jueves, septiembre 25, 2008

De chelas, moños, Scorpions y vientos de cambio (o volver al futuro).

No era mi máximo, pero me lancé al concierto de los Scorpions el sábado. Digo, ¿Quién se negaría a escuchar un poco de rock ochenta – noventero acompañado de chelas dobles en vasito de cartón y en un lugar que se puede fumar?. Llegué a la cita con puntualidad inglesa. Ya me esperaba mi querido Rufián. Llegando hicimos lo obligado: ir por alcohol.

Corría el año de 1992. Yo era una escuincla de 10 años e iba en sexto de primaria. Entonces usaba moños blancos más grandes que el tamaño de mi cabeza para adornar el peinado del día; la moda también era traer copete que parecía fabricado con tubo de papel de baño, un nada sutil crepé y media lata de spray (obvio, entre más alto y voluminoso el copete, mejor). Yo solía no tener el mejor copete, pues mi mamá no me dejaba aplicarme tan generosa capa de fijador argumentando que me quedaría pelona por el exceso del producto, así que generalmente el mío se ladeaba, y para medio día ya estaba casi en mis ojos. Usaba también zapatos de goma semi-ortopédicos y el uniforme en azul marino con rojo.

Para noviembre aproximadamente, la maestra de inglés (cuyo nombre no recuerdo) nos informó que para el magno Festival Navideño de la escuela, nos había correspondido la monada de cantar en inglés. La canción elegida fue “The wind of change” de Scorpions. Más o menos sabía algo de la bandita esa porque mi padre era rockero y tenía algún (os) disco (os)(bueno, cassettes) de ellos, pero de eso, a saber santo y seña de su trayectoria musical, había mucha distancia, por lo que la canción, en realidad, la desconocía. Recuerdo que lo primero que nos aprendimos fue el chiflidito de la rola (claro, los afortunados que saben chiflar, yo a la fecha, nomás no puedo), y que luego de escucharla diario por al menos unos 20 minutos, a fuerza de repetición tras repetición, terminamos aprendiéndola a la perfección.

El gran día del evento era tedioso, pero siempre preferible a estar en clases. Pasaban primero los más pequeños y luego los más grandes. Así, los de sexto tuvimos que aventarnos a presenciar las monadas del primero A, B y C, luego los de segundo año y así hasta que nos tocase a nosotros. Ya estábamos hartos cuando llegó nuestro turno. Nos colocaron en el centro del patio, todos formaditos por estaturas, adornados con la bufanda roja que nos habían solicitado para ese día. Comenzó la canción y todos la empezamos a entonar. Lo que fue gracioso (supongo) es que habíamos ensayado la canción sentados, por lo que en ese momento, parados y sin saber bien hacer, como si nos hubiéramos puesto todos de acuerdo, sólo atinamos a movernos de un lado para otro siguiendo el ritmo de la baladita. Después ocupamos nuestros lugares nuevamente y probablemente habremos hecho algún intercambio de regalos y adiós, felices vacaciones.

El día del concierto, mientras esperábamos el inicio del espectáculo y disfrutábamos nuestras cervezas, le comentaba a Rufián que la única canción que me sabía al dedillo era “The wind of change” porque alguna vez me la hicieron aprender. Él me respondió que era la que menos le gustaba, haciéndome una pequeña reseña del momento en el que esa canción fue estrenada. Me decía que ocurrió en el año de 1991, ese año había caído el Muro de Berlín, el fin de la Alemania Comunista y el de la Guerra Fría. Entonces Pink Floyd organizó el concierto “The wall” y Scorpions (que me acabo de enterar, son alemanes) sacó esta cancioncita, muy ad hoc a los acontecimientos políticos que se habían dado (pueden constatarlo viendo el video). Entendí entonces la razón por la cual había sido escogida en el año de 1992 para el festival decembrino: la hermandad y la esperanza en el futuro flotan en el aire.

Después de un rato, por fin salió la banda alemana a dar su show. Creo que fue un error que les dieran el foro sol, pues a lo más, habrán llenado la mitad. La mayoría de los asistentes ya no eran precisamente jovencitos, más bien, había muchos que fueron acompañados por sus hijos (muchos sabían las canciones muy probablemente por haber crecido con ellas a causa de sus progenitores). Aún así, se revivieron glorias pasadas y también creo que se hicieron paseos por muchos momentos que la audiencia vivió años antes con las canciones del grupo a modo de soundtrack.

Cuando llegó el momento de interpretar la canción que me sabía, obvio la empecé a corear. No pude sino regresar a aquél año de mi infancia. Estábamos hasta abajo del foro, por lo que permanecíamos de pie. Noté entonces que mucha gente empezaba a moverse de un lado a otro siguiendo la tonada de la balada, presentada de forma acústica y me volví a sentir como esa niña de primaria, sólo que ahora, en vez de estar adornada por la bufanda roja (ahora que lo pienso, traía un suéter rojo de cuello de tortuga), sostenía en una mano una cerveza y en la otra, un cigarro. Ya no estaba entre mis amiguitos de escuela, sino entre un grupo de desconocidos que hicieron lo mismo que nosotros en ése entonces, y también caí en cuenta que habían pasado ya 16 años de aquél día en que la canté junto a mi grupo (ya existen los celulares, pues!). Al Rufián le daba risa mi flashback. Seguía yo pensado en quién era entonces y quién ahora, en todo lo que ha pasado para que ése sábado estuviera haciendo lo mismo que hacía tantos años, pero ya en un entorno tan distinto, desfilaban los rostros de los que han pasado en mi vida y de los que están. Sentí nostalgia, pero también agradecí a la vida por el presente y, muy en el mood de la canción, estaba esperanzada en el futuro.

Una vez que el concierto terminó, el Rufián y esta profana persona fuimos a cenar unos tacos. La siguiente parada fue un bar donde estaba Srita. P., donde cantamos con José José acompañados de unos vodkas hasta altas horas de la madrugada, mientras nos reíamos de un borrachito que entonaba con harto sentimiento y con cara de dolor. Fuimos los últimos en salir. Encontré un cartel en la calle en el que ofrecían una cubeta de 6 chelas por 90 pesos, pero decidimos aprovechar la oferta otro día. Había vuelto al siglo XXI, y el futuro había empezado bien.

miércoles, septiembre 17, 2008

De Fantasmas sabatinos

Y no me refiero a entes incorpóreos metafísicos. Hablo más bien de que la mente a veces nos juega extrañas tretas que nos hacen recordar lo mucho que quisiéramos olvidar a alguien que ya considerábamos en el rincón más lejano de la memoria. Como sea, siguen siendo fantasmas.

Aquél sábado fui a comer con Srita. P y su mamá. El lugar era una casa que sirvió de refugio de artistas que huían de la guerra y que ahora parece, se ha convertido en un lugar cool para la expresión cultural con un ligero acento de caché. Todo sucedía normalmente, los platos circulaban, se escuchaba el barullo ligero de la gente que estaba presente y desde luego, de súbito, se colaba alguno que otro aroma que a modo caricaturesco adquiere forma de mano que te toca e irremediablemente te hace voltear a buscarle el origen. Y al parecer, ahí estaba. Le vi de espaldas y el corazón de repente se me quiso salir, se me bajó la presión y supongo, empecé a tartamudear.

Sabía que las posibilidades de que él estuviera ahí eran casi nulas. El estaba lejos desde hacía un rato. Nadie me había dicho que viniera. Sin embargo, como si no hubiese un océano de por medio, ahí estaba. Su ropa le delataba y el cabello era el mismo, si acaso un poco más largo, pero era igual. No sabía qué hacer, si permanecer en la mesa y continuar con el acostumbrado disimulo, o bien, pararme de un salto de la mesa e ir a abrazarle y decirle lo mucho que me ha hecho falta, quizá hasta reclamarle la indecencia de no avisar su visita. Mi padre decía que en aquéllos momentos en que uno no sabía qué hacer, lo mejor era no hacer nada. Así lo hice.

Seguí la plática con mis divinas acompañantes y de vez en cuando, volteaba de reojo para verle. Las caras de los que estaban en su mesa no se me hacían familiares, pero tampoco le di mucha importancia a eso. Lo que era una verdadera lástima, era que sólo podía verle la espalda, pero eso también era en cierto modo una bendición. Por la mente me pasaron mil imágenes de momentos que pasamos juntos y me sentí revivirlos con la misma intensidad que cuando fueron. En algún rato de esos, él volteó como si con la mente hubiese gritado su nombre. No era él, su cara me era ajena.

Traté de ocultar mi desmejoro por saber que él no estaba ahí. Un rato después, Srita. P puso cara de sorpresa, como si hubiese visto alguna aparición. Se quedó callada por un momento, como sopesando si valía la pena decirme de qué se trataba su sobresalto, y unos segundos más tarde no pudo contenerlo –Ya viste quién está ahí?, no puedo creerlo!- dijo. Supe inmediatamente a que se refería, así que sin voltear a rectificar sólo le dije que ya lo había visto, y que no era él. Se le quedó viendo un rato más y reconoció que tenía razón, pero que sin duda, el parecido –al menos por la espalda- era notable.

Seguimos comiendo todas. Cuando llegó el café tuve que reconocer en voz alta lo mucho que me hubiese gustado ser un poco más valiente y haberle dicho lo que sentía por él.

El siguiente plan para ese día era ir al cine. Ya habían comprado los boletos y llegamos un poco tarde por culpa de la charla de sobremesa, así que les dije que fueran a ocupar los asientos mientras yo compraría lo necesario en la dulcería. Cuando llegué a la sala tuve que hacer un rápido rastreo de rostros para encontarlas y sentarme con ellas. Noté a alguien que se encontraba muy cerca. Definitivamente sabía que no era él, pero con un solo gesto, una sonrisa, y nuevamente el recuerdo se hizo tan presente como hacía unas horas apenas. Tuve que hacer un esfuerzo por no tirar la charola y salir corriendo ante el fantasma que nuevamente me rondaba.

Llegué a repartir las provisiones. No quise decirle nada a Srta. P. Tenía miedo que al contarle, pusiese en blanco los ojos y me hiciera reconocer que lo mío ya se estaba volviendo obsesivo, más si ya había pasado tanto tiempo desde que se fue. Fue entonces que entre sorbos a los refrescos que teníamos en mano, sin esperarlo se volteó a preguntarme si ya había visto al otro muchacho, seguido de un –Se parece, verdad? Digo, no es idéntico, pero tiene algo que me hace pensar que es él-.Asentí y agradecí que no fuese yo la única que lo había visto dos veces esa misma tarde.

Ya por la noche, nos fuimos al bar de siempre. La sensación de haberle visto aún en otras personas 2 veces el mismo día no me abandonaba. Me reprochaba mi pendejada de no haberle dicho nada cuando debía, y finalmente me recomponía la mente al saber que había hecho lo correcto, que hice bien en guardar silencio porque nada hubiera cambiado en realidad, que aquello no prosperaría, porque ya todo estaba decidido cuando le conocí, porque yo tenía un novio y porque ninguno dejaría sus planes por el otro: ni yo podía acompañarle, ni él se quedaría por nadie.

A la fecha, me queda ese sabor de boca y me pregunto la razón por la cual los fantasmas se empecinan con desempolvar sus retratos en las bodegas del recuerdo. Definitivamente, la ciudad ése sábado por la tarde, estuvo llena de fantasmas.

miércoles, septiembre 03, 2008

Profana o la agonía perpetua

No mames, siempre me estoy muriendo de hambre o de sueño o de ganas de chupar...


*Extraído de conversación en msn con Rufián.

viernes, agosto 29, 2008

De Chente, canciones y botellas

Las rancheras no son propiamente mi género musical predilecto. Me gusta, no lo niego, pero de eso a que no escuche otra cosa, hay bastante distancia. Aún así, cuando el Rufián me invitó a ver a Chente, no tuve reparo en aceptar con inmediata emoción y sonrisa de oreja a oreja. La verdad es que él es harina de otro costal, de esos personajes que bien podrían resultar emblemáticos de México, de quien no puede haber alguien que no se sepa al menos una canción interpretada por él. La verdad, al Rufián se le antojaba simpática mi enorme alegría por poder ir a ver al cantante.

Ahí estábamos pues, yo emocionada de verlo y él un tanto escéptico. Chente empezó a cantar sacando ya a la segunda canción uno de ésos éxitos que hacen que el auditorio vitoree la selección desde los primeros acordes. Yo cantaba a grito pelado y Rufián se volteaba a verme con cara de curiosidad. Conforme las canciones iban pasando, más gente coreaba y se quitaba alguna pose que de principio pudo tener. Eso sí, tanto Rufián como yo de repente volteábamos a vernos esperando que el otro sacara, casi por arte de magia, alguna espirituosa que hubiésemos metido de contrabando. “Hace falta un buen trago”, nos repetíamos cuando el cantante le daba sorbitos a las bebidas que durante todo el concierto le dispusieron con generosidad, sabiendo que no lo habría. Cuando Vicente se puso a fumar un cigarro, de plano deseamos más que nunca que no estuviésemos ahí, sino en una buena cantina.

“Mientras ustedes no dejen de aplaudir, este charro no deja de cantar”. Frase característica del Chente. Comprobé que fue cierto. Como es lógico, al inicio los aplausos son animosos, y el cantaba más y más; el público seguía el reconocimiento al tiempo que el repertorio seguía agotándose. Ya todos estábamos un tanto cansados después de más de 3 horas de evento. Supongo que él lo estaba más, pero ahí seguía: Se aventaba finales de canción a pura voz sin ayuda de micrófono y las vibraciones retumbaban por todo el recinto. Es impresionante la voz de este hombre.

Mi acompañante se reía seguido de las críticas que entre canciones hacía a los otros presentes. Un señor de plano se quedó dormido. No comprendía cómo pudo hacerlo entre la gritería y el vocerrón. Otra señora ya entrada en años salió al menos 2 veces a un paso más lento que nada. Decía que iba como en rápido y furioso. Rufián se apenaba de mis comentarios pero terminaba riéndose. Ayer desciframos el secreto de la anciana: seguramente salía por tragos entre canciones para regresar bien entonada y poder seguir la bohemia. Descubrimos que nosotros fuimos aquéllos a los que les faltó estrategia (Ya sabemos para la próxima).

Lamenté que el evento fuera en el Auditorio Nacional, no por otra cosa que el hecho de que uno no pueda consumir bebidas alcohólicas durante el evento. Faltaba de menos, sin duda, el típico vaso conciertero de papel donde cabe la caguama. Y es que, supongo que no sólo para mí, el Chente es uno de los más efectivos y constantes compañeros de cantina, de borrachera y desde luego, de desamor. A mi estrecho criterio, pocas son personas que no han cantado a grito desgarrado Por tu maldito amor o De qué manera te olvido casi enjugando la lágrima y dándole un contundente trago a la bebida alcohólica de preferencia después de una generosa bocanada de humo de cigarrillo; para luego llevarse la cara a la mano en señal de arrepentimiento por haber cometido un error de esos graves, o bien, por haber permitido que nos hicieran al antojo del que entonces llamamos cariñosamente “amor”, o quizá reprochándonos la ceguera que permitió que todo llegara a ese punto. Al menos en varios círculos Chente, en la bohemia, es de esos que se quedan casi hasta el final, por lo general, el preludio a José José (no le quitemos la corona al príncipe pues), quien ya marca el mero final (que puede durar horas,) de la borrachera.

Fue un muy buen concierto, uno de ésos a los que siempre quise ir y por alguna razón, no había podido. Me gustó ir con alguien que no es precisamente su fan, pero que se unió con gusto al sentimiento o a los recuerdos que me unen con Chente (para siempre). Lo mejor, será ir la próxima ocasión a un palenque, primero porque nunca he ido a alguno y muero de ganas de hacerlo; segundo, porque ahí puede llegar uno ya bien entonado y seguir la bebedera. Chente así sabe más.

Mil gracias, Solecito!

lunes, agosto 25, 2008

No ha habido grandes heridos

Martes, 7:30 P.M. en la oficina. Meditaba seguramente sobre lo harto estresada que me encuentro mi trabajo actualmente, pensaba en el coraje que hice en la mañana que me dejó hasta temblando; quizá repasaba en la mente que hace rato me dolía la cabeza y que alguien me trajo unas aspirinas, o puede que sólo me encontrara esperando la hora en que me dijeran que podía salir a la libertad. Sentí revuelto el estómago, no en aspecto metafórico, tenía verdaderamente ganas de vomitar. Me dirigí en dos saltos al baño. Regresé con los ojos llorosos a mi lugar. Respiré profundamente mil veces. En breves instantes estaba otra vez en el baño. Decidí retirarme sin preguntar.

Estaba dispuesta a ir a casa, pero el espasmo se hizo presente nuevamente. No iba a poder subirme un taxi y llegar al hogar sin provocar un desperfecto, así que pensé en ir a casa de Srita. P, que está muy cerca de mi oficina. El fuerte dolor hizo que se me salieran las lágrimas. La primera escala fue al baño nuevamente, después a su cama. Así fue intermitentemente por unas 3 horas más. Diagnóstico telefónico de 2 doctores: stress. Me quedé dormida y prolongué el letargo por el día siguiente, no fui a trabajar.

El jueves regresé a mis actividades cotidianas. Para ser francos, esperaba algún tipo de pregunta sobre mi estado de salud. En su lugar, sólo hubo silencio. Esperé pacientemente a que fuera hora de reunirme con mis amigos de Cantina de jueves.

Cené un caldo de pollo (por aquello del estómago). Me relajé mucho. Es increíble cómo personas a quienes no se tiene mucho tiempo de conocer, pueden hacer de una reunión común una verdadera delicia, dando como resultado que parte de la semana (claro, y del presupuesto) se planee en función a ésa reunión semanal. Recuerdo que Meche cenaba fabada, que Rafa tomaba agua y que Petronila, Rufián y yo criticábamos junto con Lilián a Hannia Novell y a otros presentes en la cantina. Después llegó un grupito fresa equipado con instrumentos musicales, dándole una cantina típicamente española, un aderezo fusión con sazón cubano.

Rafa amablemente se ofreció a llevarme a casa. Me subí del lado del copiloto. No podía abrochar el cinturón de seguridad, por lo que tuve que pedirle a Rafa que me ayudara. Llegando cierta calle, le pedí tomara la izquierda del camellón porque del otro lado había un alcoholímetro. Rafa me preguntó la razón por la que había que esquivarlo, si después de todo, él sólo había tomado agua durante la noche. Dije que me daba hueva que nos pararan. Después vi algo blanco de reojo, no distinguí qué fue.

Algo nos empujó, cerré los ojos y sólo sentí un gran mareo. Supongo que perdí consciencia por un momento. Cuando me reincorporé me dolía la cabeza y me daba vueltas. El vidrio estaba roto y una parte de la puerta, recargada en mi pierna. Una puberta beoda se pasó un alto y nos chocó. El golpe fue directo en el lugar en donde yo estaba. Nos preguntamos si estábamos bien, parecía que así era. Ya después llegó la policía, el seguro y las ambulancias. La otra conductora se dio a la fuga, aparentemente, entre el nervio y su borrachera había chocado adelante, pero se había arreglado con otros polis; intentaron encontrarla pero ya se había ido A mi me dolía horrible la cabeza y el codo, pero seguía caminando un lado a otro: quería saber qué había pasado con la infractora y asegurarme de que todos estábamos más o menos bien. Llegó el l&tae a ayudarnos, después apareció un taxista diciendo que había recogido las placas a petición de la joven que nos impactó. Al menos, ya teníamos una pista. Entramos al hospital a eso de las 5; batas con apertura por la espalda, exámenes, placas y medicinas después, habremos salido pasadas las 6.

No me pasó eso de ver tu vida en un segundo. Supongo que como no vi venir toda la situación, tampoco entendí bien de qué se trataba. Algunas consideraciones finales:

1.- Conocí más a mis amigos. Esto de verlos en bata de hospital y ver sus radiografías es algo que no pasa (afortunadamente) todos los días.

2.- Mi ángel de la guarda trabaja como esclavo y es bien rifado. Sólo tengo un moretón en la pierna, otro en el codo y un chichón en la cabeza. Ninguna fractura o fisura, mi memoria y reflejos están bien. Vamos, ni un solo rasguño o vidrio enterrado. La coordinación quedó tal y como estaba antes (la cosa es saber si entonces era buena o mala), pero no empeoró.

Bueno, ahora que lo pienso, horas después del suceso, estaba bastante contenta por estar vivos y bien… una ligera afectación de personalidad, pues pensaba que estaría quejándome del suceso por largo tiempo, y sólo estaba agradecida porque las cosas pudieron ser mil veces peores y no lo fueron. Será que Profana ahora se ha vuelto optimista y todo amor? Definitivamente no.

3.- Sigo sin entender por qué Lilián daba por respuesta “Argentina” a toda pregunta que se le hacía.

4.- En obvio de que supongo que terminé de romper el cristal de la ventana con mi cabeza, y – gracias a Dios y a la vida- sólo me salió un chichón y no un coágulo o traumatismo serio, he descubierto que soy una cabeza dura en más de un sentido. He corrido con mucha suerte, pensé y la doctora me lo confirmó.

5.- Mala hierba nunca muere.


La semana pasada no fue mi semana... o si?

Pd. Para otros datos o puntos de vista, consulte ésta crónica, ésta reseña, o la versión de Rafa.

lunes, agosto 18, 2008

Del chupe y la Lupe

Hace unos días fui al concierto de Lupita D’alessio. Conocedora como lo soy del ambiente de cantina y de las andanzas del desencanto amoroso, no tuve que pensar mucho para decidir que sí iría. Desde luego, el Auditorio estaba lleno de viejas y no tan viejas, todas unidas por un loable sentimiento: el rencor a alguno (o varios) que, en su momento, nos dejaron hechas añicos, reducidas a casi nada. Así, los ánimos iban en aumento, entre “Qué ganas de no verte nunca más” y “Lo siento mi amor”, las reacciones cobraban mayor intensidad; la leona dormida había despertado a las gatitas. Aquello era una cosa digna de gusto y yo, entre emocionada y divertida, cantaba también las cancioncillas.

Todo iba como se esperaba, hasta que en alguna de esas pausas que el intérprete toma para hacer algún comentario, pasó lo que nunca espere ver en un concierto de la D’alessio: en las pantallas empezaron a poner citas bíblicas y ella comenzó casi a predicar la palabra de Dios!!!

Me pregunté si por error no había caído a una de estas iglesias de “Pare de Sufrir” (por favor, léalo con acento brasileiro). Supe que mi sospecha era incorrecta gracias a que varias personas del público, ávidas de insultantes letras y no de sermones dominicales, empezaron a reclamar por el discursillo.Ellos querían oírla cantar. Lupe no tuvo más que retomar su actuación, pero antes de seguir con sus éxitos, primero cantó una canción dedicada a Dios.

Ello me llevó a pensar que Lupe era mil veces mejor cuando andaba en esto de la coca: Salía eufórica al ruedo, a matar. También me pregunté por qué el hecho de que ella se hubiese convertido de religión le hacía pensar que todos necesitábamos unirnos a su nuevo culto. Recuerdo que el Tío Bank cuando se cambió a la misma práctica religiosa obraba de manera parecida: Se pasaba los días hablando de las maravillas del Señor, traía la biblia para todos lados, misma que leía con harta frecuencia durante el día y aprendió a responder a casi cualquier cosa, relevante o no, con citas del mismo libro. Él también llegó a ese camino después de varios años de borrachales. Se me salió también una sonrisa a la lejana memoria de la cantante en el "Continental", donde llegaba ya suficientes alcoholes encima y aprovechaba el after hours para ponerse hasta la madre en más de un sentido. Lo cierto, es que tanto ella como mi tío, dejaron el alcohol y otros excesos.

Después del concierto me encontré con mis amigos para un convite etílico. El baile no se hizo esperar después de unas horas más de consumir espirituosas. La reunión acabó ya en la madrugada.

Días más tarde, meditando sobre aquél sábado, una de las pláticas que sostenía me llevó a recordar el famoso pasaje bíblico de las Bodas de Caná. Como ya todos sabrán, en resumidas cuentas, Jesús y su madre asistieron a una boda. Un rato después de que la fiesta había empezado, como era de esperarse, el alcohol escaseó. Alguien, ante tal situación, le comentó (supongo yo, un tanto alarmado) a María que el chupe ya se había acabado. Ella, entonces, intercede por los anfitriones e invitados ante Jesús, suplicando que haga algo al respecto. Jesús accede a la petición y hace el milagro de transformar 6 garrafas de agua en vino.

Lo anterior, me lleva a concluir que aquéllos que han dicho que han encontrado al Señor y que por ello se han vuelto abstemios, en realidad, no conocen la biblia y que ésta no se transmite por ósmosis (por aquello de que cargan a todos lados con ella). En efecto, tal como se puede deducir de tan ilustrativo pasaje, Jesús desde luego que iba a lugares donde se servía alcohol. Aún más, resulta evidente que la comitiva invitada ya tenía un buen rato tomando, pues si no hubiese sido así, el alcohol nunca se hubiera acabado. Después encontramos algo harto interesante: La denuncia de la falta de vinito para seguir el reventón. Éste, según yo, es el primer antecedente que existe de la famosa vaquita, o cooperacha para el cartón (no mames, los del discovery deberían hacer un estudio al respecto); porque según puede imaginarse, dicha situación no le fue contada a María para que ayudase a correr a la gente que seguía en la boda, sino precisamente, para encontrar la mejor manera de seguir la fiesta como Dios manda, léase, con más alcohol.

Prosigamos, pues, con el estudio; hasta ahí, todo podría indicar que Jesús se encontraba en una boda tal y como las que a la fecha, se siguen celebrando. Volviendo al tema, María entonces va con su hijo y le dice que el vino se ha terminado. Jesús se pone un tanto quisquilloso, pero lejos de decir "No, madre, que ya no tomen, ya todos están muy pasados de copas" ó "Diles que mejor se la sigan con refresco y agua, beber de más no es bueno", termina diciendole a los sirvientes de la digna casa que ofrecía el banquete que junten tinajas de agua, según esto, se pusieron 6 de aproximadamente cien litros cada una; y según, cuando las probaron, el agua ya no era otra cosa que vino. Nuevamente me (y les) pregunto: Acaso no se había dado cuenta Jesús de que la banda ya estaba ebria? Creo que la respuesta tendría que ser afirmativa. Entonces, si Jesús hubiese considerado que el exceso de alcohol es malo, ¿Habría entonces hecho el milagro de sacar para la banda (que ya andaba borrachina) otros 600 litros de vino? Desde luego que la respuesta sería no.

Por tal motivo, creo que es un error satanizar al alcohol per se, y en las cantidades que sean. El propio Hijo del Señor fue cómplice comprensivo de aquélla bolita de beodos que se encontraba en la boda, y el terminó poniendo más vino para la peda. Por tanto, no hay justificación para decir que ponerse borracho está mal. Quien lo dude, puede leer la biblia y darse cuenta de ello.

Quizá sería buena idea que Lupe pusiera citas bíblicas del estilo "Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya todos están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora" en sus conciertos. Pocos se quejarían, si no es que nadie.

Salud, pues!

lunes, agosto 11, 2008

Hasta pronto sí se escribe con hache.

Siempre, hasta el día de hoy, me he negado a pedir la visa gringa. No me parece gracioso tener que pagar (el minuto por llamada telefónica) para hacer una cita, ni irme a un banco a pagar el derecho a una cita para ver a un funcionario público al que le de uno casi acceso sin restricciones a su vida, para después pasar con un cónsul, que dependiendo de su estado de humor ó si su café matutino estaba bueno o no, decide a su más arbitraria facultad darte el pase de bienvenida al gabacho ó mandarte a sentarte a la banca por un tiempo más.

Mi aberración ante tal cosa no ha cambiado ni disminuido en lo más mínimo. Sin embargo, ahora tendré que someterme a todo ese teatro.

Hay gente a la que uno conoce ya por tiempo considerable, sin que ello tenga mayor repercusión en la vida. Por otro lado, existe aquélla cuya presencia (y por ende, su ausencia) adquiere un significado especial, a pesar del poco tiempo que pueda tener en nuestras actividades o en nuestro día a día.

Por otro lado, aunado al hecho de que el autor dejará vacía por un tiempo su silla en la cantina de costumbre, también ha decidido también dejarnos sin los desvaríos de Lear. Concuerdo con él en que su blog es uno de mis preferidos. Como ya lo había mencionado en algún otro post, todos los miércoles le buscaba desde temprana hora para conocer la nueva ocurrencia. Sus razones las ha expuesto y, a pesar de varias súplicas para que no desaparezca de la blogósfera, parece que nada le hará cambiar de decisión.

Por los amigos uno puede hacer muchas cosas que normalmente no haría. Ahora tendré que ir a poner cara de circunstancia a la embajada. La visita a la que ahora será su residencia será obligada y, desde luego, también será un gusto. Paradójicamente también, justo cuando ha decidido dejar de hacer sus escritos públicos, se verá obligado a escribir más, en obvio de que el mail ahora será la forma más fácil de saber de su vida (no te hagas el desentendido, eh!). Las chelas y demás espirituosas, se irán acumulando para cuando tenga la gentileza y oportunidad de visitarnos. Espero también no olvide una de sus promesas, de otra manera, me dejaría sin el artículo que usaría en lo sucesivo para asistir a cualquier entrevista de trabajo. También tendrá que llevarme al bar que él y Solecito me prometieron presentarme. Más le vale no perderse, hay varios pendientes en la agenda y, al igual que él, también pienso que eso es bueno.

Soy terrible para las despedidas, no me gustan. Como él bien dice: Hay cosas que uno no debe tolerar, entre ellas, el olvido. Así que no daré motivos para que semejante cosa ocurra. Lo bueno, es que (aunque parezca lo contario,) esta no es una despedida, ni una invitación con visa al recuerdo únicamente. También hay gente que espero permanezca en mi vida.


Con todo cariño,

Al autor, éxito y Hasta pronto.

A Lear, El Rey no ha muerto, Viva el Rey!