miércoles, diciembre 31, 2008

Del 2008

Ayer, como salí temprano, me dispuse a llevar a cabo uno de los rituales más importantes de las fechas: fui por mis calzones rojos para año nuevo. La elección nunca es sencilla, máxime porque también existe la pauta de usar otros color amarillo. Tuve a bien escoger unos rojos con figuritas amarillas y cintas de los dos colores pa’ adornar como se debe.

Pero claro, una vez que me dieron la bolsita donde contenía la pieza principal de mi ajuar para el 31 de enero, caí en cuenta que el año ya se acabó. Como se debe entonces, hago mi pequeño recuento para ver cómo me fue, y si este año es digno de ser recordado (a la fecha he eliminado sólo un año de mi memoria).

La verdad fue un año raro. Casi a inicios cambié de trabajo. Odiaba el anterior porque no hacía casi nada, y mucho menos algo propio de mi carrera; más bien me había convertido en una suerte de archivista/capturista. Ahora trabajo unas 12 horas aproximadamente y vivo con harto estrés. Ya le hago más de abogada, pero también tengo que rifarme funciones de nutricionista, psicóloga perversa, nana y en algún momento, hasta de chamán. Me pregunto por qué no puedo encontrar el aristotélico punto medio, un lugar donde se trabaje unas ocho o diez horas y luego uno se vaya a descansar. Probablemente pido demasiado.

De las cosas que siempre quise hacer, elimino los rubros: Colarse a una fiesta e ir a un rave.

Ahora, como ya lo he dicho aproximadamente unas 658 veces, nunca imaginé conocer a alguien por este medio, sin embargo, en abril recibí la invitación a verle la cara a algunos bloggers. Esa primera tertulia fue una cosa tan agradable, que desde entonces nos vemos un día a la semana y ya no podría configurarse mi calendario (o presupuesto) sin contemplar el día acostumbrado de bloggers. Yo se que sonará cursi (usted disculpe, querido lector, son las nostalgias decembrinas), pero me gusta pensar que somos como una suerte de pequeña familia pues, de alguna o otra forma, todos tenemos formas de vida parecidas y creo que esas similitudes hacen que podamos no sólo convivir de forma tan natural, sino que hasta de repente, podamos intuir por lo que pasa el otro sin necesidad de mucha información. Lo cierto es que ya he pasado con ellos eventos importantes tanto por fechas de calendario, léase cumpleaños, halloween y navidad (y a este respecto, muero de ganas de pasar con ellos nuestro primer aniversario de la Constitución y el Día de la Bandera juntos); pero también les ha tocado algún momento que ha marcado mi vida este año, y eso se agradece, sobre todo, el consuelo o la cachetada que me hacía falta. En este orden de ideas, debo también agradecer a quienes han estado ya por largo rato en mi vida y que me acompañaron este año, ya dispuestos y encarrerados a recorrer conmigo el próximo.

Este año vi gente partir. Lástima. Yo soy de aquéllos a los que les gustaría quedarse con todos, pero la vida no es así. Algunos tenían que hacerlo, a otros la partida les llegó por sorpresa y en otras, supongo, la cosa fue más deliberada y por tanto habrá de respetarse su decisión. De cualquier manera, ésa gente a la que hoy recuerdo, tendrá siempre su lugar, pues fueron o son importantes en mi vida. Salud por ellos.

Claro, también hubo cosas no muy buenas, como la vez tuvimos aquél accidente o bien cuando me robaron. Tampoco pierdo de vista que he salido bien librada de esos sucesos. A todo esto, en rendición de cuentas, debo agradecer a todos los que cooperaron con el primer Profanatón, que fue todo un éxito y me permitió seguir comiendo y emborrachando hasta que me pagaron otra vez. Gracias, Gracias!

Pasando a otro tema, conciertos: Calamaro es grande! Definitivamente el mejor del año!

Ya también es tiempo de ir a agradecer a todos los buenos bartenders que este año me trataron tan bien y sin los cuales muchas de mis aventuras de este año no hubieran sido posibles. He visitado ya a varios para dar el tan mentado abrazo de fin de año y para que me llenen la copa varias veces hasta salir ya borrachita y feliz.

Empiezo el año con cierto miedo o suspicacia. Estoy en una etapa rara de mi vida, en la que quiero muchas cosas, pero no sé bien a bien cuáles o en qué orden. Claro, también me da cierta desconfianza lo que vendrá, pero la duda es razón suficiente para empezarlo con un gran brindis, entre risas y con una senda borrachera que nos desocupe la mente de esas cosas al menos por un rato. Ya iremos viendo que pasa.

Feliz año!

viernes, diciembre 19, 2008

De puntillas

Ya tenía algún tiempo bailando ballet y me encantaba: había pasado varios grados en poco tiempo y mi maestro siempre dijo que mis aptitudes con la danza eran prometedoras. Tendría yo entonces unos 10 años.

Como suele pasar, desde por ahí de octubre empezaban a salir los comerciales de juguetes, listos para que los niños tomaran eligieran y encargaran concienzudamente a tiempo sus regalos para el día de reyes. Ese año salió uno de los juguetes que más anhelé durante mi infancia: una muñeca bailarina. Desde luego, aparte de ser preciosa, la dichosa bailarina tenía una gracia más, pues bailaba ballet, llevaba en una de sus manos una rosa con la que se le dirigía mientas ella, sobre puntillas, daba pasitos al tiempo que movía el otro brazo, que se encontraba en forma de arco y terminaba en una mano que hacía el delicado gesto artístico propio del ballet. Desde que vi el comercial en la tele, quedé prendada de ella y jamás dudé que, definitivamente, la quería.

Aparentemente, muchas más niñas también la convirtieron en su sueño; así que cuando mis papás confirmaron que no cambiaría mi elección, se hicieron a la búsqueda de la bailarina. Estuvo agotada en todas las jugueterías y, no se por qué azares del destino, terminaron encontrándola y comprándola en Tepito (creo) a un precio mucho más elevado del que la habían visto con anterioridad.

El día de Reyes desperté temprano emocionada por saber si estaba bajo el árbol mi muñeca. En cuanto vi la caja supe que era ella, así que empecé a arrancar la envoltura sin el menor asomo de elegancia; abrí la caja y ya le tenía enfrente.

Era verdaderamente perfecta, todo lo que había creído que era y más: Su cabello recogido en un chongo de gajos era refinado, tenía un tu tú de ensayos rosa que era justo como el mío, pero también traía uno para sus presentaciones de gala en color vino con plateado que era exquisito;traía una peineta con "joyas" para tan importante ocasión también y una barra de ensayos. Sus proporciones eran cuidadas, la carita era hermosa; y ese gesto en la mano era tan real, casi poético. Quise entonces verla bailar, e hizo una hermosa presentación, teniendo como escenario miles de luces que adornaban el arbolito de navidad.

Corrí luego a mi recámara a desocupar un cajón de la cómoda. Saqué la ropa, lo limpié y dispuse ese lugar únicamente para la bailarina, que era demasiado especial para dejarla junto con otros juguetes. Ella merecía su propio lugar. Todos los días abría ese cajón y me quedaba viéndole, luego la sacaba y la examinaba otra vez, para después regresarla a su refugio.

Algunos meses después, mi papá me pregunto algo extrañado si la muñeca no había sido de mi agrado, pues nunca me veía jugar con ella. Le contesté que era quizá el mejor regalo de Reyes que había recibido, que me encantaba. Después lo abracé. Lo que no le expliqué a mi padre era que esa bailarina era tan preciosa que no soportaba la idea de que se ensuciara, o que su ropa se arrugara, o que se despeinara, o que simplemente dejara de funcionar. Por eso había resuelto darle un lugar en donde no la tocara ni el sol, ni estaría expuesta al polvo, ni a que alguien la tocase siquiera. Por eso no jugaba con ella y sólo me dedicaba a verle, porque no quería arruinar la perfección que poseía. En mis ideas infantiles pensaba que quizá podría dársela a una hija mía cuando ya no jugara con muñecas para que la cuidara con tanta delicadeza como yo lo hice y esa muñeca fuera siempre como en ese entonces lo era.

Ese fue el cajón de la muñeca por muchos años. Ahí seguía resguardada. Todavía me asomaba a verla de vez en cuando y seguía intacta, hermosa. Con el tiempo también caí en cuenta que, aunque había sido muy feliz teniéndola así, había perdido la oportunidad de divertirme probablemente más jugando con ella, dejé pasar grandes recitales y tardes de danza que ya no se harían, de peinarle y cambiarle los atuendos cada veinte minutos. De alguna forma me convencí de que no dejaría que algo así pasara nuevamente.

Como bien dice el dicho, cae más rápido un hablador que un cojo. Cierto es que por un tiempo adopté el valemadrismo como estilo de vida, pocas cosas habían que no fueran dignas de hacerse, lo único necesario era que yo quisiera hacerlas. No importaba si las probabilidades estuvieran en contra, después de todo, morir en el intento no era fallar, sino aprender; y lo único que pasaría si me equivocaba, era que hallaría una solución para tratar, en la medida de lo posible, de restituir las cosas a su estado original, y aún más, si lo anterior no era factible, pues entonces lo mejor era dar vuelta a la página y dedicarse a otra cosas.

Sin embargo, de algún tiempo para acá, pienso todo ocho veces, pierdo la dimensión de los escenarios que podrían no resultar convenientes, magnificándolos; y ello me ha llevado, de alguna forma, a preferir evitar que la ropa se me arrugue, o a que el calor haga que me arda la piel, o a que el viento y el polvo me resequen la cara. Por otro lado, también me da miedo ensuciar lo que está alrededor mío.

La bailarina debe seguir intacta, en una cajón de mi antigua casa. Hoy me da miedo hacerlo, pero quisiera volver a batirme y a tocar todo lo que esté a mi alcance. Total, si algo se mancha, ya lo limpiaré, siempre habrá un poco de Windex que ayude en la labor. Me gustaría salir de mi cajón y dar de tumbos por ahí.

miércoles, diciembre 10, 2008

Uno

Todos tenemos fechas que recordamos. El número uno es algo especial.

Cuentan que en la fiesta de mi primer año de vida di mis primeros pasos sin caerme. Al parecer me encontraba encantada con los globos que adornaban la ocasión y en cuando me hice de uno de ellos, inmediatamente lo pesqué entre mis manos y al sentirme afianzada a el comencé a adelantar un pie tras otro, logrando cruzar toooda la sala de la que entonces era mi casa sin sentón alguno.

Ayer traía rondando por la mente algún tema, que hoy no logro recordar bien, para escribir hoy. Lo poco que se me viene a la mente, era que tratara de definir un montón de cosas que traigo en la cabeza y que no me he puesto a deshilvanar a cabalidad por falta de tiempo o por agotamiento, pero que se van de casa justo cuando salgo con rumbo al trabajo y las encuentro de regreso justo a la misma hora en que vuelvo al hogar.

Creí que hoy este blog cumplía un año, así que toda la mañana me puse a escribir alguna que otra historia que no sabía dónde terminaría, si es que tenía algún lugar donde conluirse, claro. Justo ahora que escribo estas líneas, acabo de hacer una rápida visita al primer post que escribir. Oh, sorpresa! el cumpleaños fue el 4. He llegado tarde.

Dice Milán Kundera que "el hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido". Desde luego, cuando comencé a escribir este blog -y aquí debo aclarar que no fue algo pensado, sino sólo un impulso- no sabía por qué lo hacía, sólo sentí que era algo de quería hacer y, por ello, que me debía. Hoy probablemente puedo intuir que el impulso nació como resultado de un tiempo de interiorizar a tal forma, que llegué a sentirme algo parecido a una olla express y que no me podía permitir explotar, así que la solución fue poner una pequeña válvula por la que dejara ir escapando alguna que otra cosilla.

Inicié sin saber que vendría. Al blog hoy puedo -y debo- agradecerle muchas cosas. Empecé siendo un ente sin rostro. Gente maravillosa ha venido a mi vida por este camino, y lo que empezó siendo algo distante e íntimamente impersonal, hoy se han vuelto tardes-noches de cervezas y charla, o tardes de películas o pijamadas que nunca intentaron serlo; manos que no sólo escriben, sino que se hacen de brazos y pecho para abrazar como Dios manda. Realmente espero que esa gente a la que he aprendido a querer tanto, y que se ha vuelto tan parte de mi presente, permanezca.

Por otro lado, mucha de la gente que existía desde antes en mi vida también llegó a descubrir mi blog. Lástima, disfrutaba tanto el anonimato. Dice también Kundera que pensar en el público es vivir en la mentira, al menos, yo ajustaría al caso que también obliga a la secrecía en cierta forma.
Algo que también mi blog me ha enseñado es que disfruto muchísimo leerlo. Es una suerte de espejo, y me gusta reconocerme a mí misma. Vanidosa que es uno. También he descubierto que puede llegar a ser una máquina del tiempo, y he encontrado que es bonito vivir las cosas otra vez, pero también regresar al futuro.

Si hoy fuera 4 de diciembre, mi blog cumpliría un año. Probablemente escribiría algo en él, después conseguiría una laptop prestada y lo invitaría a cenar. Seguramente, como toda velada digna de ser recordada, habría de tener un poco de sexo; entiendo que tenerlo con el blog es imposible, pero seguro me excusaría si lo tuviese de forma real, o quizá lo adecuado sería un poco de cibersexo. Creo que al blog no le importaría mucho, siempre y cuando le cuente la historia después.

Hoy es 10 de diciembre... quizá no es tan tarde.

martes, noviembre 18, 2008

De tacos de canasta y "Leaving Bambi"

Era viernes a las 8 de la noche. Iba saliendo de la oficina después de un día harto estresante y no me había dado tiempo de comer. Quería llegar pronto al lugar de reunión. La promesa había sido tacos de canasta y mucho alcohol desde las 4 de la tarde y hasta morir. A parte del inminente dolor de cabeza que suele perseguirme a causa del hambre, estaba enojada pues me habían dado mi cheque hasta las 6 de la tarde. Evidentemente, a causa de ello me quedaría el fin de semana con los 40 pesos que traía en la bolsa y sin posibilidad alguna de hacer prácticamente nada hasta el lunes que pudiese cobrarlo.

En cuanto llegué me puse a comer, ataqué la canasta que todavía tenía una generosa cantidad de tacos todos a mi disposición, pues el resto de la comitiva ya había comido. Una vez que pude aplacar un poco el hambre me dispuse a socializar. Un rato después sólo quedábamos 6 personas.

Ge propuso entonces irnos a la casa de Morelos. Todos se vieron animados con el plan, menos yo. No es que no quisiera irme, pero me disgusta sobremanera no tener dinero cuando se planea una salida, me causa incomodidad. Él propuso pagar las casetas y Niño D pondría el coche; según ellos, lo demás ya era cosa de nada: teníamos media canasta de tacos y había sobrado suficiente alcohol como para vivir el fin de semana bebiendo sin que pudiese haber escasez de espirituosas. Mi negativa entonces parecía ya poco viable y una de mis frases acostumbradas fue usada en mi contra, después de todo, si vivimos en una democracia y la mayoría había resuelto que nos fugásemos, no había más que discutir.

Pasamos a casa de cada uno. El tiempo para sacar lo que se pudiera de nuestros clósets era de 5 minutos cronometrados antes de que otro nos sacara a patadas de nuestras moradas. Así emprendimos el viaje.

Llegamos desde luego con muchas ganas de iniciar (o de continuar) la fiesta. Ese día nos fuimos a dormir temprano. Dicen que cayó una tormenta tan fuerte que despertó a todos. Yo estaba tan cansada y dormí tan profundamente que jamás me enteré de los truenos, ni de los portazos, ni de las corretizas por la casa, ni de los gritos que empezaron a levantarse cuando cayeron en cuenta que dejamos el estéreo en el jardín y éste ya más bien era una especie de fuente; no, yo sólo me abandoné a los brazos del buen Morfeo y no decidí regresar sino hasta la mañana siguiente.

Al día siguiente desayunamos tacos de canasta y pastel que sobró de la fiesta. La variedad era considerable: papa, frijol o chicharrón. De ahí nos pasamos a tomar el sol y escuchar música mientras seguíamos bebiendo. Empecé con Wisky, y luego se abrió el Vodka y después opté mejor por un buen Bacacho. Nos pusimos luego de un rato a jugar jueguitos de borrachos, donde la intención no es ganar, sino perder y hacer beber al otro hasta dejarlo completamente alcoholizado. Más tacos de canasta y pastel para comer-cenar y después a seguir bebiendo.

Abrí los ojos. Reconocí el cuarto, pero me preguntaba por qué estaba yo ahí, si el día anterior había ocupado otra habitación. Pensé en estirarme, pero alguno que otro dolor se asomó por mi cuerpo, sin que supiera a ciencia cierta de dónde venían o por qué estaban haciéndose presentes, así que, en búsqueda de su origen, me destapé. Seguía en traje de baño y éste permanecía mojado, cosa que no pudo sino extrañarme más, pues no ha habido ocasión en que no me ponga mi pijama antes de dormir; luego noté que no me había recogido el cabello y éste se encontraba todo desperdigado por la almohada, húmedo. Trataba de recordar cómo había llegado ahí, sin que la mente me diera una sola pista. Me levanté de la cama y me dirigí al baño. No tenía nauseas, pero necesitaba verme al espejo, eso quizá ayudaría a reconstruir la memoria. No podía creer lo que veía: mis codos estaban al doble de su tamaño y traían un color entre negro y morado horrible; justo igual que mis rodillas.

Salí a buscar a alguien que me explicara. Traté de ser sutil, pero todos cooperaron en la reconstrucción de hechos. Aparentemente, el día anterior me excedí de copas como nunca. Estaba metida en el jacuzzi y me salí intempestivamente de él. Iba caminando al baño, pero se me olvidó ponerme las sandalias, así que el agua y el piso me hicieron resbalar, y en mi intento por volver a ponerme de pie, volví a resbalarme sucesivamente como unas 7 u 8 veces más, cayendo con las rodillas y los codos. Una vez que pude ponerme en pie llegué al baño. Bacha me vio de lejos y me alcanzó. Creía que vomitaría o algo así. En realidad, yo sólo quería orinar. Descubrimos también que soy una borracha muy consciente: Una vez que salí del baño, me reconocí lo suficientemente ebria como para meterme de nuevo al jacuzzi, así que me senté en una banquita que está ubicada justo enfrente del jacuzzi. Podría estar cayéndome de borracha (literalmente, claro), pero la actitud fiestera no había sido mermada ni un ápice, por lo que aunque a ratos dormitaba sobre la banquita, en cuanto sonaba una canción que me gustaba, me reincorporaba para cantarla (que en realidad era balbucear, porque ya no podía decir bien ni una palabra). Entre Niño D y Ge trataron de llevarme al cuarto, pero no me pudieron mover, al parecer, mi peso muerto no es cosa de juego. Después de un rato, decidí que era hora de acostarme, así que sin más, me paré. Niño D corrió a sostenerme y llevarme a mi cuarto, me llevó en la cama, me tendió sobre ella (esto se pone emocionante, verdad?) ... y luego me tapó y se fue a seguir la fiesta. (Así termina la triste historia de la única vez que Niño D lleva a la cama a Profana).

Bacha hizo la observación de que esta profana persona bien podía haber sido merecedora a una presea por "la mejor imitación de Bambi, en la escena donde éste aprende a patinar en hielo" (sólo que en versión borracha, claro).

Al parecer esa noche también llovió a cántaros. Al día siguiente amaneció nublado y todo el día estuvo así. En grados mucho menores al mío, pero todos también se levantaron crudos, así que desayunamos tacos de canasta y pastel otra vez, pese al hastío que ya sentíamos por ellos, pero nuestra falta de presupuesto no nos daba muchas opciones. Decidimos ver películas tirados en la sala. Todos hicimos algún comentario malicioso respecto a mi fino e intachable comportamiento de la noche anterior cuando vimos "Leaving las Vegas" y yo estuve a punto de llorar conmovida por el drama de entender que la vida de un borracho no es fácil, aunque también me dio cierto gusto saber que me falta mucho para llegar a un extremo que me deshaga algo más que las rodillas y los codos.

De casualidad y por buena suerte encontramos una sopa instantánea que compartimos entre los cuatro a la hora de la comida, pues más tacos de canasta ya eran intolerables.

Regresé al D.F. con mis 40 pesos intactos, los codos y las rodillas hinchados y amoratados (mismos que permanecieron igual por una semana y media), con la duda de saber qué se sintió que niño D me llevase a la cama, con la hermosa reconstrucción de hechos de un blackout de varias horas y con una sonrisa en la cara.

Ese fue un buen fin de semana, la idea era escapar de la ciudad y de las presiones... y me disipé tanto de todo pensamiento esos días... regresé con la mente en blanco... y cierta aversión por los tacos de canasta, que no he querido volver a comerlos desde entonces.

lunes, noviembre 03, 2008

De villanos y Super Héroes (parte 2)

Hasta ése momento, gracias a la actuación de Mi Hombre Invisible (a.k.a. Mi cosa Hermosa), había salído bien librada del suceso, pero todavía necesitaba ser rescatada.


Ya que conseguí un poco de dinero me comuniqué a casa de mi Chica Maravilla (alias Srita. P). No quería alarmarla. Después de todo, como fuera, estaba bien. Me contestó su mama. Le pedí permiso para pasar la noche en su casa. La respuesta fue desde luego que sí, pero entonces ya tuve que decirles lo que sucedió. Se alarmaron, pero yo seguía diciéndoles que no me habían hecho nada. Las esperaría en un restaurante, ya no quería seguir en la calle. Mi Chica Maravilla tomó inmediatamente su corcel azul y junto a su mami, presta fue a rescatar a su doncella. Me sentí aliviada al verlas, me sentía ya segura.

Llegando hice todo el trámite, cancelé tarjetas y avisé a las más personas que pude. No quería que les hablasen y les hicieran creer que yo seguía con ellos.

Mi Chica Maravilla me distrajo por un buen rato, me ayudaba y me abrazaba. Di gracias de estar con ella y su mami. Trataba de estar lo más ecuánime posible, de racionalizar, no quería espantarlas. Me quedé en su castillo, cuyas fuertes paredes me protegían. Aún así, me dio trabajo conciliar el sueño, todavía traía mucha adrenalina y la vigilia estaba a tope.

A la mañana siguiente me fui caminando a la oficina. Salir a la calle no fue fácil, tenía miedo, me sentía observada y el corazón me latía más rápido de lo usual. Entonces pude dejar escapar algunas lágrimas como forma de liberar el sentimiento. Me sentía pequeñita, desprotegida, vulnerable.

Rechacé casi cualquier abrazo que me intentaban dar; estaba muy sensible y el contacto me sacaba las lágrimas. No es que no tuviese mucho que sacar, pero ése tipo de cosas prefiero hacerlas cuando estoy sola y donde nadie me vea. Me acompañaron a cambiar las cerraduras de mi casa. Mi mayor gusto fue ver que mi gato, el calcetines, estaba bien.

Ese martes acudió mi auxilio Wolverine (un Rufián Melancólico en sus ratos libres), quien ante la desesperada situación de esta Profana damisela, no tardó en encontrarme, hacerme comer a la de a fuerzas, pues mi apetito parecía haberse esfumado, y después me dio a tomar un mágico bebedizo llamado cerveza, que me hizo relajarme un poco, pues la tensión me hacía tener los hombros a la altura de las sienes. Ya después me dio permiso de ocultarme en su escondite, donde la compañía, unas chelas y alguna peli de Gardel, me hicieron pasar la noche sin mayor preocupación.

Otro superhéroe hacía también su labor: el Modafoka. Me vigiló a distancia, pues los horarios no hicieron fácil su aparición, pero siempre mantuvo su alerta. El rápidamente, genio como lo es, empezó a enviar su ayuda mediante diversos movimientos en la web, de la que es profundo conocedor.

Al día siguiente regresé a la fortaleza de mi Chica Maravilla y de la adorable Súper Mujer, su mami. Todavía tenía mucho miedo a regresar a dormir sola a casa. Aunque ya había hecho conciencia de que sólo fue la circunstancia de haberme parado en ese lugar la que desencadenó toda esta retahíla de sucesos, y que no era un asunto meramente personal, no me sentía tranquila o confiada de volver. En su casa siempre he sido recibida con cariño y eso era precisamente lo que necesitaba.

También se comenzó a organizar el Profanatón, colecta para una noble causa: erradicar la pobreza actual de Profis. Bajo el eslogan “Me da pa’ mi jalogüín?” (aprovechando las fechas) se inició y sigue vigente tan bonito evento. Desde luego, se aceptan aportaciones monetarias (también se aceptan dólares) con depósito en cuenta bancaria (no deducibles de impuestos) y algunas aportaciones en especie: cigarros, comida (se aceptan desde sandwiches y garnachas hasta invitaciones en exclusivos restaurantes de la ciudad y sus alrededores), chupes, rides de la oficina a casa de la Profis y café. Para hacer sus aportaciones y/o contar con mayor información al respecto, contáctense al mail profana@live.com.mx.

Puedo decir con gran orgullo que muchos superhéroes más llegaron a mi auxilio, de aquí, de allá y de más lejos, pero la lista sería interminable. El hecho de que sus nombres no aparezcan acá no los hace menos presentes de lo que los tengo.

El jueves ya dormí en casa. Llegué tan cansada que no pude ponerme ni a pensar. A la fecha todavía tengo un poco de nervios, pero trato de hacer todo como siempre. Desde luego, los villanos esos se robaron, aparte de lo material, algo de mi tranquilidad. Pero lo que me dejaron, fue la certeza de saber que cuento con superhéroes a mi lado, gente que, con sus súper poderes, lo saca a uno de las peores historias que pueda vivir, que me quiere y que me lo ha demostrado. En mi pobreza actual, me doy cuenta de la riqueza con la que cuento y de lo afortunada que soy por tenerlos a ellos.


Este es un agradecimiento, el más modesto, por toda la preocupación, por la ayuda y por la disposición que todos mis súperheroes han tenido para con esta Profana persona, quien jamás podrá retribuir todo lo que recibe, pues todo lo que me han dado simple y sencillamente no tiene símil.

Gracias!

De villanos y Super Héroes (parte 1)

El lunes salía de la oficina a temprana hora y feliz. El fin de semana había sido intenso y todavía seguía cansada, necesitaba llegar a casa a tirar la fiaca nuevamente. Traía poco efectivo, así que pensé pasar al cajero de un super que está cerca de la oficina y, aprovechando el viaje, también compraría un Theraflú, pues los síntomas de una inminente gripa ya hacían estragos en mi organismo y necesitaba algo que me tumbara y me dejara dormir bien.

Efectivamente, pasé al cajero y salí. A la cuadra me di cuenta que no había comprado el Theraflú, pero me daba mucha pereza regresar, así que preferí llegar a casa y pedirlo por teléfono; por lo que seguí caminando hasta llegar a la esquina donde tomaría el taxi.

Por la hora, casi todos los taxis ya pasaban ocupados. En eso, se paró un taxi del que descendieron dos personas. Como quedó libre, tuve a bien subirme. Le dije al taxista que tomara ésta calle y luego ésta otra. Seguí el camino habitual, hacía frío y sólo tenía a bien tratar de cobijarme con el abrigo. Nos tocó un alto. Cuando me di cuenta, venía trepado al lado mío un tipo que decía que acababan de tratar de robarse un auto y que el plan se había frustrado, por lo que necesitaban dinero. Me tapó con sus manos los ojos, pero pude percibir que alguien se había subido también al lugar del copiloto. Me empezaron a pedir el dinero que traía en efectivo, el celular y el iPod (traía uno de los cables en la mano). Yo sólo atinaba en obedecer instrucciones sin mayor pregunta, no quería que me pasara nada y no sabía lo que ésos tipos podrían ser capaces de hacer. Me pidieron el reloj. Estiré el brazo para que lo tomaran, pero sólo me regresaron el brazo diciendo “quédate con tu chingadera” (eso me dio risa, pero me contuve). Me quitaron de un jalón la bolsa y pude escuchar cómo empezaban a esculcarla. Dieron con mis tarjetas y me pidieron los NIP. No me sé el número del de la tarjeta de crédito, el mismo día que lo recibí lo destruí como una forma de poner límite a mi consumismo (o a mi continua falta de efectivo), y así, evitaría, según yo, el cobro de altos intereses por disposiciones de este tipo. Desde luego, los tipos no se creyeron nada la historia, así que siguieron dando vueltas a ver si era posible que de repente me llegase a la memora el dichoso NIP. Desde luego, me amenazaron con enviarme a una bodega que era cuidada por un tipo “bien morboso y cochinote” que seguramente me haría mil cosas indecibles; también hicieron la acotación de que la mayoría de sus víctimas recordaba los NIPs después de dos días de encierro. El auto entonces hizo un alto; escuché el portazo y que el coche se sintió más ligero. Pensé por algún momento que habíamos llegado a la bodega. Después, supuse que estábamos enfrente de un cajero y que entonces vaciarían mi tarjeta de débito. Seguían preguntando por el NIP de la de crédito. No sé si vieron que no mentía o si de plano se empezaron a desesperar. El coche arrancó otra vez y me dijeron que me soltarían, pero que antes buscarían otra vez cosas que pudieran quedarse. Escuché el sonido de mis llaves y les pedí que me las dieran, que a ellos de nada les servían. La propuesta trajo como respuesta varios insultos, así que volví a quedarme callada. Habían pasado 45 minutos de dar vueltas cuando me soltaron a dos cuadras de la Universidad. Ví una tiendita a la que regularmente iba en esos días; pero no la reconocía, estaba todavía muy atontada y aunque hacía un esfuerzo por recordar dónde la había visto y, por tanto, ubicarme, la mente en ese momento nomás no me daba. Caminé entonces en el sentido que iba la calle hasta que me topé una avenida grande y pude saber mi ubicación.

Busqué un cigarro en mi bolsa. Ni eso me dejaron los hijos de puta. Tampoco me dejaron dinero, así que tuve que limosnear por algunos pesos que me dejaran hablar por teléfono con alguien. En tanto, con la mente en todo y en nada al mismo tiempo, me daba cuenta que pese a pesar de tanto horror, ya todo había acabado y que estaba bien, que no me habían golpeado, ni habían intentado manosearme o algo por el estilo o peor. Eso era magnífico.

lunes, octubre 27, 2008

De la obsesión bufandera

Todas las familias tienen una así, supongo. En la mía, es la Tía Lancha. Me gusta pensar que fui su consentida, siempre me prodigó especial atención, primero, porque sólo tuvo hijos varones, y segundo, porque aunque tengo muchas primas, yo fui siempre la más cercana a ella, al menos geográficamente, razón por la que nos frecuentaba mucho. De cualquier manera, se que a todos los primos nos quiere, muy a su manera, porque es un tanto diferente, nerviosa, un pelín exagerada y un tanto aprehensiva, pero de su cariño, de ése no tengo la menor duda.

Siempre me hacía los regalos más exóticos y menos excitantes cuando yo era niña. Recuerdo que después de cada fiesta de cumpleaños, abría con desesperación cada una de las cajas, rompía los envoltorios y clasificaba mis nuevas pertenencias en categorías y luego cada una de ellas, en orden de apreciación (en qué momento dejé de ser tan metódica y ordenada, pues?). A su regalo siempre tenía que abrirle un rubro aparte. De tal suerte, un apartado era para juguetes, que bien podían contener muñecas, juegos de té o juegos de mesa; otro era para ropa: vestidos, chamarras, playeras y alguno que otro accesorio. Las cajas grandes siempre eran reservadas para el final y su regalo siempre venía en una caja de tamaño más o menos considerable. La dotación de todos los años era casi una apuesta segura: Me regalaba unos 4 calzones, tres camisetas de tirantitos para usar debajo de la ropa y algún fondo. Siempre me dejaba fría, aunque también me causaba risa. Algún año me regaló un albornoz floreado, que en su momento me causó la misma emoción que le pudiese causar a un niño helado de limón derretido, pero que a la fecha conservo. Así fue por muchos, varios años.

Ya que estuve un poco mayor, y claro, dejé las fiestecitas con pastel y aguinaldos con motivos infantiles (si, pues, las bolsitas de dulces), cesó la regaladera de ropa interior. Quizá en un ánimo pudoroso, porque creo que a esa altura del partido ya era algo extraño ir a comprar brassieres para la sobrinita, o probablemente porque sabía que ya no usaba fonditos.

Ahora a los familiares sólo nos da regalo por ocasión de la Navidad, todos los años el mismo por lo general: unas tres o cuatro bufandas tejidas por ella. Creo que empieza las labores de elaboración desde febrero para terminar con todos los regalos navideños a buen tiempo. Gran parte de la aceptación de los allegados de la familia también pueden descifrarse por si éste está previsto en la manufactura de las bufandas. El año que tejió una para el que entonces era mi novio, y a quien ella llamaba cariñosamente, pero a escondidas “Bombi”, supe que entonces él ya gozaba de su agrado y bendición. Mi ex novio se quedó un tanto extrañado cuando le di el regalo que mi tía le mandaba, pero agradeció contento el gesto.

A los altos mandos les suele regalar algo adicional a la conocida tradición bufandera. A mi abuela algún año le regaló un tarjetero, sin que a la fecha nadie haya entendido con claridad para qué le serviría a una señora de noventa y tantos años; otro año, si no mal recuerdo, fue un paraguas, cosa que tampoco comprendemos del todo, si consideramos que mi abuela no sale de casa desde que tuvo dificultades con una de sus rodillas y le cuesta trabajo caminar.

Hace dos años, cuando me fui a vivir sola, la Tía Lancha se lució: me regaló unas sábanas de franela. Fue un excelente regalo; entonces yo sólo tenía un juego de cama, nada más; ella también sabe de sobra lo friolenta que soy. Cuando el regalo llegó a mis manos, sabía que nadie tendría cabeza para darme semejante obsequio si no era ella, y lo agradecía todas las noches cuando me metía en mi calientita cama.

Ayer mi hermano llegó a mi casa, a modo de Neo Santa Claus metalero, con una bolsa bastante regordeta. Traía el regalo que mi tía me hacía llegar para la Navidad de este año. Sonreí cuando tomé la bolsa entre mis manos y sin abrirla sabía ya que era. Tampoco me equivoqué, eran bufandas.

Hoy hace mucho frío en la Ciudad de México y el intenso fin de semana me ha dejado un dolorcillo de garganta. La navidad se ha adelantado, hoy mismo estreno regalo y se siente bien. Las bufandas nunca están de más, ni sobran. Este año me descaro y, ya de pasada, pediré calcetines además, sólo ella entenderá.