lunes, marzo 23, 2009

27 años!

En ocasiones me enojo porque los recuerdos me brincan a la cara sin el menor aviso previo. No es que me molesten de repente lleguen, debo aclarar, pero sí que lo hagan cuando uno simplemente no quiere acudir a ellos. En esto radica la practicidad de las Cajitas en donde guardamos fotos, cartas, flores secas, boletos de conciertos o cine, envolturas y hasta botellas (sí, yo tengo botellas); simplemente, cuando uno quiere acordarse, abre la cajita que puede volverse de Pandora o cofre de Tesoros, según el caso, y una vez que la travesía en el tiempo haya llegado a su fin, las emociones que contienen esos objetos se guardan bajo llave hasta que la necesidad nos lleve a recurrir a ellos de nueva cuenta.

Cuando estaba por cumplir 18 años mi papá estaba en el hospital gravemente enfermo. La última vez que lo ví me tocó presenciar una escena horrible que me dejó el músculo inmóvil, la boca abierta y silente; y el pecho desinflado y sin aliento. Mi familia y algunos doctores fueron de la opinión de que no regresara en algunos días al hospital. Cuando mi papá salió del coma no me dejó visitarlo en el hospital, su estado de salud era aún delicado y su condición física estaba bastante degradada. Él se negaba a la idea de que yo lo viera así; después de todo, el fue mi héroe, y a los héroes no debe vérseles cansados y débiles.

El día de mi cumpleaños caía entre semana, así que me desperté temprano, me metí a bañar y fui a buscar algo a la cocina para desayunar. De camino noté que en el comedor había una tarjeta. Era lila, traía un conejo con un pastel y en el interior sólo decía “Feliz Cumpleaños”, mi papá escribió en ella Con cariño, de tu padre y la firmó, fechada el 22 de marzo de 2000. A la fecha no puedo decir qué sentí en ese momento, no sé si fue alegría por saberle presente, o si fue tristeza por saberle ausente también; sólo sé que lloré. Mi papá tampoco me dejó visitarle ese día y no lo volví a ver. Falleció una semana después. Esa tarjeta la guardo como uno de mis más preciados objetos.

Los festejos propios de mi cumpleaños de este año se hicieron este sábado. Hizo falta una mesa para algo así como 20 personas para resumir de la manera más sucinta 27 años, así como algo de crédito de los que me hablaron del interior de la República y hasta del Extranjero justo cuando dieron las 12 de la noche en los respectivos lugares. Alcohol y comida, risas, fotos y más alcohol. Ahí había imágenes de mi vida, de lágrimas, de carcajadas, de pláticas filosóficas, de hablar sin aterrizar y de decir sin pronunciar un solo sonido, de idas y regresos.

Para todos aquellos que seguro se preguntaban cuál sería el regalo de mi tía Lancha, debo presumir que este año me hice acreedora de una despensa (tipo arcón navideño) que según dicen mis fuentes de información más fidedignas, incluye hartos rollos de papel de baño. Sí, sé que me envidian, deal with it!

Ayer fue mi cumpleaños 27. Después del convite en la cantina, llegué a mi casa a sacar de la cajita de los recuerdos la tarjeta que me dio mi padre en mi cumpleaños 18. La puse sobre la mesa y me fui a dormir. Fue lo primero que ví en la mañana. Como aquélla vez, me senté y la leí. Me sentí alegre porque sé que mi padre también se fue a vivir conmigo.

Siempre tuve ganas de ir a Rusia, por lo que mi cumpleaños parecía pretexto ideal para hacerlo. Así fue. Caminé entre los cuadros del Museo Estatal del Ermitage, admiré huevos Fabergé, ví las hazañas de Pedro el Grande por lo que hizo a la marina en San Petersburgo, me paseé por el Clóset de Alejandra Feodorovna Romanov en Tsarkoye Selo y también hubo un poco del célebre ballet ruso. No había llegado antes a las Aguas del Neva por falta de tiempo y dinero, pero si la montaña no va a Mahoma, entonces Profana va al Museo de Antropología e Historia a ver la Exposición “Zares. Maravillas de la Rusia Imperial”. De regreso al país, decidimos ir a comer-cenar pasta con vino a un restaurante Italiano. Todo fue tan internacional!

No logré recordar bien qué hice el día que cumplí los 18, pero lo más probable es que haya estado con muy poca gente. Tuve gran satisfacción de saber que hubo mucha gente para mí este cumpleaños, y no es el número de asistentes lo maravilloso de la situación, sino la cantidad y la calidad de cosas que he vivido con ellos, y poder darme cuenta que conforme pasa el tiempo es posible mantener a los grandes amigos de mucho tiempo, pero también que conozco a más gente que me quiere y a la que adoro. Sé que mi papá también estaría feliz por ello y que me pediría en un día como ayer, les hiciera extensivos sus mayores agradecimientos por estar ahí para mí. Gracias.

A veces, las cajas de recuerdos son insuficientes; pero en lo que consigo una más grande, ya metí el boleto de la expo como si fuera una joyita robada de la Rusia Imperial.

jueves, marzo 12, 2009

Mi mejor fiesta de cumpleaños (o en términos kitsch, los XV años de Profana)

Cuando tenía 14 años, una de las burlas recurrentes que mi papá me hacía era anunciarme que pronto compraríamos un vestido ampón y rosa y que contrataría una limusina para festejar mi decimoquinto cumpleaños. Yo solía contestarle que mejor ni se le ocurriera semejante cosa, porque no era nada parecido a lo que yo quería; mi deseo era ir a Egipto, quizá a París (oh, sí, que cursi) o, tener un automóvil uno de esos que, según su publicidad hace un tiempo, todos teníamos uno en la mente.

Siempre disfruté las fiestas de quince años de mis amigas, se bailaba, la gente iba a ligar y siempre había espacio para la destructiva crítica del pésimo gusto de la anfitriona, la comida sabor cartón que se servía y, claro, los inusitados y ridículos valses y nada inocentes “bailes sorpresa” (me pregunto a la fecha por qué los llaman así, si todos sabemos que habrá uno) . Como solía ser un año menor a todos mis compañeros de salón, para cuando yo iba a cumplir mis quince años (ohhh, esa frase siempre me parece tan kitsch), la mayoría de mis conocidas cercanas ya habían hecho su fiestecita. A mí me daba gracia ver el furor con que escogían invitaciones y asistían puntualmente a poner las coreografías de sus bailes y el hecho de que cada suceso relacionado con la pachanguita pudiera llevarlas del cielo al abismo en cuestión de segundos. Eso no era para mí, se me hacía tanto desperdicio tan innecesario, yo había resuelto que ése justo día haría una reunión sencilla con mis amigos más queridos. Ya ven, uno siempre tan sofís.

A mi papá le dio un infarto cardiaco una o dos semanas antes de la mentada fecha. Todo ese tiempo estuvo hospitalizado y, desde luego, a ninguno le preocupó nada más en la vida que él. Como era lógico, ya no se hizo ningún plan para mi cumpleaños, por lo que les dije a mis prepos amigos que no habría reunión alguna y que veríamos si para después. Tampoco era que me molestara no hacerla. Lo cierto es seguramente se me escapó alguna lágrima cuando di el anuncio porque yo estaba muy triste, no por el eventito, sino por la salud de mi padre, que me traía violentas visiones de soledad e incertidumbre.

Mi primer gran regalo de cumpleaños de ese día (sábado), fue su vuelta a la casa. Lo primero que hicimos fue instalarlo con toda la comodidad posible para que descansara. Después, me fui a nadar como acostumbraba todos los fines de semana. A mi vuelta encontré a algunos familiares que habían ido a visitar a mi papá. A eso de la 1 de la tarde sonó una vez más el timbre. Corrí a abrir la puerta imaginando que serían algunos tíos.

Lo que pasó en la siguiente media hora es difícil de explicar, todo sucedió muy rápido: los de la puerta eran mis amigos, traían un pastel, hot dogs, refrescos y un vestido de quinceañera. No recuerdo si atiné en decir alguna palabra, pero sé que las niñas me metieron a mi cuarto, me enfundaron en el vestido, me pusieron algún collar que tenía guardado y me amarraron el cabello en el chongo más decente que por las circunstancias se pudo tener. Recuerdo que yo seguía sin entender absolutamente nada, pero me sacaron del cuarto y mientras nos dirigíamos a la sala, alguien me dijo que sólo siguiera la corriente, que “ellos” me iban a decir qué tenía que hacer.

Recuerdo que cuando llegué a la sala ya había sillas dispersas por todo alrededor. Mi padre también estaba sentado con el resto de la gente y sonreía de tal forma, que a la fecha ése recuerdo me causa una tremenda sonrisa a mí también. Mis amigos del género masculino estaban apilados en algún lugar de la sala, lugar que eligieron mis amigas para dejarme parada. Alguien dijo “ya ponla wey” y de repente de dejaron escuchar las primeras notas del algún vals. Yo me quedé inmóvil, así que alguno de los chicos me dijo que sólo bailara. Ellos ya se movían acompasadamente como si se tratase de coreografía, así que yo hice lo mismo. Me fueron pasando de una pareja a otra, mientras giraban y hacían círculos y líneas. Fue sorprendente saber que ellos habían estado ensayando para ese día.

En medio del vals se armó algún debate, pues uno de mis “chambelanes” (taaan kitsch) invitó a mi papá a bailar conmigo. Todos estábamos en realidad preocupados, el corazón de mi papá se encontraba débil y la sugerencia podría convertir la fiesta en un desastre. Mi papá se puso de pie y sólo atinó a callarnos a todos, para después dar algunos pasos hasta que estuvo enfrente mío y nos pusimos a bailar, yo en mi vestido largo y él en jeans y camisa de cuadros de franela.

Después de eso, mis amigos y yo nos pusimos a bailar. Mi papá sacó botellas de su cava y todos nos la estábamos pasando realmente bien. Mi familia estaba gratamente sorprendida, ni ellos ni yo jamás imaginamos que algo así sucedería , y no dejaban de repetirme lo afortunada que era por contar con amigos capaces de estar acompañándome en los hospitales y que al día siguiente prepararan una fiesta sorpresa así.

A la mejor amiga de mi mama se le ocurrió que, ya aprovechando que tenía puesto el vestido, podrían llevarme a tomar fotos. Las poses que hacen que uno tome me parecen tan exageradas y pretenciosas; sin embargo, la toma de la pose más antinatural fue la elegida, me pareció tan ridícula que me solté a reír como loca, y precisamente la sinceridad de esa risa fue la que la hizo sencillamente hermosa. Prohibí expresamente que esa foto fuera colgada en pared alguna de la casa. Hoy me lamento de haberla dejado ahí, seguramente verla de cuando en cuando me haría mucho bien.

Como se junto tanta gente de forma inesperada, los hot dogs fueron insuficientes, así que mandaron traer pizzas. Comimos, bebimos y bailamos toda la tarde. Mis amigos se fueron ya entrada la noche. Nunca terminaré de agradecerle a Lady Red, a Poniatos (quien puso el vestido, y a uno de mis chambelanes que era su novio, el Topo), a Pavel, el Ñero, Beto y a todos los que estuvieron ahí.

Ese fue el mejor cumpleaños de mi vida. A la fecha me conmueve sobremanera tan hermoso gesto. Todo terminó siendo kitsch y adorable. Sin embargo, puedo decir que el menú fue exquisito, que el vals fue de lo mejor, que ése vestido prestado me quedó como guante, que aunque no hubiese gran salón o mantelería de lujo, ni peinados elegantes, ni ropa de fiesta, ni grupito versátil que cantara Brasil-Brasil mientras repartían globos; ha sido, por mucho, la mejor fiesta de quince años en la que he estado jamás.

Al final, no hubo viaje ni coche. Pero después de semejante cosa, quién se acordaría de ello?

lunes, marzo 02, 2009

De frases que están al puro chile!

A veces la rutina pesa, cansa, se vuelve un lastre. Estar a sabiendas de lo que hay que hacer, de la ruta que vamos a seguir, de las caras que veremos y hasta de la ropa que usamos da, desde luego, cierto marco de seguridad, pero el hecho de que las cosas se vuelvan predecibles quita ese algo que le de chispa a la vida.

El lenguaje no es diferente. El mundo globalizado implica el uso cotidiano de palabras en otro idioma. No es que haya un problema con ello, hay que estar pendientes de las tendencias. Sin embargo, el rescate y preservación de nuestro idioma, de nuestras merísimas raíces también resulta importante.

Por ello, Profana, siempre preocupada por la conservación de las costumbres y por la renovación de algunas frases conocidas, se ha lanzado en una investigación que les permita expresarse de forma distinta, pero no menos acertada. Así, aquí les dejo unas de los resultados más ilustrativos de esta ardua labor.

- Por qué no cambiar el vulgar "macitaaa" o "pacitooo" a algún objeto de nuestro deseo por Con usted de aguacate, me como cualquier guacamole...

- Y si acaso a usted, fino lector, le ha desagradado semejante expresión, en vez de responder con el ofensivo término "ay, naco" o alguno semejante, tendrá a bien dar como contestación Este aguacate no te lo embarras en tu bolillo!

Se da cuenta usted? Las ganas de emitir un piropo y su sentido no cambia, sin embargo, puede hacerse de forma educada, y más aún, conservando nuestro folklore típico mexicano.

Ahora bien, otra que puede usarse (o revivirse) y que seguramente dejará callado a mas de uno, es el que a continuación se enlista: Como dueño de mi atole, lo menearé con mi palo. No, malpensados amigos, esta frase no es precisamente de índole sexual (aunque bien podría aplicarse), la idea encapsulada en este dicho es la falta de necesidad de un consejo, pues uno hace de la vida propia lo que quiere. A poco no es una joya?

Supongamos ahora que usted está enamorado, de ese amor que le cala a uno hasta el hueso. Acudir a las gastadas frases que ya todos conocemos puede hacernos sentir incluso apenados, en obvio de que no estamos expresando en toda su magnitud nuestro poderoso sentimiento. Pero qué tal que se cambia la frase a un Contigo, la milpa es rancho y el atole champurrado? Imagine la cara del bienamado ante una afirmación tan especial y contundente. No hay margen de error, se lo aseguro, todos caen redonditos, seguramente el mismo Cyrano de Bergerac o Romeo Montesco la hubieran aplicado, de no ser por el hecho que desconocían el náhuatl.

- Si comes camote caliente, aléjate de la gente. Esta expresión tiene dos usos de práctica aplicación cotidiana. El primero de ellos implica una recriminación a la persona que perturba la paz de una reunión; el segundo implica la expulsión intencional o no de un flato. En cualquier caso, conmina elegantemente a la discreción. Bello!

-Estar al puro chile! Estar a la perfección o a la medida de las necesidades.

Ahora, amigos, cuántas veces hemos visto a una persona que no puede expresar abiertamente su cólera y sólo se mueve en el asiento? En este caso, podremos hablar de una persona que está haciendo chile con el culo. Dejemos expresiones vulgares como "encabronadísimo" o "se lo carga la chingada" para gente menos instruida o poco interesada por la conservación de nuestras lenguas indígenas. Al fin y al cabo, el énfasis de dicha frase no resulta más sutil y hasta deriva en mayor teatralidad.

Andar como cócono.- Estar borracho (aludiendo al conocido moco de guajolote).

Ahora bien, una forma sutil de negarse a participar en actividades presumiblemente deshonestas o problemáticas podría ser yo no como huausoncles por no ensuciarme los dedos. Claro y directo, pero ante todo, educado.

¿Batea de izquierda? Una frase tan gastada, qué poco original. Mejor, para referirnos a alguien de distinta preferencia sexual podemos usar le gusta que le llenen la jícara. Nótese el impecable uso de un elemento tan característico y mexicano. Lo dejo a su consideración, o como diría el puto: ay tu!

Ponerse a dos reatas y un mecate.- Comer y beber en exceso en una fiesta. Qué gran detalle sería sacar esta frase en el chismerío del día siguiente del convite!

Los gatos son animales muy hermosos y elegantes. Nunca he entendido la razón por la que se le llama gato a una persona de poca educación o gracia. Por tal motivo, abandonemos esta alusión y digamos en su lugar Prófugo del metate. Aplica también para gente que ha elevado su posición social sin que haya eliminado sus carencias culturales, al igual que Aunque ahora duermas en cama, sigues oliendo a petate, para denotar el origen rústico de alguien.

El que tenga miedo a las espinas, que no entre a la nopalera. Advertencia de riesgo y necesidad de valentía frente al mismo.

Coger es una palabra que ha perdido su sentido y de repente se antoja soez. Recuperemos la pasión del lenguaje al referirse a la cópula, diciendo en su lugar desgastar el petate. También constituye una buena proposición, sin duda.

Ilustremos:

Vamos a coger / vamos a desgastar el petate.
... y estábamos cogiendo cuando... /... y estábamos desgastando el petate cuando...

con cuál se quedan ustedes?

A todos nos han roto el corazón. Las frases que generalmente se usan para reprochar la falta de amor ya también suenan tan prefabricadas que han perdido eficacia ¿por qué me haces esto si yo te amo? vamos, ya todos casi conocemos los guiones. Saquen de terrenos conocidos a los ingratos, pregunten ¿Por qué con tamal me pagas, teniendo bizcochería?. Seguro el impacto de la pregunta les hará tener la absoluta verdad como respuesta.

Claro, claro, el que formula semejante pregunta se arriesga a tener contestación que lo lleve al más profundo abismo de tristeza y rabia (pero bueno, el que le tenga miedo a las espinas, que no entre a la nopalera). Por tal motivo, para no quedarse nomás callado, podemos dar una patada de ahogado- como coloquialmente se dice- y podemos hacer todavía patente nuestro desprecio (Advertencia: tomen en cuenta que son frases del náhuatl, así que esta puede ser un tanto machista), haciendo la siguiente cita: He frito mi longaniza en mejores tepalcates. Touché.

Aunque claro, el último recurso, la frase ardida, también tiene su símil: Presume de Pavorreal y no llega ni a zopilote. No necesitamos abundar, cierto?

Verdaderamente espero que podamos utilizar más seguido estas sencillas e ilustrativas frases. Después de todo, podemos crear moda y conservar nuestra rica tradición oral.

Antes de que el tecolote le cante a este post, si a alguno de ustedes ha surgido la curiosidad por aprender más frases, pueden consultar el Diccionario del Náhualt en el Español de México. UNAM, 2007.

Ponganse piocha, o lo que es lo mismo, listos!

jueves, febrero 19, 2009

De la Condesa: personajes inhóspitos y volantes.

En términos generales, considero que la Condesa es un buen lugar. Salvo por sus problemas de estacionamiento y sus continuos embrollos de tránsito (a mi qué más me da, si ni coche tengo!), la colonia resulta hasta pintoresca. Vivir o trabajar por aquí tiene su lado peculiar. Soy frecuente de estos lares desde la universidad, dada su cercanía; mi primer trabajo fue también aquí y una de mis mejores amigas es vecina de la colonia, así que jamás he abandonado estos rumbos. La zona tiene su pulso, su aura y sus olores. Mi continua presencia en sus lugares me han hecho convivir con la gente que la integra: meseros, bartenders, dueños de bares, la gente que te hace el café y hasta los viene-viene (y no sé ni por qué, si yo ni coche tengo!). Me gusta caminar por sus calles, ver a la gente en los restaurantes, entrar a las tiendas de diseño a ver lo que hay de novedades, y sobre todo, ir a sus bares a relajarme después del día laboral.

La Condesa también tiene a sus personajes. Está por ejemplo, el señor que vende máscaras de luchador; la señora que canta con su guitarra “T-t-t-t-t-t-t-tranquis, tranquis”, el señor viejito de sombrero que vende plumas (para escribir, no de aves), el ñor de las películas, o la otra señora que vende pulseras en una cajita de galletas danesas. Simplemente son parte del vecindario y avistarlos en los cafés y en la calle es cotidiano.

Se coexiste bien aquí o eso pensaba, hasta antes de encontrarme a otro personaje.

No suelo salir mucho de la oficina, y cuando lo hago, generalmente tengo que ir muy a prisa. Uno de estos días que me encontraba en la tiendita de la esquina, llegó una mujer repartiendo volantes.

Filosofía Profana: No suelo aceptar volantes en la calle (salvo los que se tratan de comida para tener un menú el número telefónico en la oficina). No me parece que tenga sentido, después de todo, si uno necesita algo, lo busca en internet y ya. En esta tesitura, el volanteo me parece un desperdicio de papel, pintura y esfuerzo humano. Tampoco cambia mi criterio con aquellos que se refieren a causas sociales. Sé que, eventualmente, ni los voy a leer y terminaran hechos bola en el cesto de basura, por lo que se me hace poco considerado que si alguien promueve una causa, tire su esfuerzo y recursos por la borda. Así, ante cualquier ente que empieza a levantar su manita extendiendo el papelito, inmediatamente declino la oferta con un –No, gracias! (no hay que perder los modales, pues).

Pues hete aquí que Profana estaba comprando no se qué demonios en la tienda, cuando llega la señora extendiéndome una hojita al tiempo que decía que quería darme información sobre el SIDA. Para no variar, decliné la oferta. Justo en esas, la señora alza la voz y me empieza a decir que era yo una malagradecida, que ella sólo quería darme información, que por eso estaba la juventud echada a perder, que en nada me dañaría recibir el volante, que no siguiera en mi ignorancia y no sé cuántas cosas más. La gente empezó a voltear a ver el alboroto y yo sólo pensaba en la prisa que traía. En cuanto se calló la vieja, salí de la tienda.

La segunda vez que me la topé de frente, para variar traía prisa. Tomando en cuenta el antecedente, pensé que lo más sensato era tomar el volante en cuando me extendiera la mano y seguir mi ruta. Grave error: una vez que tenía en la mano el pinche papelito, la señora se puso a explicarme un montón de cosas del SIDA . Yo trataba sutilmente de seguir dando pasitos, pero ella, al darse cuenta, tuvo a bien decir –Pérate poquito, qué no puedes parar un minuto para que te explique? No seas maleducada!!!!-. Otra vez me puse a pensar en que tenía poco tiempo como para andarlo perdiendo así, tampoco entendí para qué repartía los volantes, si terminaba explicando todo de viva voz. Una vez más, en cuanto se calló, me largué, sólo que en esta ocasión me felicitó diciendo que era yo “una niña muy bonita y que me agradecía que la escuchara”. Mi plan falló otra vez, no hay forma de ganar.

Comprendí que le tenía miedo la última vez que la vi: Estaba en el mini súper, cuando ella llegó con sus volantes en mano. Se metió y empezó a buscar su primera víctima. Cabe mencionar que yo estaba muy cerca de la entrada cuando la divisé; lo primero que se me ocurrió fue correr hasta la parte más lejana de la tienda, es decir, los refrigeradores. Empecé a esconderme detrás de los anaqueles conforme se internaba por los pasillos de la tienda. Ahora el problema era salir con las mercaderías sin ser interceptada por la ñora en la caja. En cuanto se agarró a su incauto corrí casi aventándole el billete al cajero y me fugué a toda velocidad. Estaba feliz, ahora sí la había evitado.

No toda la fauna típica de la Condesa es grata y afable. Sirva mi testimonio como un consejo para cuando visiten la colonia: si se les acerca alguien queriéndoles hablar de SIDA, ahora saben que lo mejor es esconderse. Si esto no es posible y el encuentro es inminente, mejor respiren profundamente, piensen que tienen mucho tiempo, y agradezcan el sermón.

martes, febrero 10, 2009

De cómo Profana rechazó tontamente la oportunidad de rozarse con los famosos

A veces uno piensa que está estancado, que no tiene el anhelado futuro mejor, que ha llegado a su máximo nivel de crecimiento aunque ese tope represente más bien una mediocridad, y por ende, tendrá que seguir talacheando mientras otros pasan por encima de uno a ocupar ese puesto tan superior que uno nomás no da crédito, mientras entrecierra los ojos y frunce el seño en evidente descontento y extrañeza o agita los puños vigorosamente en el aire en señal de portesta. Claro que la actual situación laboral tampoco es un indicio de esperanza, sino todo lo contrario.

Sin embargo, la vida a veces da sorpresas maravillosas y nos hace ver que estamos equivocados. Hoy fui testigo de ello y me congratulo.

Hoy venía manejando por Insurgentes. Había tenido que ir a ver a una concertista, por lo que me arreglé un poco más de lo que suelo hacerlo. La tarde fue agradable, así que, pensando en ello, pude neurotizarme un poco menos a causa del tránsito propio de la hora pico sobre esa avenida. Justo a mi lado se paró un auto rojo descapotable. Venía conduciéndolo una chava no mayor de 30 años. Noté que se me quedó viendo en dos altos, pero tampoco le di mucha importancia. Justo en el tercer alto, la conductora se detiene justo al lado del auto que yo venía manejando, y me empieza a decir algo. Creí que se referiría a que quizá traía la puerta mal cerrada o probablemente a alguna falla con las luces o algo así.

Tuve que bajar un poco más el vidrio para escucharla mejor. Ahí, en ese momento, el cielo dirigió un rayo hacia esta profana persona:

Desconocida: Oye amiga, de casualidad no estás buscando trabajo?

Profana: (Amiga? pos cuándo robamos juntas, pendeja? Y sí, no estaría mal cambiar de chamba pero viene mi jefe) - No, no busco.

Desconocida (y aparentemente, amiga mía?): Ah, mira, lo que pasa es que estoy buscando gente. Es para trabajar en el Restaurante de Cuauhtémoc Blanco!

Profana: Ah, pos no, muchas gracias.

Entonces pensé: Oh, cielos, creo que he dejado pasar la oportunidad de mi vida!. Claro, acaso no es el sueño de todos trabajar para un futbolista que habla hasta con faltas de ortografía? Para qué demonios estudié derecho por laargos 5 años y me acongojo por no tener una maestría cuando mi vida podría resolverse trabajando en el restaurante del Cuau? Y lo más importante: de qué me vieron cara como para ofrecerme ese trabajo???

Desafortundamente, tuve que dejar pasar tan generoso ofrecimiento y una vez más postergaré mi oportunidad de rozarme con los famosos faranduleros del país o de escupir un plato antes de servirlo.

Después de tanta vuelta, sólo me quedaba una pregunta básica: ¿Mesa o gabinete?

Y yo creí que no habría oportunidades! Nomás no agarro talento. Ahora voy a ahogar el incidente en ron, qué más da!

miércoles, enero 28, 2009

De cartas de Navegación

Terminé el martón un poco tarde. La carrera fue intensa, así que aún y cuando ya había llegado a la meta, el impulso me tuvo corriendo un poco más, quizá sea malo parar así de golpe.

No lo oculto: estuve muy contenta mientras la carrera duraba. No tenía porqué ser de otra forma, después de todo, el maratón siempre viene envuelto en un aura de alegría. El problema fue que terminó. Por algún motivo tuve que bajarle un poco a la fiesta.

El año nuevo trajo consigo noticias de mis conocidos: que si fulana ya se fue a hacer un máster a no-se-que-país, que si mengano acaba de agarrar la mega-chamba-que-todos-queremos-tener, que si perengana se acaba de comprometer. Después viene la pregunta incómoda: y tú, qué cuentas de nuevo? -Nada, todo sigue igual.

No pierdo de foco que mi situación no es mala. Tengo un trabajo que me permite pagar la renta y algunos muy buenos tragos. La cosa es que, al parecer, a cierta edad la gente "debe" tener un plan de vida; cosa de la que yo carezco.

No soy buena haciendo cartas de navegación. La vida cambia a cada minuto. O no. Pude haber despertado con ganas de comer pasta y, frente a la carta, cambio súbitamente de idea y pido un filete. Dicen que si quieres hacer reír a Dios, le cuentes tus planes. O está Cristóbal Colón, quien sin pensarlo descubrió un nuevo continente (sí, se que la objeción acá es que él tenía una supuesta ruta para llegar a las Indias) sin tener la intención de hacerlo.

Tanto pensar en planes me ha hecho pensar si realmente es tan malo no tenerlos, lo que a su vez plantea otros terribles cuestionamientos como si debería justo.ahora.ya buscar algo con qué empezar a hacer algo que disfrace al futuro de algo parecido a un terreno más fijo que móvil (cosa que me parece una falacia), o cuántas chupadas se necesitan para llegar al chiclocentro de una paleta de caramelo.

Es problable que mi aparente desidia se justifique con mis delirios de juventud. Pero es cierto: Me siento taaaaan joven que creo que eventualmente llegaré a ver alguna estrella del norte que me indique cuál es el norte o el sur (si eso es lo que busco). Creo que es apresurado pretender saber qué te va a hacer feliz en la vida (toda una vida???!!!) si ésta se encarga de hacernos vivir tantas y nuevas cosas que igual nos pueden hacer feliz. Sin embargo, por otro lado, puede también ser un error pretender ser como el burro que tocó la flauta.

Tanta pregunta (sin respuesta) me lleva a una conclusión: la sobriedad por periodos prolongados no deja nada bueno. No debí haberle bajado al alcohol. Ahora justo voy por un Wisky, ya me cansé de tanto mareo, necesito algo de estabilidad.

miércoles, enero 14, 2009

A mi bisabuela

Nadie sabe realmente su edad, ni ella misma, al menos eso dice. Suponemos (porque hemos llegado a ese consenso) que tendrá pasaditos los cien años. Me ha contado varias veces de cómo era la vida cuando la Revolución y que ella entonces era una niña que tenía miedo de que se la llevaran los revolucionarios.

De su vida en realidad se poco, sólo lo que ella ha querido que sepa. No sé si estuvo casada con el padre de mi abuela o no; pero sé a ciencia cierta que su gran amor fue Pablo, con quien se juntó después. Todavía llora cuando se acuerda de él y le viene a la mente que lo mataron en un accidente en la carretera que construía. Ella se tuvo que hacer cargo entonces de los hijos de él y de la suya.

Otra de sus historias recurrentes es su versión de mi nacimiento. Dice que ya no me reconoce cuando me ve, así que cuando le recuerdo que soy Profana, se queda pensativa y luego me dice: “Claro, eres Profana. Yo fui a conocerte cuando naciste. ¿Ya te conté la historia? Ya sabía que ibas a nacer, entonces, aunque no me gustaba ir a la capital, tenía que ir. Me daba harto miedo estar allá, porque hace frío y hay muchos coches (en esta parte hacía run-run, emulando el ruido de los autos) y creía que me iban a atropellar. Pero le hice como pude y llegué hasta el hospital. No había comido desde un día antes por los nervios y tenía hambre para esas horas. Tu papá me recibió y luego luego le fueron a decir que tú ya habías nacido. Él estaba bien emocionado, entonces me dio pena decirle que tenía hambre. Nos sentamos a esperar y después de un rato nos preguntaron si queríamos conocerte. Nos llevaron a los cuneros. Tú estabas dormida, te pusieron en los brazos de tu papá y abriste los ojos para luego quedarte dormida otra vez (lo genial era que aquí me imitaba durmiendo). Tu papá se te quedaba mirando y mero yo veía que casi quería llorar, pero como que le daba pena porque yo estaba ahí. Luego nos sacaron y nos llevaron al cuarto de tu mamá. Y yo seguía con hambre. Me decidí decirle a tu papá que tenía hambre como a eso de las seis de la tarde, porque ya me crujían las tripas. Así fue cuando naciste y yo pasé casi un día sin comer”. Siempre lo contó con las mismas palabras y a mí me hacía reír mucho que de lo que más se acordara, era del hambre que traía ese día.

Su rutina de los domingos era un ritual. Iba a misa y saliendo de ahí pasaba a la casa a recoger la ropa para irse a lavar. Siempre insistimos que la ropa podía lavarse en casa, pero ella se enojaba y decía seria: En esa lavadora no es igual, para lavar bien la ropa hay que ir al río, yo así le hice muchos años y así voy a seguir”. Tomaba entonces su acostumbrado costalito y volvía ya entrada la tarde con la ropa limpia. Cierto era, ella siempre iba al río, pero también sabíamos que aprovechaba la ocasión para ir a visitar a los hijos de Pablo, que ella había criado como propios y a quienes adoraba muy a pesar de nuestros disimulados celos.

Dejó de ir a lavar al río el día que se tropezó y nunca más pudo ponerse de pie. Casi todos creímos que no duraría viva mucho tiempo más. Nos equivocamos: ha enterrado ya a casi medio pueblo, gente más joven y más vieja que ella.

Aún así, ella sigue enterada de todos y cada uno de los chismes del pueblo. Su mayor alegría es que la gente vaya a platicar con ella, así que cuando la visito, paso tardes escuchando sus chismes, los que de verdad han pasado y los que ella se ha inventado gracias a su demencia senil. Los últimos son los mejores, a veces creo que tanto invento podría dar lugar a una excelente novela, pues todo lo que ha visto y ha vivido hace que sus debrayes tengan color, emoción, drama, risas y olor. Además, como pocas son las veces en que tiene audiencia, es difícil que pare una vez que se le ha soltado la lengua.


Supongo que debido a las dificultades económicas que ha tenido, valora el dinero sobremanera. Cada vez que alguno de sus nietos va a pasar una temporada a casa de mi abuela, me solicita le indique diariamente el parte de los arribos y salidas. La razón es sencilla: cada vez que alguno de mis tíos se marcha le deja un poco de dinero. Por tanto, ella está pendiente de que ninguno de ellos se vaya sin que antes pase a darle su “Navidad”, aunque ella también dice que se siente intranquila si no les da la bendición (claro, claro). En cuanto recibe su dinero, lo mete a su monedero que guarda celosamente en el brassiere de su vestido, como siempre lo ha hecho.

También recuerdo esa vez que ella amenazaba con morirse ese mismo día. Alguno de mis tíos, por seguirle el juego, le dijo que era una pena, pues a la gente que cumplía cien años, el gobierno le regalaba una casa nomás por eso. Cuando escucho semejante cosa, mi bisabuela se quedó en silencio que luego rompió para decir: “Bah, pues, aguantaré un poco más para que me den mi casita”. A todos nos dio risa su súbita mejoría.

Alguna vez, por hacer una broma, alguna de mis primas le fue a inventar que yo estaba preñada, pero que no quería que nadie supiera porque mi hijo no tenía padre. Esa tarde me mandó llamar y me preguntó campechanamente si era cierto lo que le habían ido a contar. Desde luego, yo lo negué. Ella me dijo que no importaba, que no necesitaba ocultarlo más, que ella ya sabía todo, que más bien, ella me había mandado llamar para decirme que si no quería al chamaquito, que lo tuviera y que se lo diese, que ella le iba a hacer sus pañalitos, le iba a dar su biberón, lo criaría y amaría a su niñito. Me dejó callada. Sentí tanta ternura. Me sorprendió que aún con su imposibilidad física y con los años que a cuesta lleva, tuviese todavía los bríos de querer arreglarnos las cosas y que aún conservara el ánimo de luchar por la gente de su familia.

Me avisaron que ya no le queda mucho con nosotros. Más de cien años de vida deben cansar mucho. No sé si alcance a decírselo personalmente, pero sólo quiero agradecerle sus idas al río a lavar mi ropa, sus historias, sus ocurrencias que tanto me hicieron reír, el hambre que pasó por causa de mi nacimiento y sus ganas por seguir ahí para nosotros. Ojalá ahora sí puedas estar con Pablo para siempre. Gracias, Toña, mil gracias.