Recibí la invitación por parte de Lear. Al parecer, un comentario que dejó en el Blog de Isteri causó mayor efecto del que se hubiese esperado, le exhortaba a beber unas espirituosas e Isteri le respondió preguntando el lugar y la hora para llevar cumplir con la propuesta.
Me pregunté si era correcto asistir. Como muchos otros, disfruto enormemente el hecho de poder escribir lo que me pasa, contármelo a mí misma, examinar mi perspectiva, escribir irreverentemente y sin el menor dejo de responsabilidad por hacerlo así como; eventualmente, conocer otros puntos de vista, dar la oportunidad de que me digan que estoy equivocada, que las cosas no van por ahí, que la estoy cagando, sin que aquél que me deje un comentario tenga la necesidad de ser diplomático. No tener cara (o traer puesta la máscara que los lectores puedan haberme asignado), brinda un interesante giro a la comunicación que se puede desarrollar por este medio. Justo en esta tesitura, la respuesta era evidente. Mantenerme en mi silla detrás de la computadora es muy cómodo.
Por otro lado, la curiosidad también hizo estragos en mí. Lo reconozco, hay comunicación. Hay gente a la que sigo mediante la lectura todos los días, a cuyos blogs me asomo religiosamente para ver si hay alguna novedad. Les he dejado comentarios, he reído con algunos, otros me han angustiado e incluso, los he tratado de consolar. Son personajes que también pasan a ver lo que se me ha ocurrido compartir, que han dedicado un minuto de su día a decirme algo y que seguramente toman más de uno para pensar la palabra perfecta. De alguna manera, sin saber quién es quién, nos conocemos.
Justo de camino hacia el lugar, me pregunté cuáles eran las probabilidades de quedarme sentada sola en una mesa más de una hora, observando a otras dos o tres personas sentadas tan solas como yo en otra mesa, ante el evidente hecho de que iba a buscar gente a la que no conocía y que tampoco me conoce. Recordé el post de Lear, aquél en el que se quejaba del constante interrogatorio del que era víctima a causa de sus canas. Llegué a buscar a alguien joven y canoso. No tuve que decir mucho, llegué con mi primera víctima, quien, una vez que le pregunté si podía hacerle una extraño cuestionamiento, inmediatamente intuyó que tenía un blog. Lear? Dije sintiéndome casi aliviada. – No, soy Emilio. Lear está por aquéllas mesas- me dijo al tiempo que señalaba hacia su lado derecho.
Caminé buscando las canas otra vez. Me paré frente a la mesa y pregunte: ¿Tus canas son naturales?. Sonrió inmediatamente al tiempo que respondió ¿Profana?. Por fin les había encontrado. Le acompañaba su novia e Histeri. Después llegó la Defeña, quien llegó a la mesa porque Lear le había reconocido.
Empezamos a platicar de qués, porqués y cómos. Me seguían llamando Profana, me preguntaba la razón de ello, pues ahora ya conocían mi verdadero nombre. Defeña, quien comparte mi crush por Kundera, me dijo algo que de alguna manera me cimbró: Ella me conoció como Profana y por ello, conoce cosas que mis más cercanos amigos no saben. Tenía razón, mi verdadero yo, para la salerosa, es alguien totalmente desconocido, sólo existe mi alter ego. Nos conocemos al mismo tiempo que somos desconocidos (bueno, ya no tanto).
En esta ocasión, tampoco perdí la oportunidad de ser toda una naca en la extensión de la palabra, elogiando el maravilloso trabajo de Lear, a quien leo puntalmente cada miércoles. No pude dejar de reclamarle que a veces, ponga su post ya por la tarde y me obligue a visitarlo casi cada hora para ver el nuevo desvarío. En la hora del reclamo, Isteri también recibió mención aparte: ese banner suyo, a todos en algún momento nos puso en alguna situación complicada (sin albur, eh!).
Llegó Ricardo Arce después, con quien eché chisme y me contó su hazaña del día anterior (o bien, de esa madrugada). Más tarde, se nos unió la Red Shoes Girl, y la Valedora, quienes me fascinaron por su espíritu tan neto. Al más tetísimo estilo, la plática-crítica de blogs no se hizo esperar. Que si éste es maravilloso, que si aquél es soso, que si tengo un gusto culposo por el de fulano… así pasó la velada mientras seguían llevando alcohol a la mesa.
Fue una experiencia harto interesante, enriquecedora. Como ver en la niebla, conocer a alguien de quien ya sabes algo, y a la vez nada. Habrá de repetirse la experiencia. Será más fácil, algunos ya están en mi Messenger.
Otro Covadongazo! Mil gracias por una noche tan sui generis y especial!
De cómo mi padre me heredó al Cruz Azul
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(publicado originalmente en junio de 2014)
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