinche papelito, la señora se puso a explicarme un montón de cosas del SIDA . Yo trataba sutilmente de seguir dando pasitos, pero ella, al darse cuenta, tuvo a bien decir –Pérate poquito, qué no puedes parar un minuto para que te explique? No seas maleducada!!!!-. Otra vez me puse a pensar en que tenía poco tiempo como para andarlo perdiendo así, tampoco entendí para qué repartía los volantes, si terminaba explicando todo de viva voz. Una vez más, en cuanto se calló, me largué, sólo que en esta ocasión me felicitó diciendo que era yo “una niña muy bonita y que me agradecía que la escuchara”. Mi plan falló otra vez, no hay forma de ganar.
Comprendí que le tenía miedo la última vez que la vi: Estaba en el mini súper, cuando ella llegó con sus volantes en mano. Se metió y empezó a buscar su primera víctima. Cabe mencionar que yo estaba muy cerca de la entrada cuando la divisé; lo primero que se me ocurrió fue correr hasta la parte más lejana de la tienda, es decir, los refrigeradores. Empecé a esconderme detrás de los anaqueles conforme se internaba por los pasillos de la tienda. Ahora el problema era salir con las mercaderías sin ser interceptada por la ñora en la caja. En cuanto se agarró a su incauto corrí casi aventándole el billete al cajero y me fugué a toda velocidad. Estaba feliz, ahora sí la había evitado.
No toda la fauna típica de la Condesa es grata y afable. Sirva mi testimonio como un consejo para cuando visiten la colonia: si se les acerca alguien queriéndoles hablar de SIDA, ahora saben que lo mejor es esconderse. Si esto no es posible y el encuentro es inminente, mejor respiren profundamente, piensen que tienen mucho tiempo, y agradezcan el sermón.
martes, febrero 10, 2009
De cómo Profana rechazó tontamente la oportunidad de rozarse con los famosos
Sin embargo, la vida a veces da sorpresas maravillosas y nos hace ver que estamos equivocados. Hoy fui testigo de ello y me congratulo.
Hoy venía manejando por Insurgentes. Había tenido que ir a ver a una concertista, por lo que me arreglé un poco más de lo que suelo hacerlo. La tarde fue agradable, así que, pensando en ello, pude neurotizarme un poco menos a causa del tránsito propio de la hora pico sobre esa avenida. Justo a mi lado se paró un auto rojo descapotable. Venía conduciéndolo una chava no mayor de 30 años. Noté que se me quedó viendo en dos altos, pero tampoco le di mucha importancia. Justo en el tercer alto, la conductora se detiene justo al lado del auto que yo venía manejando, y me empieza a decir algo. Creí que se referiría a que quizá traía la puerta mal cerrada o probablemente a alguna falla con las luces o algo así.
Tuve que bajar un poco más el vidrio para escucharla mejor. Ahí, en ese momento, el cielo dirigió un rayo hacia esta profana persona:
Desconocida: Oye amiga, de casualidad no estás buscando trabajo?
Profana: (Amiga? pos cuándo robamos juntas, pendeja? Y sí, no estaría mal cambiar de chamba pero viene mi jefe) - No, no busco.
Desconocida (y aparentemente, amiga mía?): Ah, mira, lo que pasa es que estoy buscando gente. Es para trabajar en el Restaurante de Cuauhtémoc Blanco!
Profana: Ah, pos no, muchas gracias.
Entonces pensé: Oh, cielos, creo que he dejado pasar la oportunidad de mi vida!. Claro, acaso no es el sueño de todos trabajar para un futbolista que habla hasta con faltas de ortografía? Para qué demonios estudié derecho por laargos 5 años y me acongojo por no tener una maestría cuando mi vida podría resolverse trabajando en el restaurante del Cuau? Y lo más importante: de qué me vieron cara como para ofrecerme ese trabajo???
Desafortundamente, tuve que dejar pasar tan generoso ofrecimiento y una vez más postergaré mi oportunidad de rozarme con los famosos faranduleros del país o de escupir un plato antes de servirlo.
Después de tanta vuelta, sólo me quedaba una pregunta básica: ¿Mesa o gabinete?
Y yo creí que no habría oportunidades! Nomás no agarro talento. Ahora voy a ahogar el incidente en ron, qué más da!
miércoles, diciembre 31, 2008
Del 2008
Pero claro, una vez que me dieron la bolsita donde contenía la pieza principal de mi ajuar para el 31 de enero, caí en cuenta que el año ya se acabó. Como se debe entonces, hago mi pequeño recuento para ver cómo me fue, y si este año es digno de ser recordado (a la fecha he eliminado sólo un año de mi memoria).
La verdad fue un año raro. Casi a inicios cambié de trabajo. Odiaba el anterior porque no hacía casi nada, y mucho menos algo propio de mi carrera; más bien me había convertido en una suerte de archivista/capturista. Ahora trabajo unas 12 horas aproximadamente y vivo con harto estrés. Ya le hago más de abogada, pero también tengo que rifarme funciones de nutricionista, psicóloga perversa, nana y en algún momento, hasta de chamán. Me pregunto por qué no puedo encontrar el aristotélico punto medio, un lugar donde se trabaje unas ocho o diez horas y luego uno se vaya a descansar. Probablemente pido demasiado.
De las cosas que siempre quise hacer, elimino los rubros: Colarse a una fiesta e ir a un rave.
Ahora, como ya lo he dicho aproximadamente unas 658 veces, nunca imaginé conocer a alguien por este medio, sin embargo, en abril recibí la invitación a verle la cara a algunos bloggers. Esa primera tertulia fue una cosa tan agradable, que desde entonces nos vemos un día a la semana y ya no podría configurarse mi calendario (o presupuesto) sin contemplar el día acostumbrado de bloggers. Yo se que sonará cursi (usted disculpe, querido lector, son las nostalgias decembrinas), pero me gusta pensar que somos como una suerte de pequeña familia pues, de alguna o otra forma, todos tenemos formas de vida parecidas y creo que esas similitudes hacen que podamos no sólo convivir de forma tan natural, sino que hasta de repente, podamos intuir por lo que pasa el otro sin necesidad de mucha información. Lo cierto es que ya he pasado con ellos eventos importantes tanto por fechas de calendario, léase cumpleaños, halloween y navidad (y a este respecto, muero de ganas de pasar con ellos nuestro primer aniversario de la Constitución y el Día de la Bandera juntos); pero también les ha tocado algún momento que ha marcado mi vida este año, y eso se agradece, sobre todo, el consuelo o la cachetada que me hacía falta. En este orden de ideas, debo también agradecer a quienes han estado ya por largo rato en mi vida y que me acompañaron este año, ya dispuestos y encarrerados a recorrer conmigo el próximo.
Este año vi gente partir. Lástima. Yo soy de aquéllos a los que les gustaría quedarse con todos, pero la vida no es así. Algunos tenían que hacerlo, a otros la partida les llegó por sorpresa y en otras, supongo, la cosa fue más deliberada y por tanto habrá de respetarse su decisión. De cualquier manera, ésa gente a la que hoy recuerdo, tendrá siempre su lugar, pues fueron o son importantes en mi vida. Salud por ellos.
Claro, también hubo cosas no muy buenas, como la vez tuvimos aquél accidente o bien cuando me robaron. Tampoco pierdo de vista que he salido bien librada de esos sucesos. A todo esto, en rendición de cuentas, debo agradecer a todos los que cooperaron con el primer Profanatón, que fue todo un éxito y me permitió seguir comiendo y emborrachando hasta que me pagaron otra vez. Gracias, Gracias!
Pasando a otro tema, conciertos: Calamaro es grande! Definitivamente el mejor del año!
Ya también es tiempo de ir a agradecer a todos los buenos bartenders que este año me trataron tan bien y sin los cuales muchas de mis aventuras de este año no hubieran sido posibles. He visitado ya a varios para dar el tan mentado abrazo de fin de año y para que me llenen la copa varias veces hasta salir ya borrachita y feliz.
Empiezo el año con cierto miedo o suspicacia. Estoy en una etapa rara de mi vida, en la que quiero muchas cosas, pero no sé bien a bien cuáles o en qué orden. Claro, también me da cierta desconfianza lo que vendrá, pero la duda es razón suficiente para empezarlo con un gran brindis, entre risas y con una senda borrachera que nos desocupe la mente de esas cosas al menos por un rato. Ya iremos viendo que pasa.
Feliz año!
miércoles, diciembre 10, 2008
Uno
Cuentan que en la fiesta de mi primer año de vida di mis primeros pasos sin caerme. Al parecer me encontraba encantada con los globos que adornaban la ocasión y en cuando me hice de uno de ellos, inmediatamente lo pesqué entre mis manos y al sentirme afianzada a el comencé a adelantar un pie tras otro, logrando cruzar toooda la sala de la que entonces era mi casa sin sentón alguno.
Ayer traía rondando por la mente algún tema, que hoy no logro recordar bien, para escribir hoy. Lo poco que se me viene a la mente, era que tratara de definir un montón de cosas que traigo en la cabeza y que no me he puesto a deshilvanar a cabalidad por falta de tiempo o por agotamiento, pero que se van de casa justo cuando salgo con rumbo al trabajo y las encuentro de regreso justo a la misma hora en que vuelvo al hogar.
Creí que hoy este blog cumplía un año, así que toda la mañana me puse a escribir alguna que otra historia que no sabía dónde terminaría, si es que tenía algún lugar donde conluirse, claro. Justo ahora que escribo estas líneas, acabo de hacer una rápida visita al primer post que escribir. Oh, sorpresa! el cumpleaños fue el 4. He llegado tarde.
Dice Milán Kundera que "el hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido". Desde luego, cuando comencé a escribir este blog -y aquí debo aclarar que no fue algo pensado, sino sólo un impulso- no sabía por qué lo hacía, sólo sentí que era algo de quería hacer y, por ello, que me debía. Hoy probablemente puedo intuir que el impulso nació como resultado de un tiempo de interiorizar a tal forma, que llegué a sentirme algo parecido a una olla express y que no me podía permitir explotar, así que la solución fue poner una pequeña válvula por la que dejara ir escapando alguna que otra cosilla.
Inicié sin saber que vendría. Al blog hoy puedo -y debo- agradecerle muchas cosas. Empecé siendo un ente sin rostro. Gente maravillosa ha venido a mi vida por este camino, y lo que empezó siendo algo distante e íntimamente impersonal, hoy se han vuelto tardes-noches de cervezas y charla, o tardes de películas o pijamadas que nunca intentaron serlo; manos que no sólo escriben, sino que se hacen de brazos y pecho para abrazar como Dios manda. Realmente espero que esa gente a la que he aprendido a querer tanto, y que se ha vuelto tan parte de mi presente, permanezca.
Por otro lado, mucha de la gente que existía desde antes en mi vida también llegó a descubrir mi blog. Lástima, disfrutaba tanto el anonimato. Dice también Kundera que pensar en el público es vivir en la mentira, al menos, yo ajustaría al caso que también obliga a la secrecía en cierta forma.
Algo que también mi blog me ha enseñado es que disfruto muchísimo leerlo. Es una suerte de espejo, y me gusta reconocerme a mí misma. Vanidosa que es uno. También he descubierto que puede llegar a ser una máquina del tiempo, y he encontrado que es bonito vivir las cosas otra vez, pero también regresar al futuro.
Si hoy fuera 4 de diciembre, mi blog cumpliría un año. Probablemente escribiría algo en él, después conseguiría una laptop prestada y lo invitaría a cenar. Seguramente, como toda velada digna de ser recordada, habría de tener un poco de sexo; entiendo que tenerlo con el blog es imposible, pero seguro me excusaría si lo tuviese de forma real, o quizá lo adecuado sería un poco de cibersexo. Creo que al blog no le importaría mucho, siempre y cuando le cuente la historia después.
Hoy es 10 de diciembre... quizá no es tan tarde.
martes, noviembre 18, 2008
De tacos de canasta y "Leaving Bambi"
En cuanto llegué me puse a comer, ataqué la canasta que todavía tenía una generosa cantidad de tacos todos a mi disposición, pues el resto de la comitiva ya había comido. Una vez que pude aplacar un poco el hambre me dispuse a socializar. Un rato después sólo quedábamos 6 personas.
Ge propuso entonces irnos a la casa de Morelos. Todos se vieron animados con el plan, menos yo. No es que no quisiera irme, pero me disgusta sobremanera no tener dinero cuando se planea una salida, me causa incomodidad. Él propuso pagar las casetas y Niño D pondría el coche; según ellos, lo demás ya era cosa de nada: teníamos media canasta de tacos y había sobrado suficiente alcohol como para vivir el fin de semana bebiendo sin que pudiese haber escasez de espirituosas. Mi negativa entonces parecía ya poco viable y una de mis frases acostumbradas fue usada en mi contra, después de todo, si vivimos en una democracia y la mayoría había resuelto que nos fugásemos, no había más que discutir.
Pasamos a casa de cada uno. El tiempo para sacar lo que se pudiera de nuestros clósets era de 5 minutos cronometrados antes de que otro nos sacara a patadas de nuestras moradas. Así emprendimos el viaje.
Llegamos desde luego con muchas ganas de iniciar (o de continuar) la fiesta. Ese día nos fuimos a dormir temprano. Dicen que cayó una tormenta tan fuerte que despertó a todos. Yo estaba tan cansada y dormí tan profundamente que jamás me enteré de los truenos, ni de los portazos, ni de las corretizas por la casa, ni de los gritos que empezaron a levantarse cuando cayeron en cuenta que dejamos el estéreo en el jardín y éste ya más bien era una especie de fuente; no, yo sólo me abandoné a los brazos del buen Morfeo y no decidí regresar sino hasta la mañana siguiente.
Al día siguiente desayunamos tacos de canasta y pastel que sobró de la fiesta. La variedad era considerable: papa, frijol o chicharrón. De ahí nos pasamos a tomar el sol y escuchar música mientras seguíamos bebiendo. Empecé con Wisky, y luego se abrió el Vodka y después opté mejor por un buen Bacacho. Nos pusimos luego de un rato a jugar jueguitos de borrachos, donde la intención no es ganar, sino perder y hacer beber al otro hasta dejarlo completamente alcoholizado. Más tacos de canasta y pastel para comer-cenar y después a seguir bebiendo.
Abrí los ojos. Reconocí el cuarto, pero me preguntaba por qué estaba yo ahí, si el día anterior había ocupado otra habitación. Pensé en estirarme, pero alguno que otro dolor se asomó por mi cuerpo, sin que supiera a ciencia cierta de dónde venían o por qué estaban haciéndose presentes, así que, en búsqueda de su origen, me destapé. Seguía en traje de baño y éste permanecía mojado, cosa que no pudo sino extrañarme más, pues no ha habido ocasión en que no me ponga mi pijama antes de dormir; luego noté que no me había recogido el cabello y éste se encontraba todo desperdigado por la almohada, húmedo. Trataba de recordar cómo había llegado ahí, sin que la mente me diera una sola pista. Me levanté de la cama y me dirigí al baño. No tenía nauseas, pero necesitaba verme al espejo, eso quizá ayudaría a reconstruir la memoria. No podía creer lo que veía: mis codos estaban al doble de su tamaño y traían un color entre negro y morado horrible; justo igual que mis rodillas.
Salí a buscar a alguien que me explicara. Traté de ser sutil, pero todos cooperaron en la reconstrucción de hechos. Aparentemente, el día anterior me excedí de copas como nunca. Estaba metida en el jacuzzi y me salí intempestivamente de él. Iba caminando al baño, pero se me olvidó ponerme las sandalias, así que el agua y el piso me hicieron resbalar, y en mi intento por volver a ponerme de pie, volví a resbalarme sucesivamente como unas 7 u 8 veces más, cayendo con las rodillas y los codos. Una vez que pude ponerme en pie llegué al baño. Bacha me vio de lejos y me alcanzó. Creía que vomitaría o algo así. En realidad, yo sólo quería orinar. Descubrimos también que soy una borracha muy consciente: Una vez que salí del baño, me reconocí lo suficientemente ebria como para meterme de nuevo al jacuzzi, así que me senté en una banquita que está ubicada justo enfrente del jacuzzi. Podría estar cayéndome de borracha (literalmente, claro), pero la actitud fiestera no había sido mermada ni un ápice, por lo que aunque a ratos dormitaba sobre la banquita, en cuanto sonaba una canción que me gustaba, me reincorporaba para cantarla (que en realidad era balbucear, porque ya no podía decir bien ni una palabra). Entre Niño D y Ge trataron de llevarme al cuarto, pero no me pudieron mover, al parecer, mi peso muerto no es cosa de juego. Después de un rato, decidí que era hora de acostarme, así que sin más, me paré. Niño D corrió a sostenerme y llevarme a mi cuarto, me llevó en la cama, me tendió sobre ella (esto se pone emocionante, verdad?) ... y luego me tapó y se fue a seguir la fiesta. (Así termina la triste historia de la única vez que Niño D lleva a la cama a Profana).
Bacha hizo la observación de que esta profana persona bien podía haber sido merecedora a una presea por "la mejor imitación de Bambi, en la escena donde éste aprende a patinar en hielo" (sólo que en versión borracha, claro).
Al parecer esa noche también llovió a cántaros. Al día siguiente amaneció nublado y todo el día estuvo así. En grados mucho menores al mío, pero todos también se levantaron crudos, así que desayunamos tacos de canasta y pastel otra vez, pese al hastío que ya sentíamos por ellos, pero nuestra falta de presupuesto no nos daba muchas opciones. Decidimos ver películas tirados en la sala. Todos hicimos algún comentario malicioso respecto a mi fino e intachable comportamiento de la noche anterior cuando vimos "Leaving las Vegas" y yo estuve a punto de llorar conmovida por el drama de entender que la vida de un borracho no es fácil, aunque también me dio cierto gusto saber que me falta mucho para llegar a un extremo que me deshaga algo más que las rodillas y los codos.
De casualidad y por buena suerte encontramos una sopa instantánea que compartimos entre los cuatro a la hora de la comida, pues más tacos de canasta ya eran intolerables.
Regresé al D.F. con mis 40 pesos intactos, los codos y las rodillas hinchados y amoratados (mismos que permanecieron igual por una semana y media), con la duda de saber qué se sintió que niño D me llevase a la cama, con la hermosa reconstrucción de hechos de un blackout de varias horas y con una sonrisa en la cara.
Ese fue un buen fin de semana, la idea era escapar de la ciudad y de las presiones... y me disipé tanto de todo pensamiento esos días... regresé con la mente en blanco... y cierta aversión por los tacos de canasta, que no he querido volver a comerlos desde entonces.
lunes, octubre 27, 2008
De la obsesión bufandera
Siempre me hacía los regalos más exóticos y menos excitantes cuando yo era niña. Recuerdo que después de cada fiesta de cumpleaños, abría con desesperación cada una de las cajas, rompía los envoltorios y clasificaba mis nuevas pertenencias en categorías y luego cada una de ellas, en orden de apreciación (en qué momento dejé de ser tan metódica y ordenada, pues?). A su regalo siempre tenía que abrirle un rubro aparte. De tal suerte, un apartado era para juguetes, que bien podían contener muñecas, juegos de té o juegos de mesa; otro era para ropa: vestidos, chamarras, playeras y alguno que otro accesorio. Las cajas grandes siempre eran reservadas para el final y su regalo siempre venía en una caja de tamaño más o menos considerable. La dotación de todos los años era casi una apuesta segura: Me regalaba unos 4 calzones, tres camisetas de tirantitos para usar debajo de la ropa y algún fondo. Siempre me dejaba fría, aunque también me causaba risa. Algún año me regaló un albornoz floreado, que en su momento me causó la misma emoción que le pudiese causar a un niño helado de limón derretido, pero que a la fecha conservo. Así fue por muchos, varios años.
Ya que estuve un poco mayor, y claro, dejé las fiestecitas con pastel y aguinaldos con motivos infantiles (si, pues, las bolsitas de dulces), cesó la regaladera de ropa interior. Quizá en un ánimo pudoroso, porque creo que a esa altura del partido ya era algo extraño ir a comprar brassieres para la sobrinita, o probablemente porque sabía que ya no usaba fonditos.
Ahora a los familiares sólo nos da regalo por ocasión de la Navidad, todos los años el mismo por lo general: unas tres o cuatro bufandas tejidas por ella. Creo que empieza las labores de elaboración desde febrero para terminar con todos los regalos navideños a buen tiempo. Gran parte de la aceptación de los allegados de la familia también pueden descifrarse por si éste está previsto en la manufactura de las bufandas. El año que tejió una para el que entonces era mi novio, y a quien ella llamaba cariñosamente, pero a escondidas “Bombi”, supe que entonces él ya gozaba de su agrado y bendición. Mi ex novio se quedó un tanto extrañado cuando le di el regalo que mi tía le mandaba, pero agradeció contento el gesto.
A los altos mandos les suele regalar algo adicional a la conocida tradición bufandera. A mi abuela algún año le regaló un tarjetero, sin que a la fecha nadie haya entendido con claridad para qué le serviría a una señora de noventa y tantos años; otro año, si no mal recuerdo, fue un paraguas, cosa que tampoco comprendemos del todo, si consideramos que mi abuela no sale de casa desde que tuvo dificultades con una de sus rodillas y le cuesta trabajo caminar.
Hace dos años, cuando me fui a vivir sola, la Tía Lancha se lució: me regaló unas sábanas de franela. Fue un excelente regalo; entonces yo sólo tenía un juego de cama, nada más; ella también sabe de sobra lo friolenta que soy. Cuando el regalo llegó a mis manos, sabía que nadie tendría cabeza para darme semejante obsequio si no era ella, y lo agradecía todas las noches cuando me metía en mi calientita cama.
Ayer mi hermano llegó a mi casa, a modo de Neo Santa Claus metalero, con una bolsa bastante regordeta. Traía el regalo que mi tía me hacía llegar para la Navidad de este año. Sonreí cuando tomé la bolsa entre mis manos y sin abrirla sabía ya que era. Tampoco me equivoqué, eran bufandas.
Hoy hace mucho frío en la Ciudad de México y el intenso fin de semana me ha dejado un dolorcillo de garganta. La navidad se ha adelantado, hoy mismo estreno regalo y se siente bien. Las bufandas nunca están de más, ni sobran. Este año me descaro y, ya de pasada, pediré calcetines además, sólo ella entenderá.
miércoles, octubre 22, 2008
De andar en el centro fuera de centro
El lunes, ya por la noche veía el reloj esperando que me dejaran ir. Salí ya tarde de la oficina y estaba estresada. La regla es que uno no beba en lunes, pero un wisky no me caería mal y luego que de wisky estuvo bueno, pensé que unas cervezas ayudarían a conciliar el sueño más rápido.
Al día siguiente amanecí cruda y desvelada. Mi jefe estaba estresado y me mandó al centro a entregar unos documentos, supongo también un tanto como castigo a las muchas caras largas que le puse el sábado durante el trabajo. Desde luego, mi inconveniente estado me hizo fruncir el seño al imaginarme en el transporte público y en la apretura propia de la zona.
Ya que cumplí con mi misión, pensé que podría aprovechar para quedarme en algún restaurante de por ahí, comer y curarmela. Así fue, en cuanto me instalé en el localito, pedí una cerveza y unos chilaquiles. Comí con calma, como hace mucho tiempo no lo hacía entre semana, custodiada por tres ángeles (bueno, 3 cuadros de ángeles) que me veían con cara de placidez. De alguna forma, me sentí reconfortada, como si me estuvieran diciendo que lo tomara con calma, que ellos impedirían ser molestada entonces. Me sentí mucho mejor, no sólo de ánimo, la cura también iba surtiendo efectos.
Volví a la calle, a examinar algún que otro detalle de los edificios, a ver pasar a la gente que caminaba rápido, a asomarme a algún callejon por el que seguramente había pasado y jamás me detuve a ver. Llegué a la Catedral y, como parte de la visita turística que en ese momento hacía, tuve a bien meterme a darle una vuelta. Me senté en una de las bancas de la parte más alejada para examinarla, y ahí, en medio de un barullo ligero, entre enormes parades de piedra, pude sentarme a pensar o quizá sólo a sentir.
No se por qué, si fuese inercia, o necesidad, o desesperación, pero ese día recé, no como suelo hacerlo, porque aunque creo en Dios, no creo en las iglesias ni en religiones, así que me he inventado una forma de comunicacion más directa y menos formal, de tal suerte que mis oraciones son "no mames, güey, ya aliviáname, no seas pasado de lanza" ó "Ay, ya echame la mano por esta vez, no la chingues". Pero en esta ocasión, recé como mi abuela me enseño, de forma protocolaria, estricta, formal. Clamé por ayuda, por claridad, por temple, por humildad, por paciencia, por actitud, por todo aquello que depende de mí y que no he encontrado la manera de modificar; pedía por las personas a las que quiero y quise; pedí por ella y también por mí.
Regresé a la oficina pasadas las 6. Oli me dijo que, alarmado por mi estado anímico, pues según a su decir, mi imagen se encuentra relacionada con ojos grandes y sonrisa permanente, rentó películas de comedia para ver si la carcajada se volvía a dibujar en mi cara, al menos por unas horas. La selección fue buena, Novia por compromiso (El valet) y Un Funeral de Muerte, siendo ésta última la que más doblada de risa me tuvo, y que recomiendo ampliamente.
Ayer fue un buen día.
martes, octubre 14, 2008
Del Salmón y las espinas
Debo confesar que en los últimos días he andado con el ánimo por los suelos, si no es que más bien, enterrado. Algunas situaciones laborales que me han hecho entender que los derechos de los trabajadores son una utópica ilusión. Tener que soportar condiciones casi infrahumanas de trabajo, a estas alturas, me hacen pensarme como obrero del siglo XVII o esclavo de señor feudal, me han hecho perder hasta el coraje o las ganas para lanzar algunos buenos gritos, como antes solía hacerlo. Aunque lo estoy disimulando, las últimas 2 o 3 semanas me no han resultado precisamente placenteras.
Aprovechando encontrarme a vísperas del concierto, traía a Calamaro de estribillo diario; un ilusorio escape mental, supongo, a mi ya usual y diario enfurruñamiento producto de pasar 12 horas en la oficina, comer a escondidas y no tener un día de descanso. ¡Qué monserga!.
Sin embargo, el día del concierto amanecí feliz no obstante ser lunes. Todo ese día olvidé los enojos, los sinsabores y la desesperanza. Ese día vería a Calamaro, no necesitaba más. Desde luego, muy temprano empecé a instrumentar las estrategias a seguir (plan B y C) por si mi jefe se pusiera obtuso y no me dejara salir a tiempo para estar puntual a tan ansiado encuentro.
Afortunadamente, llegué más que a tiempo, todavía pude sentarme en las escaleras del auditorio, esperando a Rufián, fumando un cigarro mientras sentía el frío viento colarse por todos lados. La gente llegaba a montones, todos emocionados. Yo también lo estaba, seguramente no más que la mayoría, pero cuando no todo va precisamente bien, uno suele apreciar y agradecer aún más las pequeñas grandes cosas de la vida que nos aceleran el ritmo cardiaco y nos sacan la sonrisa más evidente de los labios.
En cuanto entramos, el Rufián y yo nos dirigimos a la parada obligada: el expendio de alcohol más cercano. Después ya ocupamos nuestros lugares. Era de esperarse que el concierto empezara con El Salmón. Pocas veces había visto el auditorio tan lleno, tan efervescente, tan ruidoso. Todos coreaban las canciones, brincaban, gritaban y aplaudían. Creo parte importante de tanta potencia por parte del público vino de la larga espera por la visita del cantante al país; y bueno, también el hecho de que Calamaro es grande, versátil, entregado. No debe ser fácil componerse un rock, luego armarse una balada cumbiancherona y después aventarse un tango, pero él lo hace, y lo hace bien.
El tiempo era muy corto para darnos gusto a todos con la selección. En realidad, el playlist estuvo de lujo, pero todos hubiésemos cambiado alguna canción por otra, o por varias más, porque en realidad, a todos también nos faltaron unos 5 minutos más (o quizá 2 horas, más bien). Atreviéndome a hablar tanto a título personal como por el Rufián, por nosotros hubiese tocado tanguitos todo el tiempo. Sólo 2 no eran suficientes, aunque, desde luego, en ese momento nuestro ausente se hizo presente y hasta le llamamos por teléfono para que escuchara (sólo Dios y él sabrán si la llamada se recibió). Comprendo que quizá no a todo el mundo le encantaría, pero creo firmemente que a quien le gusta Calamaro, debe gustarle el tango, porque él mismo se ha dedicado a incluir al menos uno en sus discos y a grabar varios.
También creo que uno de los grandes aciertos del autor son sus frases. ¿Quién no ha pensado en decirle a alguien “quiero ser el único que te muerda la boca” o “soy tuyo con mi mayor convicción”?. Personalmente, también he acusado muchos desamores con el Sr. Andrés en más de una borrachera.
A mí me hicieron falta la parte de adelante (sin albur) algo contigo, nostalgias, volver, mano a mano, bueno, insisto, tangos! Aún así, fue un espectáculo fenomenal. Ojalá el Salmón regrese el día menos pensado. Hoy en su página oficial puso que llevaba un buen recuerdo de México (obvio, entiendo que no podía poner algo contrario), pero sí creo que recibió mucho más de lo que probablemente esperaba.
Por mi parte, me olvidé de todo lo que traía en la cabeza. El lunes fue un gran día: Salí temprano (bueno, bueno, huí vilmente, pues), estuve con el buen Rufián, quien siempre me hace reír a carcajadas, tomando cerveza, escuchando a Calamaro y mucha emoción. Salí del concierto liviana como espuma de chela.
Mi querido Lear, te perdiste de uno muy bueno, pero no faltaste del todo. Espero ya no me sigas profesando la ráfaga de odio que me declaraste. Ya quiéreme!
jueves, septiembre 25, 2008
De chelas, moños, Scorpions y vientos de cambio (o volver al futuro).
Corría el año de 1992. Yo era una escuincla de 10 años e iba en sexto de primaria. Entonces usaba moños blancos más grandes que el tamaño de mi cabeza para adornar el peinado del día; la moda también era traer copete que parecía fabricado con tubo de papel de baño, un nada sutil crepé y media lata de spray (obvio, entre más alto y voluminoso el copete, mejor). Yo solía no tener el mejor copete, pues mi mamá no me dejaba aplicarme tan generosa capa de fijador argumentando que me quedaría pelona por el exceso del producto, así que generalmente el mío se ladeaba, y para medio día ya estaba casi en mis ojos. Usaba también zapatos de goma semi-ortopédicos y el uniforme en azul marino con rojo.
Para noviembre aproximadamente, la maestra de inglés (cuyo nombre no recuerdo) nos informó que para el magno Festival Navideño de la escuela, nos había correspondido la monada de cantar en inglés. La canción elegida fue “The wind of change” de Scorpions. Más o menos sabía algo de la bandita esa porque mi padre era rockero y tenía algún (os) disco (os)(bueno, cassettes) de ellos, pero de eso, a saber santo y seña de su trayectoria musical, había mucha distancia, por lo que la canción, en realidad, la desconocía. Recuerdo que lo primero que nos aprendimos fue el chiflidito de la rola (claro, los afortunados que saben chiflar, yo a la fecha, nomás no puedo), y que luego de escucharla diario por al menos unos 20 minutos, a fuerza de repetición tras repetición, terminamos aprendiéndola a la perfección.
El gran día del evento era tedioso, pero siempre preferible a estar en clases. Pasaban primero los más pequeños y luego los más grandes. Así, los de sexto tuvimos que aventarnos a presenciar las monadas del primero A, B y C, luego los de segundo año y así hasta que nos tocase a nosotros. Ya estábamos hartos cuando llegó nuestro turno. Nos colocaron en el centro del patio, todos formaditos por estaturas, adornados con la bufanda roja que nos habían solicitado para ese día. Comenzó la canción y todos la empezamos a entonar. Lo que fue gracioso (supongo) es que habíamos ensayado la canción sentados, por lo que en ese momento, parados y sin saber bien hacer, como si nos hubiéramos puesto todos de acuerdo, sólo atinamos a movernos de un lado para otro siguiendo el ritmo de la baladita. Después ocupamos nuestros lugares nuevamente y probablemente habremos hecho algún intercambio de regalos y adiós, felices vacaciones.
El día del concierto, mientras esperábamos el inicio del espectáculo y disfrutábamos nuestras cervezas, le comentaba a Rufián que la única canción que me sabía al dedillo era “The wind of change” porque alguna vez me la hicieron aprender. Él me respondió que era la que menos le gustaba, haciéndome una pequeña reseña del momento en el que esa canción fue estrenada. Me decía que ocurrió en el año de 1991, ese año había caído el Muro de Berlín, el fin de la Alemania Comunista y el de la Guerra Fría. Entonces Pink Floyd organizó el concierto “The wall” y Scorpions (que me acabo de enterar, son alemanes) sacó esta cancioncita, muy ad hoc a los acontecimientos políticos que se habían dado (pueden constatarlo viendo el video). Entendí entonces la razón por la cual había sido escogida en el año de 1992 para el festival decembrino: la hermandad y la esperanza en el futuro flotan en el aire.
Después de un rato, por fin salió la banda alemana a dar su show. Creo que fue un error que les dieran el foro sol, pues a lo más, habrán llenado la mitad. La mayoría de los asistentes ya no eran precisamente jovencitos, más bien, había muchos que fueron acompañados por sus hijos (muchos sabían las canciones muy probablemente por haber crecido con ellas a causa de sus progenitores). Aún así, se revivieron glorias pasadas y también creo que se hicieron paseos por muchos momentos que la audiencia vivió años antes con las canciones del grupo a modo de soundtrack.
Cuando llegó el momento de interpretar la canción que me sabía, obvio la empecé a corear. No pude sino regresar a aquél año de mi infancia. Estábamos hasta abajo del foro, por lo que permanecíamos de pie. Noté entonces que mucha gente empezaba a moverse de un lado a otro siguiendo la tonada de la balada, presentada de forma acústica y me volví a sentir como esa niña de primaria, sólo que ahora, en vez de estar adornada por la bufanda roja (ahora que lo pienso, traía un suéter rojo de cuello de tortuga), sostenía en una mano una cerveza y en la otra, un cigarro. Ya no estaba entre mis amiguitos de escuela, sino entre un grupo de desconocidos que hicieron lo mismo que nosotros en ése entonces, y también caí en cuenta que habían pasado ya 16 años de aquél día en que la canté junto a mi grupo (ya existen los celulares, pues!). Al Rufián le daba risa mi flashback. Seguía yo pensado en quién era entonces y quién ahora, en todo lo que ha pasado para que ése sábado estuviera haciendo lo mismo que hacía tantos años, pero ya en un entorno tan distinto, desfilaban los rostros de los que han pasado en mi vida y de los que están. Sentí nostalgia, pero también agradecí a la vida por el presente y, muy en el mood de la canción, estaba esperanzada en el futuro.
Una vez que el concierto terminó, el Rufián y esta profana persona fuimos a cenar unos tacos. La siguiente parada fue un bar donde estaba Srita. P., donde cantamos con José José acompañados de unos vodkas hasta altas horas de la madrugada, mientras nos reíamos de un borrachito que entonaba con harto sentimiento y con cara de dolor. Fuimos los últimos en salir. Encontré un cartel en la calle en el que ofrecían una cubeta de 6 chelas por 90 pesos, pero decidimos aprovechar la oferta otro día. Había vuelto al siglo XXI, y el futuro había empezado bien.
lunes, agosto 25, 2008
No ha habido grandes heridos
Estaba dispuesta a ir a casa, pero el espasmo se hizo presente nuevamente. No iba a poder subirme un taxi y llegar al hogar sin provocar un desperfecto, así que pensé en ir a casa de Srita. P, que está muy cerca de mi oficina. El fuerte dolor hizo que se me salieran las lágrimas. La primera escala fue al baño nuevamente, después a su cama. Así fue intermitentemente por unas 3 horas más. Diagnóstico telefónico de 2 doctores: stress. Me quedé dormida y prolongué el letargo por el día siguiente, no fui a trabajar.
El jueves regresé a mis actividades cotidianas. Para ser francos, esperaba algún tipo de pregunta sobre mi estado de salud. En su lugar, sólo hubo silencio. Esperé pacientemente a que fuera hora de reunirme con mis amigos de Cantina de jueves.
Cené un caldo de pollo (por aquello del estómago). Me relajé mucho. Es increíble cómo personas a quienes no se tiene mucho tiempo de conocer, pueden hacer de una reunión común una verdadera delicia, dando como resultado que parte de la semana (claro, y del presupuesto) se planee en función a ésa reunión semanal. Recuerdo que Meche cenaba fabada, que Rafa tomaba agua y que Petronila, Rufián y yo criticábamos junto con Lilián a Hannia Novell y a otros presentes en la cantina. Después llegó un grupito fresa equipado con instrumentos musicales, dándole una cantina típicamente española, un aderezo fusión con sazón cubano.
Rafa amablemente se ofreció a llevarme a casa. Me subí del lado del copiloto. No podía abrochar el cinturón de seguridad, por lo que tuve que pedirle a Rafa que me ayudara. Llegando cierta calle, le pedí tomara la izquierda del camellón porque del otro lado había un alcoholímetro. Rafa me preguntó la razón por la que había que esquivarlo, si después de todo, él sólo había tomado agua durante la noche. Dije que me daba hueva que nos pararan. Después vi algo blanco de reojo, no distinguí qué fue.
Algo nos empujó, cerré los ojos y sólo sentí un gran mareo. Supongo que perdí consciencia por un momento. Cuando me reincorporé me dolía la cabeza y me daba vueltas. El vidrio estaba roto y una parte de la puerta, recargada en mi pierna. Una puberta beoda se pasó un alto y nos chocó. El golpe fue directo en el lugar en donde yo estaba. Nos preguntamos si estábamos bien, parecía que así era. Ya después llegó la policía, el seguro y las ambulancias. La otra conductora se dio a la fuga, aparentemente, entre el nervio y su borrachera había chocado adelante, pero se había arreglado con otros polis; intentaron encontrarla pero ya se había ido A mi me dolía horrible la cabeza y el codo, pero seguía caminando un lado a otro: quería saber qué había pasado con la infractora y asegurarme de que todos estábamos más o menos bien. Llegó el l&tae a ayudarnos, después apareció un taxista diciendo que había recogido las placas a petición de la joven que nos impactó. Al menos, ya teníamos una pista. Entramos al hospital a eso de las 5; batas con apertura por la espalda, exámenes, placas y medicinas después, habremos salido pasadas las 6.
No me pasó eso de ver tu vida en un segundo. Supongo que como no vi venir toda la situación, tampoco entendí bien de qué se trataba. Algunas consideraciones finales:
1.- Conocí más a mis amigos. Esto de verlos en bata de hospital y ver sus radiografías es algo que no pasa (afortunadamente) todos los días.
2.- Mi ángel de la guarda trabaja como esclavo y es bien rifado. Sólo tengo un moretón en la pierna, otro en el codo y un chichón en la cabeza. Ninguna fractura o fisura, mi memoria y reflejos están bien. Vamos, ni un solo rasguño o vidrio enterrado. La coordinación quedó tal y como estaba antes (la cosa es saber si entonces era buena o mala), pero no empeoró.
Bueno, ahora que lo pienso, horas después del suceso, estaba bastante contenta por estar vivos y bien… una ligera afectación de personalidad, pues pensaba que estaría quejándome del suceso por largo tiempo, y sólo estaba agradecida porque las cosas pudieron ser mil veces peores y no lo fueron. Será que Profana ahora se ha vuelto optimista y todo amor? Definitivamente no.
3.- Sigo sin entender por qué Lilián daba por respuesta “Argentina” a toda pregunta que se le hacía.
4.- En obvio de que supongo que terminé de romper el cristal de la ventana con mi cabeza, y – gracias a Dios y a la vida- sólo me salió un chichón y no un coágulo o traumatismo serio, he descubierto que soy una cabeza dura en más de un sentido. He corrido con mucha suerte, pensé y la doctora me lo confirmó.
5.- Mala hierba nunca muere.
La semana pasada no fue mi semana... o si?
Pd. Para otros datos o puntos de vista, consulte ésta crónica, ésta reseña, o la versión de Rafa.
lunes, agosto 18, 2008
Del chupe y la Lupe
Todo iba como se esperaba, hasta que en alguna de esas pausas que el intérprete toma para hacer algún comentario, pasó lo que nunca espere ver en un concierto de la D’alessio: en las pantallas empezaron a poner citas bíblicas y ella comenzó casi a predicar la palabra de Dios!!!
Me pregunté si por error no había caído a una de estas iglesias de “Pare de Sufrir” (por favor, léalo con acento brasileiro). Supe que mi sospecha era incorrecta gracias a que varias personas del público, ávidas de insultantes letras y no de sermones dominicales, empezaron a reclamar por el discursillo.Ellos querían oírla cantar. Lupe no tuvo más que retomar su actuación, pero antes de seguir con sus éxitos, primero cantó una canción dedicada a Dios.
Ello me llevó a pensar que Lupe era mil veces mejor cuando andaba en esto de la coca: Salía eufórica al ruedo, a matar. También me pregunté por qué el hecho de que ella se hubiese convertido de religión le hacía pensar que todos necesitábamos unirnos a su nuevo culto. Recuerdo que el Tío Bank cuando se cambió a la misma práctica religiosa obraba de manera parecida: Se pasaba los días hablando de las maravillas del Señor, traía la biblia para todos lados, misma que leía con harta frecuencia durante el día y aprendió a responder a casi cualquier cosa, relevante o no, con citas del mismo libro. Él también llegó a ese camino después de varios años de borrachales. Se me salió también una sonrisa a la lejana memoria de la cantante en el "Continental", donde llegaba ya suficientes alcoholes encima y aprovechaba el after hours para ponerse hasta la madre en más de un sentido. Lo cierto, es que tanto ella como mi tío, dejaron el alcohol y otros excesos.
Después del concierto me encontré con mis amigos para un convite etílico. El baile no se hizo esperar después de unas horas más de consumir espirituosas. La reunión acabó ya en la madrugada.
Días más tarde, meditando sobre aquél sábado, una de las pláticas que sostenía me llevó a recordar el famoso pasaje bíblico de las Bodas de Caná. Como ya todos sabrán, en resumidas cuentas, Jesús y su madre asistieron a una boda. Un rato después de que la fiesta había empezado, como era de esperarse, el alcohol escaseó. Alguien, ante tal situación, le comentó (supongo yo, un tanto alarmado) a María que el chupe ya se había acabado. Ella, entonces, intercede por los anfitriones e invitados ante Jesús, suplicando que haga algo al respecto. Jesús accede a la petición y hace el milagro de transformar 6 garrafas de agua en vino.
Lo anterior, me lleva a concluir que aquéllos que han dicho que han encontrado al Señor y que por ello se han vuelto abstemios, en realidad, no conocen la biblia y que ésta no se transmite por ósmosis (por aquello de que cargan a todos lados con ella). En efecto, tal como se puede deducir de tan ilustrativo pasaje, Jesús desde luego que iba a lugares donde se servía alcohol. Aún más, resulta evidente que la comitiva invitada ya tenía un buen rato tomando, pues si no hubiese sido así, el alcohol nunca se hubiera acabado. Después encontramos algo harto interesante: La denuncia de la falta de vinito para seguir el reventón. Éste, según yo, es el primer antecedente que existe de la famosa vaquita, o cooperacha para el cartón (no mames, los del discovery deberían hacer un estudio al respecto); porque según puede imaginarse, dicha situación no le fue contada a María para que ayudase a correr a la gente que seguía en la boda, sino precisamente, para encontrar la mejor manera de seguir la fiesta como Dios manda, léase, con más alcohol.
Prosigamos, pues, con el estudio; hasta ahí, todo podría indicar que Jesús se encontraba en una boda tal y como las que a la fecha, se siguen celebrando. Volviendo al tema, María entonces va con su hijo y le dice que el vino se ha terminado. Jesús se pone un tanto quisquilloso, pero lejos de decir "No, madre, que ya no tomen, ya todos están muy pasados de copas" ó "Diles que mejor se la sigan con refresco y agua, beber de más no es bueno", termina diciendole a los sirvientes de la digna casa que ofrecía el banquete que junten tinajas de agua, según esto, se pusieron 6 de aproximadamente cien litros cada una; y según, cuando las probaron, el agua ya no era otra cosa que vino. Nuevamente me (y les) pregunto: Acaso no se había dado cuenta Jesús de que la banda ya estaba ebria? Creo que la respuesta tendría que ser afirmativa. Entonces, si Jesús hubiese considerado que el exceso de alcohol es malo, ¿Habría entonces hecho el milagro de sacar para la banda (que ya andaba borrachina) otros 600 litros de vino? Desde luego que la respuesta sería no.
Por tal motivo, creo que es un error satanizar al alcohol per se, y en las cantidades que sean. El propio Hijo del Señor fue cómplice comprensivo de aquélla bolita de beodos que se encontraba en la boda, y el terminó poniendo más vino para la peda. Por tanto, no hay justificación para decir que ponerse borracho está mal. Quien lo dude, puede leer la biblia y darse cuenta de ello.
Quizá sería buena idea que Lupe pusiera citas bíblicas del estilo "Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya todos están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora" en sus conciertos. Pocos se quejarían, si no es que nadie.
Salud, pues!
viernes, junio 27, 2008
De malvados retiros espirituales.
Mis papás, cuando fue momento, decidieron cambiarme de escuela para la secundaria. La elección fue un colegio de monjas y sólo para mujeres.
Como suele ser tradición en ese tipo de escuelas, todos los años nos llevaban a un retiro espiritual con el propósito de acercarnos más a la palabra de Dios y al Todopoderoso himself. Los primeros dos años, el dichoso evento duraba un día, de mañana a noche. En tercero la cosa cambiaba, pues se trataba de un fin de semana, comenzando el viernes y regresando el domingo ya por la noche.
Para ser honestos, por mucho que me molestaban esos shows y costumbres plagados del más nebuloso cristianismo, ése viaje sí me tenía contenta. No, no es que tuviese la esperanza de que el Señor ahora sí llegase a tocar mi corazón (agghh, cómo me chocaba esa frase tan usada por las monjas), sino que era la perfecta ocasión para pasar un fin de semana lejos de casa y en compañía de mis amigas, cosa que se antojaba casi imposible a mis catorce años.
Lo único que teníamos que llevar era nuestra ropa (previo pago, desde luego, de una “módica” cantidad monetaria por los gastos propios del viaje), estaba expresamente prohibido llevar radios, walkmans (sí, todavía eran épocas de ésos antiquísimos aparatos), relojes, libros, revistas y, en general, cualquier otro medio que pudiese alejarnos de la vocación religiosa propia de la ocasión. Yo fui más previsora, así que llevé dos maletas: una con mi ropa, sábanas y cobijas; y otra repleta de comida, papitas, pastelitos, refrescos, agua, una botella de ron que había robado de la alacena de la casa y una televisión portátil del tamaño de un walkman.
En cuanto llegamos al humilde (jajajaja) convento que tenía alberca, iglesia propia y una manzana de extensión en Atizapan, nos enseñaron nuestros dormitorios. Era un cuarto gigante, largo, con camas distribuidas como si de sala de emergencias de hospital se tratase. Curiosamente, los lugares ya estaban asignados, y evidentemente, a mi grupo de amigas (que solíamos ser las que iniciaban los alborotos) nos habían puesto en camas totalmente distantes. Me apresuré a entrar para cambiar la ubicación de las asignaciones.
Una vez instaladas, bajamos a cenar. Mi presentimiento respecto a la comida no fue equivocado. Era verdaderamente una mierda. Así que decidí donar mis sagrados alimentos a quien los quisiese. No importaba, yo tenía una pequeña despensa bajo mi cama.
Durante la cena, el obligado plan de escape para ir a recorrer el convento de noche, no se hizo esperar. Se trazó la estrategia de entrada y salida del dormitorio y la ruta a seguir durante la ronda.
De regreso en la habitación, nos escurrimos a un apartado que se encontraba vacío con las maletas de las provisiones. Cenamos y empezamos a brindar con el ron que me robe. Pocos tragos necesitamos para emborracharnos, pues como resulta lógico, poco curtidas estábamos en las artes del alcohol. Guardamos todas nuevamente, ya mareadas. El siguiente paso, era escapar.
No contamos con que la ventana más cercana estaba en la “parcela” de Rosita, una niña cándida y sumisa (de ésas que todo mundo agarraba de su pendeja,) que no veía con muy buenos ojos nuestras andanzas, pero que no se metía con nosotros. A ella se le hizo demasiada peligrosa la empresa y, para a su modo protegernos, nos negó el paso. Comenzamos a disuadirla de que no lo era, pero Rosita se negaba nuevamente. De tal suerte, considerando que ya andábamos medias ebrias, las voces se elevaron poco a poco. En un instante apareció Sor Ardi frente a nosotros, armando tremendo pancho y amenazando con llamar un taxi para regresarnos a nuestras casas esa misma noche. Tuvimos que poner cara de niñas buenas, implorar tolerancia y prometer que el desastre no se repetiría.
Al día siguiente, bajamos a desayunar. Yo preferí atacar la maleta de víveres antes de bajar al comedor. Después, nos llevaron al salón donde se llevarían a cabo las actividades, que como se encontraba lejos del resto del convento, tenía un baño cerca en medio de la nada.
No té que Rosita se metió al baño antes de entrar al salón. Como no había mucha gente viendo, decidí vengar la mala pasada que nos había jugado la noche anterior, por lo que en un ágil movimiento, sin que ella se diera cuenta, puse la traba que se encontraba por afuera y la dejé encerrada. Horas después, empecé a correr el rumor de que alguien se había enfermado del estómago y que había dejado el baño hecho una asquerosidad, por lo que era mejor ir hasta alguno de los baños del convento, en caso de ser necesario. Nadie dudó de mi dicho.
A la hora de la comida, una de mis amigas encontró unos lentes que una monja había dejado por descuido en el comedor. Argumentando que eran de su graduación, los guardó para sí. Después empecé a aventar a mis compañeras las papas que habían servido como guarnición con la comida, que eran bastante duras. Se desató la guerra de comida. Una vez que la lanzadera de alimentos se encontraba en su apogeo, aproveché para escurrirme nuevamente a mi dormitorio para comer algo. Plan perfecto: mi ausencia me hacía inimputable de la autoría de la batalla. También aproveché el momento para hacer intercambios de ropa interior en las maletas de mis compañeritas. Todas fueron reprendidas esa tarde y Rosita, quien seguía en el baño, no comió. Supongo que para esa hora, ya se habría cansado de gritar sin que nadie la escuchase.
Como todas regresaron muy calladitas al salón después de la gritoniza que las madres les pusieron, Rosita jamás oyó su cercanía, y permaneció en silencio. A eso de las 7 de la noche, nos liberaron de las actividades. Pensé en dejar a Rosita encerrada toda la noche, pero mi parte noble me lo impidió, por lo que me acerqué al baño haciendo ruido enorme a modo de que Rosita oyera. Inmediatamente comenzó a gritar. Me paré enfrente de la puerta del baño, solté las últimas risas que pude y después abrí con cara de absoluta preocupación.
Profana: No manches, Rosita. Dónde te has metido? hemos estado súper preocupadas por ti!
Rosita: No, Profanita, es que alguien me encerró en el baño. Y estuve gritando un buen rato, pero como estaban en el salón, nadie me escuchaba.
Profanita: No mames Rosita, qué poca madre! Viste quién fue quien te encerró? Ahora mismo la pongo en su lugar.
Rosita: No, no supe quién fue. En cuanto me metí, sólo oí el portazo, pero no vi nada. Bendito Dios que me has encontrado, me has salvado.
Profana: (con actitud redentora) Si Rosita. Imagina si no hubiese venido yo, hubieras pasado la noche aquí. Vamos pobrecilla, debes morir de hambre. (jajaja, a huevo, estoy a salvo otra vez!)
La cena, para variar, era un asco. Recuerdo bien que era una sopa de aguacate, que era más bien agua con trozos de aguacate. Me resistí a comerla, así que con cara de solidaridad, fui a ofrecerle mi cena a Rosita, quien traía un hambre feroz. Comió la sopa con velocidad extraordinaria. Después nos interrogaron por los lentes que se le habían extraviado a una de las habitantes del convento. La ladrona negó conocimiento de tal hecho, no obstante traer puestas precisamente esas gafas.
Como el plan de escape se había truncado nuevamente por la susceptibilidad que Rosita traía en ese momento, me puse a ver tele. Supongo que algunos ruidos hicieron que mis compañeritas despertaran y fueran a dar el parte policiaco a Sor Ardilla. En cuanto escuché a la monja entrar buscando el culpable, apagué la tele y la deslicé por el suelo al apartado de Rosita. En cuanto encontraron el aparato, regañaron públicamente a la indiciada púber, quien se defendía alegando que la tele no era suya. Sor Ardilla no le creyó, pero confiscó el objeto del contrabando.
No sabría decir a la fecha si fue el susto, el enojo, la mala calidad de los alimentos o la cantidad y velocidad con que Rosita los ingirió; pero a media noche, escuché cómo se salía con apuro de la cama y había entrado al baño del dormitorio dando un nada discreto azotón de puerta. Tras escuchar del otro lado una sinfonía de extraños ruidos estomacales, empecé a preguntar a Rosita, con voz de consternación pero lo suficientemente fuerte para que todos me oyeran, si le había dado chorro. Poco tiempo tardaron todas en despertar para mofarse de la buena Rosita, quien se negaba a salir del baño, mezcla de pena y de aflicción por seguir sin sentirse del todo bien.
Al día siguiente, conversé con Sor Ardi. Le expliqué que yo había llevado la tele para verla en el camión, pero no durante el retiro. Asimismo, le dije que Rosita me la había pedido prestada bajo el pretexto de nunca haber visto antes una televisión de ese tipo; le juré que, de haber sabido que Rosita me la había solicitado con el fin de quebrantar las normas que nos habían impuesto, jamás habría considerado enseñársela siquiera. La monja me devolvió mi preciado bien. Por último, solicité a la monja no regañarla por haberme comprometido con sus faltas de disciplina, pues ya la diarrea de la que era víctima la pobre Rosita, constituía suficiente castigo. La Sor aceptó de buena gana, reconociendo al mismo tiempo mi empatía para con la sufrida compañera. Así me salvé de que Rosita supiera que la que le había puesto la trampa fui yo.
Mientras regresábamos en el camión hacia la ciudad, Rosita fue objeto de cada una de las burlas que pudieron hacerse por motivo de su diarrea; esa burla se prolongó por varios meses. Yo no me acerqué tanto a Dios Nuestro Señor como las monjas lo hubieran querido, pero me divertí como pocas veces lo había hecho. Fue un viaje memorable!
Los lentes de la monja nunca aparecieron; pero ninguna monja fue herida ése fin de semana.
Rosita, hasta el último día de clases, me continuó agradeciendo haberla salvado y liberado de aquélla ocasión en que estuvo encerrada en el baño.
martes, abril 22, 2008
De asquerosos manjares y cortesías.
Durante la mañana del viernes estuve atendiendo desde alla cuestiones de la oficina. Nos reuniríamos con los chinos a la hora de la comida para discutir el asunto de la consultoría. A la hora acordada pasó un automóvil blanco para llevarnos con ellos. Nos llevaron a un restaurante pequeño, pero de apariencia muy selecta. Pasamos entre las mesas y seguimos de largo, nos conducían a una especie de pequeñas salas, donde ya nos esperaba el chino mayor junto a su asistente personal. Mientras nos explicaban el problema sobre el que había que emitir opinión, se hizo presente otro simpático chino, medio regordete, vestido de chef. Comenzó a hablar con los otros dos chinos en su idioma. El chino mayor se volteó hacia mi y me dijo en ingles que en virtud de nuestra visita, quería agradecernos ordenando una delicadeza gourmet china, por lo que había pedido la "sopa especial", un huachinango, camarones y verduras. -Suena delicioso. Muchas gracias- contesté mostrando simpatía por ser merecedora del honor.
Siguió la plática. Imaginaba suculentos platillos, del tipo de comida del Hunan, o ya de perdida, de un China in a box. En eso, llegó el mesero sosteniendo una sopera con detalles que evocaban algún ornamento de dinastía Ming, la colocó sobre una charola junto a nuestra mesa y comenzó a servir los tazones. No pude evitar notar que primero los llenaba de material sólido. Esparció primero algo, que no sabía bien que era, pero que tenía un fatal aspecto; un tipo de masa gelatinosa (parecida a la pata que se hace para las tostadas), de color ámbar, porosa, cortada en cubos, para después añadir unas bolas de carne de no muy buen aspecto, y finalmente, vació el caldo de la sopa.
Entré en pánico... soy excesivamente quisquillosa con la comida, un mal legado de mi nana, quien ante mi desaprobación por la sencilla vista de un platillo, corría a la cocina a preparar otra cosa al momento sólo para darme gusto. No puedo tolerar cierto tipo de texturas en la boca, especialmente aquellas que son viscosas o gelatinosas (razón por la que jamás me verán comiendo "cueritos"), por ciertos sabores (ejemplo: odio el jitomate) y ni siquiera me arriesgo a probar algo que mi vista no me recomiende. Preferí no preguntar qué contenía la dichosa (y putísima) "sopa especial"; bien sabía que si a mis oidos llegaba el nombre de algún animal extraño, mi mente me iba a hacer tal jugada que de entrada, ni siquiera me arriesgaría si quiera a oler.
Cuando ya se encontraban los tazones frente a sus respectivos comensales, el chino mayor se volteó hacia mi, como esparando que hiciera yo la monada de empezar a comer. Metí la cuchara al plato y decidi intentar partir uno de los chingados y nada apetitosos cubitos, sólo para tratar de determinar un parecido con algún alimento conocido. Era suave, pero viscoso... así que para mis adentros repetía con insistencia a tipo de programación mental: "piensa que es manzana cocida, piensa que es manzana cocida". Levanté de nuevo la mirada sólo para descubrir que seguían viéndome, por lo que tuve que reunir fuerzas y abatir voluntad, al tiempo que sumergía la cuchara en la mentada sopa nuevamente para llenarla, y después, ir acercando el menjurje hacia mi boca. Comprobé con desagrado que efectivamente, la textura era espantosa. Evidentemente tuve el refrrejo de escupir, pero sabía que no podría darme ese lujo pues se trataba de potenciales clientes, dinero y al final de cuentas, era un gesto amable de su parte. Tragué sin intentar encontrar sabor alguno. Aún así, quería mentar madres, salir corriendo, mínimo aventar la chingadera de sopa al suelo. Únicamente me limité a hacer un gesto de mínima y discreta aprobación por el supuesto manjar, haciendo mención de que definitivamente, la sopa era algo especia. Los chinos se mostraron complacidos y comenzaron a comer, mientras que yo sólo sorbía el caldo, que tenía un sabor fuerte. En cuanto pude, llamé al mesero y pedí que retirara mi plato, al ver que el chino menor tomaba el cucharón de la sopa para sevir otra ronda. El resto de la comida no fue mala. Me dediqué a pensar lo mucho que hubiera disfrutado de unos simples (pero exquisitos) tacos al pastor, o un pozole.
Ya que hubo terminado la comida, y estando a solas, le pregunté a mi jefe por los ingredientes de la sopa, en obvio de que el visita china con mucha regularidad. Contestó con una sonrisa burlona que en realidad, por mi bien, prefería no decirme. Insistí hasta que obtuve la respuesta: Era carne de cerdo, algo así como testículos de pájaro, y por qué chingados no? Carne de vívora amarilla!!!!. -Me carga la chingada, qué asco!- dije exhaltada. Solicité la anuencia para salir sola en la tarde una vez que concluyeran las labores. Tuve que tomarme unos vodkas para pasar el sabor de boca y miniminzar las probabilidades de sufrir alguna enfermedad por haber consumido semejante asquerosidad.
El sábado, aprovechando la visita, fui a comer lo típico: una torta ahogada ligeramente picosa. No pude evitar pensar en el enorme regocijo que sentiría de ver a los pinches chinos tragando lo mismo, y que después les cayera "La maldición de Moctezuma".
Concluisiones del viaje:
1.- Soy bien naca.
2.- La comida china gourmet y sofisticada apesta en más de un sentido.
3.- Mis deseos de venganza son grandes.
4.- Aún siento asco de recordar.
