Cuando tenía 14 años, una de las burlas recurrentes que mi papá me hacía era anunciarme que pronto compraríamos un vestido ampón y rosa y que contrataría una limusina para festejar mi decimoquinto cumpleaños. Yo solía contestarle que mejor ni se le ocurriera semejante cosa, porque no era nada parecido a lo que yo quería; mi deseo era ir a Egipto, quizá a París (oh, sí, que cursi) o, tener un automóvil uno de esos que, según su publicidad hace un tiempo, todos teníamos uno en la mente.
Siempre disfruté las fiestas de quince años de mis amigas, se bailaba, la gente iba a ligar y siempre había espacio para la destructiva crítica del pésimo gusto de la anfitriona, la comida sabor cartón que se servía y, claro, los inusitados y ridículos valses y nada inocentes “bailes sorpresa” (me pregunto a la fecha por qué los llaman así, si todos sabemos que habrá uno) . Como solía ser un año menor a todos mis compañeros de salón, para cuando yo iba a cumplir mis quince años (ohhh, esa frase siempre me parece tan kitsch), la mayoría de mis conocidas cercanas ya habían hecho su fiestecita. A mí me daba gracia ver el furor con que escogían invitaciones y asistían puntualmente a poner las coreografías de sus bailes y el hecho de que cada suceso relacionado con la pachanguita pudiera llevarlas del cielo al abismo en cuestión de segundos. Eso no era para mí, se me hacía tanto desperdicio tan innecesario, yo había resuelto que ése justo día haría una reunión sencilla con mis amigos más queridos. Ya ven, uno siempre tan sofís.
A mi papá le dio un infarto cardiaco una o dos semanas antes de la mentada fecha. Todo ese tiempo estuvo hospitalizado y, desde luego, a ninguno le preocupó nada más en la vida que él. Como era lógico, ya no se hizo ningún plan para mi cumpleaños, por lo que les dije a mis prepos amigos que no habría reunión alguna y que veríamos si para después. Tampoco era que me molestara no hacerla. Lo cierto es seguramente se me escapó alguna lágrima cuando di el anuncio porque yo estaba muy triste, no por el eventito, sino por la salud de mi padre, que me traía violentas visiones de soledad e incertidumbre.
Mi primer gran regalo de cumpleaños de ese día (sábado), fue su vuelta a la casa. Lo primero que hicimos fue instalarlo con toda la comodidad posible para que descansara. Después, me fui a nadar como acostumbraba todos los fines de semana. A mi vuelta encontré a algunos familiares que habían ido a visitar a mi papá. A eso de la 1 de la tarde sonó una vez más el timbre. Corrí a abrir la puerta imaginando que serían algunos tíos.
Lo que pasó en la siguiente media hora es difícil de explicar, todo sucedió muy rápido: los de la puerta eran mis amigos, traían un pastel, hot dogs, refrescos y un vestido de quinceañera. No recuerdo si atiné en decir alguna palabra, pero sé que las niñas me metieron a mi cuarto, me enfundaron en el vestido, me pusieron algún collar que tenía guardado y me amarraron el cabello en el chongo más decente que por las circunstancias se pudo tener. Recuerdo que yo seguía sin entender absolutamente nada, pero me sacaron del cuarto y mientras nos dirigíamos a la sala, alguien me dijo que sólo siguiera la corriente, que “ellos” me iban a decir qué tenía que hacer.
Recuerdo que cuando llegué a la sala ya había sillas dispersas por todo alrededor. Mi padre también estaba sentado con el resto de la gente y sonreía de tal forma, que a la fecha ése recuerdo me causa una tremenda sonrisa a mí también. Mis amigos del género masculino estaban apilados en algún lugar de la sala, lugar que eligieron mis amigas para dejarme parada. Alguien dijo “ya ponla wey” y de repente de dejaron escuchar las primeras notas del algún vals. Yo me quedé inmóvil, así que alguno de los chicos me dijo que sólo bailara. Ellos ya se movían acompasadamente como si se tratase de coreografía, así que yo hice lo mismo. Me fueron pasando de una pareja a otra, mientras giraban y hacían círculos y líneas. Fue sorprendente saber que ellos habían estado ensayando para ese día.
En medio del vals se armó algún debate, pues uno de mis “chambelanes” (taaan kitsch) invitó a mi papá a bailar conmigo. Todos estábamos en realidad preocupados, el corazón de mi papá se encontraba débil y la sugerencia podría convertir la fiesta en un desastre. Mi papá se puso de pie y sólo atinó a callarnos a todos, para después dar algunos pasos hasta que estuvo enfrente mío y nos pusimos a bailar, yo en mi vestido largo y él en jeans y camisa de cuadros de franela.
Después de eso, mis amigos y yo nos pusimos a bailar. Mi papá sacó botellas de su cava y todos nos la estábamos pasando realmente bien. Mi familia estaba gratamente sorprendida, ni ellos ni yo jamás imaginamos que algo así sucedería , y no dejaban de repetirme lo afortunada que era por contar con amigos capaces de estar acompañándome en los hospitales y que al día siguiente prepararan una fiesta sorpresa así.
A la mejor amiga de mi mama se le ocurrió que, ya aprovechando que tenía puesto el vestido, podrían llevarme a tomar fotos. Las poses que hacen que uno tome me parecen tan exageradas y pretenciosas; sin embargo, la toma de la pose más antinatural fue la elegida, me pareció tan ridícula que me solté a reír como loca, y precisamente la sinceridad de esa risa fue la que la hizo sencillamente hermosa. Prohibí expresamente que esa foto fuera colgada en pared alguna de la casa. Hoy me lamento de haberla dejado ahí, seguramente verla de cuando en cuando me haría mucho bien.
Como se junto tanta gente de forma inesperada, los hot dogs fueron insuficientes, así que mandaron traer pizzas. Comimos, bebimos y bailamos toda la tarde. Mis amigos se fueron ya entrada la noche. Nunca terminaré de agradecerle a Lady Red, a Poniatos (quien puso el vestido, y a uno de mis chambelanes que era su novio, el Topo), a Pavel, el Ñero, Beto y a todos los que estuvieron ahí.
Ese fue el mejor cumpleaños de mi vida. A la fecha me conmueve sobremanera tan hermoso gesto. Todo terminó siendo kitsch y adorable. Sin embargo, puedo decir que el menú fue exquisito, que el vals fue de lo mejor, que ése vestido prestado me quedó como guante, que aunque no hubiese gran salón o mantelería de lujo, ni peinados elegantes, ni ropa de fiesta, ni grupito versátil que cantara Brasil-Brasil mientras repartían globos; ha sido, por mucho, la mejor fiesta de quince años en la que he estado jamás.
Al final, no hubo viaje ni coche. Pero después de semejante cosa, quién se acordaría de ello?
De cómo mi padre me heredó al Cruz Azul
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(publicado originalmente en junio de 2014)
Heredé la playera de mi padre, como ocurre con muchos que siguen la
tradición familiar. Lo importante acá...
Hace 3 meses
