miércoles, enero 28, 2009

De cartas de Navegación

Terminé el martón un poco tarde. La carrera fue intensa, así que aún y cuando ya había llegado a la meta, el impulso me tuvo corriendo un poco más, quizá sea malo parar así de golpe.

No lo oculto: estuve muy contenta mientras la carrera duraba. No tenía porqué ser de otra forma, después de todo, el maratón siempre viene envuelto en un aura de alegría. El problema fue que terminó. Por algún motivo tuve que bajarle un poco a la fiesta.

El año nuevo trajo consigo noticias de mis conocidos: que si fulana ya se fue a hacer un máster a no-se-que-país, que si mengano acaba de agarrar la mega-chamba-que-todos-queremos-tener, que si perengana se acaba de comprometer. Después viene la pregunta incómoda: y tú, qué cuentas de nuevo? -Nada, todo sigue igual.

No pierdo de foco que mi situación no es mala. Tengo un trabajo que me permite pagar la renta y algunos muy buenos tragos. La cosa es que, al parecer, a cierta edad la gente "debe" tener un plan de vida; cosa de la que yo carezco.

No soy buena haciendo cartas de navegación. La vida cambia a cada minuto. O no. Pude haber despertado con ganas de comer pasta y, frente a la carta, cambio súbitamente de idea y pido un filete. Dicen que si quieres hacer reír a Dios, le cuentes tus planes. O está Cristóbal Colón, quien sin pensarlo descubrió un nuevo continente (sí, se que la objeción acá es que él tenía una supuesta ruta para llegar a las Indias) sin tener la intención de hacerlo.

Tanto pensar en planes me ha hecho pensar si realmente es tan malo no tenerlos, lo que a su vez plantea otros terribles cuestionamientos como si debería justo.ahora.ya buscar algo con qué empezar a hacer algo que disfrace al futuro de algo parecido a un terreno más fijo que móvil (cosa que me parece una falacia), o cuántas chupadas se necesitan para llegar al chiclocentro de una paleta de caramelo.

Es problable que mi aparente desidia se justifique con mis delirios de juventud. Pero es cierto: Me siento taaaaan joven que creo que eventualmente llegaré a ver alguna estrella del norte que me indique cuál es el norte o el sur (si eso es lo que busco). Creo que es apresurado pretender saber qué te va a hacer feliz en la vida (toda una vida???!!!) si ésta se encarga de hacernos vivir tantas y nuevas cosas que igual nos pueden hacer feliz. Sin embargo, por otro lado, puede también ser un error pretender ser como el burro que tocó la flauta.

Tanta pregunta (sin respuesta) me lleva a una conclusión: la sobriedad por periodos prolongados no deja nada bueno. No debí haberle bajado al alcohol. Ahora justo voy por un Wisky, ya me cansé de tanto mareo, necesito algo de estabilidad.

miércoles, enero 14, 2009

A mi bisabuela

Nadie sabe realmente su edad, ni ella misma, al menos eso dice. Suponemos (porque hemos llegado a ese consenso) que tendrá pasaditos los cien años. Me ha contado varias veces de cómo era la vida cuando la Revolución y que ella entonces era una niña que tenía miedo de que se la llevaran los revolucionarios.

De su vida en realidad se poco, sólo lo que ella ha querido que sepa. No sé si estuvo casada con el padre de mi abuela o no; pero sé a ciencia cierta que su gran amor fue Pablo, con quien se juntó después. Todavía llora cuando se acuerda de él y le viene a la mente que lo mataron en un accidente en la carretera que construía. Ella se tuvo que hacer cargo entonces de los hijos de él y de la suya.

Otra de sus historias recurrentes es su versión de mi nacimiento. Dice que ya no me reconoce cuando me ve, así que cuando le recuerdo que soy Profana, se queda pensativa y luego me dice: “Claro, eres Profana. Yo fui a conocerte cuando naciste. ¿Ya te conté la historia? Ya sabía que ibas a nacer, entonces, aunque no me gustaba ir a la capital, tenía que ir. Me daba harto miedo estar allá, porque hace frío y hay muchos coches (en esta parte hacía run-run, emulando el ruido de los autos) y creía que me iban a atropellar. Pero le hice como pude y llegué hasta el hospital. No había comido desde un día antes por los nervios y tenía hambre para esas horas. Tu papá me recibió y luego luego le fueron a decir que tú ya habías nacido. Él estaba bien emocionado, entonces me dio pena decirle que tenía hambre. Nos sentamos a esperar y después de un rato nos preguntaron si queríamos conocerte. Nos llevaron a los cuneros. Tú estabas dormida, te pusieron en los brazos de tu papá y abriste los ojos para luego quedarte dormida otra vez (lo genial era que aquí me imitaba durmiendo). Tu papá se te quedaba mirando y mero yo veía que casi quería llorar, pero como que le daba pena porque yo estaba ahí. Luego nos sacaron y nos llevaron al cuarto de tu mamá. Y yo seguía con hambre. Me decidí decirle a tu papá que tenía hambre como a eso de las seis de la tarde, porque ya me crujían las tripas. Así fue cuando naciste y yo pasé casi un día sin comer”. Siempre lo contó con las mismas palabras y a mí me hacía reír mucho que de lo que más se acordara, era del hambre que traía ese día.

Su rutina de los domingos era un ritual. Iba a misa y saliendo de ahí pasaba a la casa a recoger la ropa para irse a lavar. Siempre insistimos que la ropa podía lavarse en casa, pero ella se enojaba y decía seria: En esa lavadora no es igual, para lavar bien la ropa hay que ir al río, yo así le hice muchos años y así voy a seguir”. Tomaba entonces su acostumbrado costalito y volvía ya entrada la tarde con la ropa limpia. Cierto era, ella siempre iba al río, pero también sabíamos que aprovechaba la ocasión para ir a visitar a los hijos de Pablo, que ella había criado como propios y a quienes adoraba muy a pesar de nuestros disimulados celos.

Dejó de ir a lavar al río el día que se tropezó y nunca más pudo ponerse de pie. Casi todos creímos que no duraría viva mucho tiempo más. Nos equivocamos: ha enterrado ya a casi medio pueblo, gente más joven y más vieja que ella.

Aún así, ella sigue enterada de todos y cada uno de los chismes del pueblo. Su mayor alegría es que la gente vaya a platicar con ella, así que cuando la visito, paso tardes escuchando sus chismes, los que de verdad han pasado y los que ella se ha inventado gracias a su demencia senil. Los últimos son los mejores, a veces creo que tanto invento podría dar lugar a una excelente novela, pues todo lo que ha visto y ha vivido hace que sus debrayes tengan color, emoción, drama, risas y olor. Además, como pocas son las veces en que tiene audiencia, es difícil que pare una vez que se le ha soltado la lengua.


Supongo que debido a las dificultades económicas que ha tenido, valora el dinero sobremanera. Cada vez que alguno de sus nietos va a pasar una temporada a casa de mi abuela, me solicita le indique diariamente el parte de los arribos y salidas. La razón es sencilla: cada vez que alguno de mis tíos se marcha le deja un poco de dinero. Por tanto, ella está pendiente de que ninguno de ellos se vaya sin que antes pase a darle su “Navidad”, aunque ella también dice que se siente intranquila si no les da la bendición (claro, claro). En cuanto recibe su dinero, lo mete a su monedero que guarda celosamente en el brassiere de su vestido, como siempre lo ha hecho.

También recuerdo esa vez que ella amenazaba con morirse ese mismo día. Alguno de mis tíos, por seguirle el juego, le dijo que era una pena, pues a la gente que cumplía cien años, el gobierno le regalaba una casa nomás por eso. Cuando escucho semejante cosa, mi bisabuela se quedó en silencio que luego rompió para decir: “Bah, pues, aguantaré un poco más para que me den mi casita”. A todos nos dio risa su súbita mejoría.

Alguna vez, por hacer una broma, alguna de mis primas le fue a inventar que yo estaba preñada, pero que no quería que nadie supiera porque mi hijo no tenía padre. Esa tarde me mandó llamar y me preguntó campechanamente si era cierto lo que le habían ido a contar. Desde luego, yo lo negué. Ella me dijo que no importaba, que no necesitaba ocultarlo más, que ella ya sabía todo, que más bien, ella me había mandado llamar para decirme que si no quería al chamaquito, que lo tuviera y que se lo diese, que ella le iba a hacer sus pañalitos, le iba a dar su biberón, lo criaría y amaría a su niñito. Me dejó callada. Sentí tanta ternura. Me sorprendió que aún con su imposibilidad física y con los años que a cuesta lleva, tuviese todavía los bríos de querer arreglarnos las cosas y que aún conservara el ánimo de luchar por la gente de su familia.

Me avisaron que ya no le queda mucho con nosotros. Más de cien años de vida deben cansar mucho. No sé si alcance a decírselo personalmente, pero sólo quiero agradecerle sus idas al río a lavar mi ropa, sus historias, sus ocurrencias que tanto me hicieron reír, el hambre que pasó por causa de mi nacimiento y sus ganas por seguir ahí para nosotros. Ojalá ahora sí puedas estar con Pablo para siempre. Gracias, Toña, mil gracias.

lunes, enero 05, 2009

De Lunas y fuego

Salió de mi cartera sin el menor asomo de prudencia. No sabía que seguía allí, tampoco recuerdo haberlo sacado desde que me lo diste. Era aquél trocito de papel donde me dibujaste una luna y varias estrellas, te acuerdas?

Yo lo vi como si hubiese sido ayer, cuando todavía tomábamos clases juntos. Fue mientras tomábamos Procedimiento Civil gringo, donde nos sentábamos en bancas contiguas a escuchar los murmullos de las suspicacias que levantaba nuestra sospechosa cercanía, y entre involuntarias introspecciones que la cátedra nos obligaba a tener, con tal de no quedarnos flagrantemente dormidos. Entonces sacaste tu línea, aquella que usabas para impresionar: te conté que yo estudiaba antropología?; y me empezaste a escribir historias, de esas que hablaban de dioses y de tierras sagradas. En esa ocasión en particular, me contaste la historia del sol y de la luna, de aquél dios hermoso que se ofreció a alumbrar la tierra y de aquél otro más bien viejo y feo que también lo hizo, cuyo nombres no recuerdo, y de la hoguera en la que ambos se aventaron para renacer.

El reloj a esa hora nos jugaba bromas pesadas, parecía que lejos de avanzar, retrocedía; así que aunque tu tardaste un buen rato en escribir la historia y yo tardé menos en leerla, todavía quedaba mucho tiempo para podernos ir. Volví a mi introspección y luego voltee a verte con los ojos entrecerrados para quejarme del sueño que tenía mientras hablaban de plaintiffs y discoverys. Tú te pusiste a hacer rayones en la hoja y después me extendiste la mano. Habías dibujado una luna y varias estrellas, y al reverso pusiste “Para que te duermas”.

Así fue. Yo me dormí, no en clase, sino en ese cuadrito de papel que fuimos juntos. Las tardes de clases se acabaron y dieron paso a tardes después del trabajo. Y como en el cuento que me dijiste, iluminabas mis noches y los sueños se venían con ellas; hasta aquél día en que la luna se obscureció en la mesa de una cantina entre alcohol y sonidos de láminas, o de truenos, no recuerdo bien.

Supuse que se lo habían llevado cuando me robaron. La verdad es que tampoco lo volví a buscar desde que lo puse en mi cartera. Pero claro, tenía lógica, ese papel ya no vale nada, era como haberse encontrado una acción de empresa multimillonaria de antaño que después de verse devastada por la depresión del ’29, obligó a su tenedor a ponerse una pistola en la boca, y que no valió más de lo que un trozo de papel después. Así era, un título que ya no podría hacerse efectivo, sin promesa consignada. Así que lo dejaron donde originalmente lo puse.

Ayer que me encontré de nuevo con el pedacito de papel, con su luna y sus estrellas, me acordé de todo eso. Recordé a los dioses en la Ciudad, y tú, que eras el dios grácil que se volvió en luna, seguías apagado. Lo quemé. No había otro final que darle. La hoguera era su destino, así que otra vez, aventé a los dos al fuego para volverme a iluminar. Salí yo, con mis días y mis noches claras.

miércoles, diciembre 31, 2008

Del 2008

Ayer, como salí temprano, me dispuse a llevar a cabo uno de los rituales más importantes de las fechas: fui por mis calzones rojos para año nuevo. La elección nunca es sencilla, máxime porque también existe la pauta de usar otros color amarillo. Tuve a bien escoger unos rojos con figuritas amarillas y cintas de los dos colores pa’ adornar como se debe.

Pero claro, una vez que me dieron la bolsita donde contenía la pieza principal de mi ajuar para el 31 de enero, caí en cuenta que el año ya se acabó. Como se debe entonces, hago mi pequeño recuento para ver cómo me fue, y si este año es digno de ser recordado (a la fecha he eliminado sólo un año de mi memoria).

La verdad fue un año raro. Casi a inicios cambié de trabajo. Odiaba el anterior porque no hacía casi nada, y mucho menos algo propio de mi carrera; más bien me había convertido en una suerte de archivista/capturista. Ahora trabajo unas 12 horas aproximadamente y vivo con harto estrés. Ya le hago más de abogada, pero también tengo que rifarme funciones de nutricionista, psicóloga perversa, nana y en algún momento, hasta de chamán. Me pregunto por qué no puedo encontrar el aristotélico punto medio, un lugar donde se trabaje unas ocho o diez horas y luego uno se vaya a descansar. Probablemente pido demasiado.

De las cosas que siempre quise hacer, elimino los rubros: Colarse a una fiesta e ir a un rave.

Ahora, como ya lo he dicho aproximadamente unas 658 veces, nunca imaginé conocer a alguien por este medio, sin embargo, en abril recibí la invitación a verle la cara a algunos bloggers. Esa primera tertulia fue una cosa tan agradable, que desde entonces nos vemos un día a la semana y ya no podría configurarse mi calendario (o presupuesto) sin contemplar el día acostumbrado de bloggers. Yo se que sonará cursi (usted disculpe, querido lector, son las nostalgias decembrinas), pero me gusta pensar que somos como una suerte de pequeña familia pues, de alguna o otra forma, todos tenemos formas de vida parecidas y creo que esas similitudes hacen que podamos no sólo convivir de forma tan natural, sino que hasta de repente, podamos intuir por lo que pasa el otro sin necesidad de mucha información. Lo cierto es que ya he pasado con ellos eventos importantes tanto por fechas de calendario, léase cumpleaños, halloween y navidad (y a este respecto, muero de ganas de pasar con ellos nuestro primer aniversario de la Constitución y el Día de la Bandera juntos); pero también les ha tocado algún momento que ha marcado mi vida este año, y eso se agradece, sobre todo, el consuelo o la cachetada que me hacía falta. En este orden de ideas, debo también agradecer a quienes han estado ya por largo rato en mi vida y que me acompañaron este año, ya dispuestos y encarrerados a recorrer conmigo el próximo.

Este año vi gente partir. Lástima. Yo soy de aquéllos a los que les gustaría quedarse con todos, pero la vida no es así. Algunos tenían que hacerlo, a otros la partida les llegó por sorpresa y en otras, supongo, la cosa fue más deliberada y por tanto habrá de respetarse su decisión. De cualquier manera, ésa gente a la que hoy recuerdo, tendrá siempre su lugar, pues fueron o son importantes en mi vida. Salud por ellos.

Claro, también hubo cosas no muy buenas, como la vez tuvimos aquél accidente o bien cuando me robaron. Tampoco pierdo de vista que he salido bien librada de esos sucesos. A todo esto, en rendición de cuentas, debo agradecer a todos los que cooperaron con el primer Profanatón, que fue todo un éxito y me permitió seguir comiendo y emborrachando hasta que me pagaron otra vez. Gracias, Gracias!

Pasando a otro tema, conciertos: Calamaro es grande! Definitivamente el mejor del año!

Ya también es tiempo de ir a agradecer a todos los buenos bartenders que este año me trataron tan bien y sin los cuales muchas de mis aventuras de este año no hubieran sido posibles. He visitado ya a varios para dar el tan mentado abrazo de fin de año y para que me llenen la copa varias veces hasta salir ya borrachita y feliz.

Empiezo el año con cierto miedo o suspicacia. Estoy en una etapa rara de mi vida, en la que quiero muchas cosas, pero no sé bien a bien cuáles o en qué orden. Claro, también me da cierta desconfianza lo que vendrá, pero la duda es razón suficiente para empezarlo con un gran brindis, entre risas y con una senda borrachera que nos desocupe la mente de esas cosas al menos por un rato. Ya iremos viendo que pasa.

Feliz año!

viernes, diciembre 19, 2008

De puntillas

Ya tenía algún tiempo bailando ballet y me encantaba: había pasado varios grados en poco tiempo y mi maestro siempre dijo que mis aptitudes con la danza eran prometedoras. Tendría yo entonces unos 10 años.

Como suele pasar, desde por ahí de octubre empezaban a salir los comerciales de juguetes, listos para que los niños tomaran eligieran y encargaran concienzudamente a tiempo sus regalos para el día de reyes. Ese año salió uno de los juguetes que más anhelé durante mi infancia: una muñeca bailarina. Desde luego, aparte de ser preciosa, la dichosa bailarina tenía una gracia más, pues bailaba ballet, llevaba en una de sus manos una rosa con la que se le dirigía mientas ella, sobre puntillas, daba pasitos al tiempo que movía el otro brazo, que se encontraba en forma de arco y terminaba en una mano que hacía el delicado gesto artístico propio del ballet. Desde que vi el comercial en la tele, quedé prendada de ella y jamás dudé que, definitivamente, la quería.

Aparentemente, muchas más niñas también la convirtieron en su sueño; así que cuando mis papás confirmaron que no cambiaría mi elección, se hicieron a la búsqueda de la bailarina. Estuvo agotada en todas las jugueterías y, no se por qué azares del destino, terminaron encontrándola y comprándola en Tepito (creo) a un precio mucho más elevado del que la habían visto con anterioridad.

El día de Reyes desperté temprano emocionada por saber si estaba bajo el árbol mi muñeca. En cuanto vi la caja supe que era ella, así que empecé a arrancar la envoltura sin el menor asomo de elegancia; abrí la caja y ya le tenía enfrente.

Era verdaderamente perfecta, todo lo que había creído que era y más: Su cabello recogido en un chongo de gajos era refinado, tenía un tu tú de ensayos rosa que era justo como el mío, pero también traía uno para sus presentaciones de gala en color vino con plateado que era exquisito;traía una peineta con "joyas" para tan importante ocasión también y una barra de ensayos. Sus proporciones eran cuidadas, la carita era hermosa; y ese gesto en la mano era tan real, casi poético. Quise entonces verla bailar, e hizo una hermosa presentación, teniendo como escenario miles de luces que adornaban el arbolito de navidad.

Corrí luego a mi recámara a desocupar un cajón de la cómoda. Saqué la ropa, lo limpié y dispuse ese lugar únicamente para la bailarina, que era demasiado especial para dejarla junto con otros juguetes. Ella merecía su propio lugar. Todos los días abría ese cajón y me quedaba viéndole, luego la sacaba y la examinaba otra vez, para después regresarla a su refugio.

Algunos meses después, mi papá me pregunto algo extrañado si la muñeca no había sido de mi agrado, pues nunca me veía jugar con ella. Le contesté que era quizá el mejor regalo de Reyes que había recibido, que me encantaba. Después lo abracé. Lo que no le expliqué a mi padre era que esa bailarina era tan preciosa que no soportaba la idea de que se ensuciara, o que su ropa se arrugara, o que se despeinara, o que simplemente dejara de funcionar. Por eso había resuelto darle un lugar en donde no la tocara ni el sol, ni estaría expuesta al polvo, ni a que alguien la tocase siquiera. Por eso no jugaba con ella y sólo me dedicaba a verle, porque no quería arruinar la perfección que poseía. En mis ideas infantiles pensaba que quizá podría dársela a una hija mía cuando ya no jugara con muñecas para que la cuidara con tanta delicadeza como yo lo hice y esa muñeca fuera siempre como en ese entonces lo era.

Ese fue el cajón de la muñeca por muchos años. Ahí seguía resguardada. Todavía me asomaba a verla de vez en cuando y seguía intacta, hermosa. Con el tiempo también caí en cuenta que, aunque había sido muy feliz teniéndola así, había perdido la oportunidad de divertirme probablemente más jugando con ella, dejé pasar grandes recitales y tardes de danza que ya no se harían, de peinarle y cambiarle los atuendos cada veinte minutos. De alguna forma me convencí de que no dejaría que algo así pasara nuevamente.

Como bien dice el dicho, cae más rápido un hablador que un cojo. Cierto es que por un tiempo adopté el valemadrismo como estilo de vida, pocas cosas habían que no fueran dignas de hacerse, lo único necesario era que yo quisiera hacerlas. No importaba si las probabilidades estuvieran en contra, después de todo, morir en el intento no era fallar, sino aprender; y lo único que pasaría si me equivocaba, era que hallaría una solución para tratar, en la medida de lo posible, de restituir las cosas a su estado original, y aún más, si lo anterior no era factible, pues entonces lo mejor era dar vuelta a la página y dedicarse a otra cosas.

Sin embargo, de algún tiempo para acá, pienso todo ocho veces, pierdo la dimensión de los escenarios que podrían no resultar convenientes, magnificándolos; y ello me ha llevado, de alguna forma, a preferir evitar que la ropa se me arrugue, o a que el calor haga que me arda la piel, o a que el viento y el polvo me resequen la cara. Por otro lado, también me da miedo ensuciar lo que está alrededor mío.

La bailarina debe seguir intacta, en una cajón de mi antigua casa. Hoy me da miedo hacerlo, pero quisiera volver a batirme y a tocar todo lo que esté a mi alcance. Total, si algo se mancha, ya lo limpiaré, siempre habrá un poco de Windex que ayude en la labor. Me gustaría salir de mi cajón y dar de tumbos por ahí.

miércoles, diciembre 10, 2008

Uno

Todos tenemos fechas que recordamos. El número uno es algo especial.

Cuentan que en la fiesta de mi primer año de vida di mis primeros pasos sin caerme. Al parecer me encontraba encantada con los globos que adornaban la ocasión y en cuando me hice de uno de ellos, inmediatamente lo pesqué entre mis manos y al sentirme afianzada a el comencé a adelantar un pie tras otro, logrando cruzar toooda la sala de la que entonces era mi casa sin sentón alguno.

Ayer traía rondando por la mente algún tema, que hoy no logro recordar bien, para escribir hoy. Lo poco que se me viene a la mente, era que tratara de definir un montón de cosas que traigo en la cabeza y que no me he puesto a deshilvanar a cabalidad por falta de tiempo o por agotamiento, pero que se van de casa justo cuando salgo con rumbo al trabajo y las encuentro de regreso justo a la misma hora en que vuelvo al hogar.

Creí que hoy este blog cumplía un año, así que toda la mañana me puse a escribir alguna que otra historia que no sabía dónde terminaría, si es que tenía algún lugar donde conluirse, claro. Justo ahora que escribo estas líneas, acabo de hacer una rápida visita al primer post que escribir. Oh, sorpresa! el cumpleaños fue el 4. He llegado tarde.

Dice Milán Kundera que "el hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido". Desde luego, cuando comencé a escribir este blog -y aquí debo aclarar que no fue algo pensado, sino sólo un impulso- no sabía por qué lo hacía, sólo sentí que era algo de quería hacer y, por ello, que me debía. Hoy probablemente puedo intuir que el impulso nació como resultado de un tiempo de interiorizar a tal forma, que llegué a sentirme algo parecido a una olla express y que no me podía permitir explotar, así que la solución fue poner una pequeña válvula por la que dejara ir escapando alguna que otra cosilla.

Inicié sin saber que vendría. Al blog hoy puedo -y debo- agradecerle muchas cosas. Empecé siendo un ente sin rostro. Gente maravillosa ha venido a mi vida por este camino, y lo que empezó siendo algo distante e íntimamente impersonal, hoy se han vuelto tardes-noches de cervezas y charla, o tardes de películas o pijamadas que nunca intentaron serlo; manos que no sólo escriben, sino que se hacen de brazos y pecho para abrazar como Dios manda. Realmente espero que esa gente a la que he aprendido a querer tanto, y que se ha vuelto tan parte de mi presente, permanezca.

Por otro lado, mucha de la gente que existía desde antes en mi vida también llegó a descubrir mi blog. Lástima, disfrutaba tanto el anonimato. Dice también Kundera que pensar en el público es vivir en la mentira, al menos, yo ajustaría al caso que también obliga a la secrecía en cierta forma.
Algo que también mi blog me ha enseñado es que disfruto muchísimo leerlo. Es una suerte de espejo, y me gusta reconocerme a mí misma. Vanidosa que es uno. También he descubierto que puede llegar a ser una máquina del tiempo, y he encontrado que es bonito vivir las cosas otra vez, pero también regresar al futuro.

Si hoy fuera 4 de diciembre, mi blog cumpliría un año. Probablemente escribiría algo en él, después conseguiría una laptop prestada y lo invitaría a cenar. Seguramente, como toda velada digna de ser recordada, habría de tener un poco de sexo; entiendo que tenerlo con el blog es imposible, pero seguro me excusaría si lo tuviese de forma real, o quizá lo adecuado sería un poco de cibersexo. Creo que al blog no le importaría mucho, siempre y cuando le cuente la historia después.

Hoy es 10 de diciembre... quizá no es tan tarde.

martes, noviembre 18, 2008

De tacos de canasta y "Leaving Bambi"

Era viernes a las 8 de la noche. Iba saliendo de la oficina después de un día harto estresante y no me había dado tiempo de comer. Quería llegar pronto al lugar de reunión. La promesa había sido tacos de canasta y mucho alcohol desde las 4 de la tarde y hasta morir. A parte del inminente dolor de cabeza que suele perseguirme a causa del hambre, estaba enojada pues me habían dado mi cheque hasta las 6 de la tarde. Evidentemente, a causa de ello me quedaría el fin de semana con los 40 pesos que traía en la bolsa y sin posibilidad alguna de hacer prácticamente nada hasta el lunes que pudiese cobrarlo.

En cuanto llegué me puse a comer, ataqué la canasta que todavía tenía una generosa cantidad de tacos todos a mi disposición, pues el resto de la comitiva ya había comido. Una vez que pude aplacar un poco el hambre me dispuse a socializar. Un rato después sólo quedábamos 6 personas.

Ge propuso entonces irnos a la casa de Morelos. Todos se vieron animados con el plan, menos yo. No es que no quisiera irme, pero me disgusta sobremanera no tener dinero cuando se planea una salida, me causa incomodidad. Él propuso pagar las casetas y Niño D pondría el coche; según ellos, lo demás ya era cosa de nada: teníamos media canasta de tacos y había sobrado suficiente alcohol como para vivir el fin de semana bebiendo sin que pudiese haber escasez de espirituosas. Mi negativa entonces parecía ya poco viable y una de mis frases acostumbradas fue usada en mi contra, después de todo, si vivimos en una democracia y la mayoría había resuelto que nos fugásemos, no había más que discutir.

Pasamos a casa de cada uno. El tiempo para sacar lo que se pudiera de nuestros clósets era de 5 minutos cronometrados antes de que otro nos sacara a patadas de nuestras moradas. Así emprendimos el viaje.

Llegamos desde luego con muchas ganas de iniciar (o de continuar) la fiesta. Ese día nos fuimos a dormir temprano. Dicen que cayó una tormenta tan fuerte que despertó a todos. Yo estaba tan cansada y dormí tan profundamente que jamás me enteré de los truenos, ni de los portazos, ni de las corretizas por la casa, ni de los gritos que empezaron a levantarse cuando cayeron en cuenta que dejamos el estéreo en el jardín y éste ya más bien era una especie de fuente; no, yo sólo me abandoné a los brazos del buen Morfeo y no decidí regresar sino hasta la mañana siguiente.

Al día siguiente desayunamos tacos de canasta y pastel que sobró de la fiesta. La variedad era considerable: papa, frijol o chicharrón. De ahí nos pasamos a tomar el sol y escuchar música mientras seguíamos bebiendo. Empecé con Wisky, y luego se abrió el Vodka y después opté mejor por un buen Bacacho. Nos pusimos luego de un rato a jugar jueguitos de borrachos, donde la intención no es ganar, sino perder y hacer beber al otro hasta dejarlo completamente alcoholizado. Más tacos de canasta y pastel para comer-cenar y después a seguir bebiendo.

Abrí los ojos. Reconocí el cuarto, pero me preguntaba por qué estaba yo ahí, si el día anterior había ocupado otra habitación. Pensé en estirarme, pero alguno que otro dolor se asomó por mi cuerpo, sin que supiera a ciencia cierta de dónde venían o por qué estaban haciéndose presentes, así que, en búsqueda de su origen, me destapé. Seguía en traje de baño y éste permanecía mojado, cosa que no pudo sino extrañarme más, pues no ha habido ocasión en que no me ponga mi pijama antes de dormir; luego noté que no me había recogido el cabello y éste se encontraba todo desperdigado por la almohada, húmedo. Trataba de recordar cómo había llegado ahí, sin que la mente me diera una sola pista. Me levanté de la cama y me dirigí al baño. No tenía nauseas, pero necesitaba verme al espejo, eso quizá ayudaría a reconstruir la memoria. No podía creer lo que veía: mis codos estaban al doble de su tamaño y traían un color entre negro y morado horrible; justo igual que mis rodillas.

Salí a buscar a alguien que me explicara. Traté de ser sutil, pero todos cooperaron en la reconstrucción de hechos. Aparentemente, el día anterior me excedí de copas como nunca. Estaba metida en el jacuzzi y me salí intempestivamente de él. Iba caminando al baño, pero se me olvidó ponerme las sandalias, así que el agua y el piso me hicieron resbalar, y en mi intento por volver a ponerme de pie, volví a resbalarme sucesivamente como unas 7 u 8 veces más, cayendo con las rodillas y los codos. Una vez que pude ponerme en pie llegué al baño. Bacha me vio de lejos y me alcanzó. Creía que vomitaría o algo así. En realidad, yo sólo quería orinar. Descubrimos también que soy una borracha muy consciente: Una vez que salí del baño, me reconocí lo suficientemente ebria como para meterme de nuevo al jacuzzi, así que me senté en una banquita que está ubicada justo enfrente del jacuzzi. Podría estar cayéndome de borracha (literalmente, claro), pero la actitud fiestera no había sido mermada ni un ápice, por lo que aunque a ratos dormitaba sobre la banquita, en cuanto sonaba una canción que me gustaba, me reincorporaba para cantarla (que en realidad era balbucear, porque ya no podía decir bien ni una palabra). Entre Niño D y Ge trataron de llevarme al cuarto, pero no me pudieron mover, al parecer, mi peso muerto no es cosa de juego. Después de un rato, decidí que era hora de acostarme, así que sin más, me paré. Niño D corrió a sostenerme y llevarme a mi cuarto, me llevó en la cama, me tendió sobre ella (esto se pone emocionante, verdad?) ... y luego me tapó y se fue a seguir la fiesta. (Así termina la triste historia de la única vez que Niño D lleva a la cama a Profana).

Bacha hizo la observación de que esta profana persona bien podía haber sido merecedora a una presea por "la mejor imitación de Bambi, en la escena donde éste aprende a patinar en hielo" (sólo que en versión borracha, claro).

Al parecer esa noche también llovió a cántaros. Al día siguiente amaneció nublado y todo el día estuvo así. En grados mucho menores al mío, pero todos también se levantaron crudos, así que desayunamos tacos de canasta y pastel otra vez, pese al hastío que ya sentíamos por ellos, pero nuestra falta de presupuesto no nos daba muchas opciones. Decidimos ver películas tirados en la sala. Todos hicimos algún comentario malicioso respecto a mi fino e intachable comportamiento de la noche anterior cuando vimos "Leaving las Vegas" y yo estuve a punto de llorar conmovida por el drama de entender que la vida de un borracho no es fácil, aunque también me dio cierto gusto saber que me falta mucho para llegar a un extremo que me deshaga algo más que las rodillas y los codos.

De casualidad y por buena suerte encontramos una sopa instantánea que compartimos entre los cuatro a la hora de la comida, pues más tacos de canasta ya eran intolerables.

Regresé al D.F. con mis 40 pesos intactos, los codos y las rodillas hinchados y amoratados (mismos que permanecieron igual por una semana y media), con la duda de saber qué se sintió que niño D me llevase a la cama, con la hermosa reconstrucción de hechos de un blackout de varias horas y con una sonrisa en la cara.

Ese fue un buen fin de semana, la idea era escapar de la ciudad y de las presiones... y me disipé tanto de todo pensamiento esos días... regresé con la mente en blanco... y cierta aversión por los tacos de canasta, que no he querido volver a comerlos desde entonces.